A los cien días

Rafael Nieto Loaiza. Columnista de Río Noticias.

Reflexiones hechas con el único ánimo de contribuir al entendimiento de la compleja situación del gobierno. El éxito de Iván Duque es vital para Colombia, para el Centro Democrático y para nosotros, y tenemos que trabajar sin descanso para el mismo.

El Presidente inició su período con un 54% de favorabilidad, es decir, con el mismo apoyo que tuvo en la segunda vuelta. Es inusual. Lo normal es que el presidente electo crezca en el período que va entre su elección y el día de posesión. Que tal cosa no haya ocurrido con Duque muestra que la sociedad está altamente polarizada y que quienes no votaron por él tiene muy baja disposición a apoyarlo. Como consecuencia, inicia el 07 de agosto con el mismo respaldo que tenía al ser electo.

Entre el 7 de agosto al 17 de noviembre, la favorabilidad de Duque se cae al 27%, pierde la mitad de su apoyo. Como el Presidente no había crecido en respaldo desde su elección, debe entenderse que los apoyos perdidos están entre sus votantes. En otras palabras, ese 50% de favorabilidad que perdió son de “duquistas” de la segunda vuelta, no entre la izquierda radical ni moderada, ni entre los liberales, de la U y de Cambio que no votaron por él. Esos nunca lo apoyaron, como muestran las encuestas del inicio del gobierno. La erosión se produce dentro de sus votantes. ¿Por qué?

Primera, el Gobierno no tiene gobernabilidad en el Congreso como resultado de la composición del Gabinete y la designación de cargos en el segundo nivel. Solo hay cinco ministros con alguna representación política: dos del Centro Democrático (Cancillería y Trabajo), dos uribistas (Interior y Defensa) y una de Martha Lucía (Transporte).

Los otros son puros técnicos, algunos de los cuales ni siquiera conocían a Duque cuando fueron designados en sus cargos. Como consecuencia, dos partidos aliados en la segunda vuelta declararon su independencia (Cambio y Liberal), el Conservatismo y la U se sienten sub representados, y en el Centro Democrático hay una mezcla de frustración y desconcierto porque entre muchos de sus miembros existe la sensación de que eligieron Presidente pero no tienen gobierno y de que sus competidores, aliados de Santos, se quedaron con porciones importantes de la burocracia, vía ratificación o nombramientos, sin que a cambio apoyen al Gobierno. Al final, Duque no cuenta con mayorías en el parlamento.

Segunda, en el Gobierno hay algunos con una fuerte resistencia a la “política”, como resultado de la marcada característica técnica del Gabinete y de una equivocada extensión del concepto de “mermelada” a la representación política. Por un lado, los técnicos tienden a subestimar los costos políticos de sus decisiones o a no considerarlos.

Si además han estado lejos de las campañas, no conocen las promesas hechas ni las motivaciones de los electores. Ni les importan. Como resultado, no consideran los impactos que tendrán sus decisiones entre los votantes. Por el otro, una cosa es el clientelismo y otra muy distinta la representación política (la representación política es indispensable en los gobiernos de coalición).

Si se confunden, se tenderá a mirar con desprecio a los políticos y, por tanto, a enajenar su apoyo. Los gobiernos deben rechazar la politiquería, pero deben hacer “política” en el sentido más profundo de la palabra.

Tercera, el Gobierno carece de un relato en torno del cual se articulen las decisiones gubernamentales y al cual puedan conectarse racional y emocionalmente los electores. El de Uribe estaba en la seguridad democrática. El de Santos en “la paz”. Equidad, legalidad y emprendimiento son conceptos complejos y difusos. Se necesita aterrizarlos en una narrativa común y única, fácil de comprender para todos. Y desde ahí articular la estrategia de comunicación.

Cuarta, hay dos promesas incumplidas de campaña que han generado profundo malestar. El aumento de impuestos, en particular la extensión del IVA a la mayoría de la canasta familiar, y no impulsar modificaciones sustantivas al acuerdo con las Farc. La primera molesta a la inmensa mayoría de los ciudadanos. La segunda, al núcleo uribista de los electores de Duque.

Quinta, una oposición sumamente agresiva y mentirosa que tiene como estrategia doble tomarse las calles y culpar a Duque de lo que solo ha heredado de Santos.

La comprensión del problema permitirá las soluciones, con la ventaja de que Duque es sumamente inteligente y trabajador y muy cercano a los ciudadanos.