Casi 83 años sin Antonio Gramsci

Artículo de opinión de Horacio Garnica

Horacio Garnica. Columnista de Río Noticias.

El 27 de abril de 1937, Antonio Gramsci siguió la inevitable costumbre referenciada por Jorge Luis Borges cuando dice: » Morir es una costumbre que suele tener la gente». ! Y, que costumbre tan indeseada!
Ojalá el cumpleaños 83 de la muerte de Gramsci no esté acompañado de la soledad del olvido, en complicidad con la erosividad de la memoria histórico-filosófica. De ahí mi temprano recuerdo de este acontecimiento.

Tener sólo efímeros recuerdos de nuestros muertos, y hasta permitir que los extinga el tiempo, es una infidelidad sentimental, advertida por el escritor José Luis Garcés González al decir: » Sobre el suelo que pisamos, ya antes habían pisado otros. Siempre pisamos sobre muertos anteriores. Y esos otros tenían su cultura, tenían sus valores. Para que la conozcamos, para que aprendamos de ella. Pero nosotros le sacamos el cuerpo, o, sencillamente la despreciamos».

A Gramsci lo mató la cárcel y la triste angustia de la lejanía de sus hijos: DELIO y JULIAN, » de no conocerlos y de no poder ver cómo crecen». “Ignoro casi totalmente el desarrollo de los niños precisamente en el periodo en que su desarrollo ofrece el cuadro más característico de su formación intelectual y moral». Afligido se expresaba de la tierna personalidad de sus imaginados hijos que no conocía; y, en consecuencia personalmente no podía hacer nada para robustecérsela a cada pedazo de su existencia generacional. Sólo cartas pedagógicas dirigidas a sus hijos, enmendaban en parte su paternal deber en la formación de ellos.
Ni el dolor de la cárcel, como tampoco el dolor del amor prisionero en su corazón de padre huérfano de sus hijos, lo hicieron claudicar ante la incólume lealtad de sus ideas, no obstante ser penalizadas por la fascista justicia de ese tiempo. En esta ilógica atrabiliaria, el Fiscal del «Procesazo» contra Gramsci, prejuzgó sin descaro público alguno, al sentenciarlo fuera del proceso con la injusta expresión: «Durante veinte años debemos impedir a este cerebro que funcione»; en efecto, lo condenó a 20 años, 4 meses y 5 días de prisión.

Temíanle «como el diablo a la cruz», al funcionamiento del cerebro de Gramsci porque era un portento de ideas de cambio, alumbradas por el pensamiento crítico; y, que al plasmarse en su pluma escritural; temían también que esa «pluma sea también una espada, y que su filo corte el oscuro muro por el que habrá de colarse el mañana» (José Martí).

Gramsci era del mosaico de intelectuales orgánicos, al igual que el poeta español Miguel Hernández, llevado a prisión por el dictador Francisco Franco; también están: Monseñor José Arnulfo Romero, obispo del Salvador, acribillado durante una homilía, mientras hacía una disquisición referente a la crisis política de su Nación. Pablo Neruda, Roque Dalton y muchos años antes, entre otros, Simón Rodríguez; fueron eminentes intelectuales orgánicos, que ofrendaron sus vidas por sus ideas. Y, es que la contra parte política de ayer y de hoy, sabe de sobra que: » No hay proa que taje una nube de ideas», y menos las ideas contra hegemónica.

La intelectualidad orgánica de Antonio Gramsci fundamentada en la Filosofía de la Praxis; y ésta, a su vez, en el conocimiento, pensamiento y acción crítica, la explícita cuando afirma que esta filosofía no pretendía tan sólo asumir las funciones de simple interpretación de la realidad, sino también asumir una función catártica, de renovación y de reformas moral que abarque no sólo a limitados grupos sociales, sino también a extensas masas de hombres. En esta lógica conceptual, Gramsci connota: » Que el valor histórico de una filosofía debe ser calculado tanto por la eficacia práctica que ésta haya llegado a tener sobre la acción, como por la influencia sobre los sucesivos modos de pensar». Aquí está el meollo, la carcoma y la sinrazón del fascismo contra Gramsci, hasta matarlo a costa de toda una vida de cárcel.

Su amor de hijo, esposo y padre, lo saciaba en parte con las cartas olor a celda, que le escribía a los amores de su prisionera vida; añorando siempre caricias imposibles y el ruego a Delio y a Julián, de cartas largas, como reciprocidad amorosa de ellos; lo alentaba para hacer llevadero su triste destino; sólo por la culpa de no tener un cerebro fascista.

En una carta a Julián y Delio les decía: «Escríbanme muchas cosas los dos. Los abrazo y les envío muchas caricias». A Delio le escribía: » Besa a Julián por mí y también a mamá y a todos los de la casa, y mamá te besará a su vez por cuenta mía». A Julián en la discusión de un tema le escribió: » Siento mucho no poder discutir contigo directamente: no creas que soy muy pedante; me gustaría reír y bromear contigo y con Delio y hablar de tantas cosas que me interesaban mucho también a mí cuando era muchacho». A Delio le dijo: » Que besara fuertemente todos los días a su mamá, de su parte y que lo hiciera todos los días por 5 minutos». «Yo pienso siempre en ustedes; así todas las mañanas me imaginaré: mis hijos y Julia ( su esposa ).

En una carta a Julia, reafirmaba el amor por sus hijos y el dolor de la lejanía: «Siento mucho no poder estar junto a mis queridos muchachos y no poderlos ayudar en su trabajo por la escuela y por la vida». En una de sus cartas le decía a Delio, porque antes se lo había escrito a Julián: «Escríbeme largamente». Esas cartas eran el consuelo para un ser que le habían quitado el derecho a ser padre en debida forma. Curiosamente, creo que ya en los últimos tiempos de su existencia, en una carta le dijo a Delio: » Me siento un poco cansado y no puedo escribirte mucho». Ya estaba roído por el sufrimiento.

Esa expresión de Gramsci a su hijo Delio: «Me siento un poco cansado y no puedo escribir mucho»; es como quien dice: – ya no puedo más-; y fue el síntoma mortal de una hemorragia cerebral que acabó con su existencia el 27 de abril de 1.937; dejando a Delio, Julián y Julia, en una orfandad concluida.

Comparte en tus redes sociales.
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Email this to someone
email