Cómo un hombre y campesino común y corriente se convierte en un monstruo

Columnista invitado: Toño Sánchez Jr.

El género de la Crónica periodística es lo mejor que existe, porque allí pueden confluir las más grandes emociones: miedo, terror, desprecio, decepción felicidad, traición, triunfo, derrota, dolor, pérdida, esperanza… de todo. Por eso cuando cayó Carlos Castaño Gil, a quien tuve la oportunidad de conocer de cerca, y hasta ser su confidente en algunos temas personales, sentí el deseo de escribir cómo fueron sus últimos días, que fueron terribles. Porque no hay nada más terrible que tener el convencimiento que tienes tus horas contadas y que en cualquier momento te van a ultimar a balazos.

Pero a los pocos días de su muerte, me llegó una perentoria razón, donde se me advertía de no ponerme a escribir nada sobre su muerte. Era claro que el mando total de las Autodefensas, en ese momento, lo tenía el ala narca de esa organización, aunque algunos comandantes nunca respaldaron ni apoyaron matar a Carlos Castaño. Otros tuvieron que aceptar la acción por temor a ser los próximos en la lista.

Esa advertencia no me impidió comenzar a documentarme sobre lo que había pasado ese mediodía del 16 de abril de 2004. Sabía, por experiencia, que todo se decanta con el tiempo. Porque de no ser así, jamás se escribiría la historia o las historias que son determinantes para un país.

Opté por lo que podría llamarse un ‘repliegue periodístico táctico’. Hasta que un día, por eso que llaman suerte, me tropecé con uno de los dos únicos sobrevivientes de esa acción. Era el año 2005. El testigo estaba lleno de temor porque lo estaban buscando, llegó en compañía de otro escolta de Carlos Castaño, pero que el 16 de abril de 2004 estaba en Montería haciendo unas diligencias. Nos vimos como a las 6 de la tarde, porque no le gustaba salir de día, por los lados del Mercado Central de Montería. Cuando estuvieron seguros de que nadie los siguió, me llamaron y me dieron el sitio a donde llegar. Era lo más parecido a un restaurante. Ellos comieron, yo no.

Luego de algunos comentarios sobre su vida y lo que hacía, saqué una libreta amarilla y un lapicero. Le pedí permiso para que me dejara escribir lo que habláramos y accedió.

Fueron casi tres horas que conversación, que se vieron interrumpidas por la dueña del ‘entable’, quien nos dijo: “Ya tengo sueño y quiero cerrar”.

Le pedí su número de celular y me dijo que no, que le diera el mío, que él me llamaría.

Cuando me paré, me dio la mano y me dijo: “Nosotros nos vamos primero”.

Acababa de coger por primera vez el ‘Hilo de Ariadna’ y no lo volví a soltar. Pero esta entrevista tendría un costo a muy corto plazo.

Pasó un tiempo y recibí una ‘invitación’ para ir al pabellón de Máxima Seguridad de La Picota (Allí quedó registrado el ingreso) para encontrarme con Diego Fernando Murillo Bejarano, alias ‘Don Berna’ o ‘Don Bernardo’. A un lado de su celda estaba detenido a quien habían denominado ‘El ventilador del Das’, Rafael García.

Le dije que quería escribir sobre la muerte de Carlos Castaño. Se me quedó mirando y me dijo: “Esto está muy peligroso ahora, hay mucha gente que no quiere que se hable de ese tema, menos ahora. Y hay gente que ya sabe que usted se ha reunido con XCXCX (Prefiero mantener en reserva el alias del testigo) y eso no les ha gustado”.

Luego seguí con una disertación sobre lo que es una verdadera historia que debe ser contada. Y que si no la escribía, otro lo haría.

– Deje que otro la escriba –me dijo -. Espere que pase el tiempo y busque la manera de hablar con ‘Móvil 5’ y con ‘Monoleche’.

Comencé a armar pedazos de historia, pasaron los años y todo terminaba en ‘Móvil 5’. Muy a pesar que ‘Monoleche’ se atribuyó el asesinato. Luego todo se aclaró y nuevamente, todo, conducía a ‘Móvil 5’.

Hasta que por fin pude acceder a Jesús Ignacio Roldán, ‘Monoleche’, en la cárcel de Itagüí, en Antioquia. Fueron varias horas las que nos reunimos en un lapso de cuatro años.

Pero sabía que de nada servía todo lo que tenía si no me reunía con ‘Móvil 5’. Por lo que comencé a buscarlo a través de sus abogados. Fueron 11 años que estuve pidiéndole a todos los abogados que tuvo para que aceptara solo a conocerme. Aunque ya nos habíamos conocido hacía muchos años atrás.

Fueron muchos los viajes perdidos a Medellín a encontrarme con abogados o posibles contactos para enviarle razones. Pero siempre la respuesta fue no.

Hablaba con algunos escritores y les contaba lo que me pasaba, pero terminaba más decepcionado aún, al escuchar que muchos habían pasado por lo mismo y que habían tenido que abandonar la idea. Sus respuestas me daban rabia conmigo mismo: ¿Para qué les preguntaste?, me decía.

En octubre de 2017, ya un poco resignado con el tema, me estoy despidiendo de un detenido en el centro penitenciario de La Picota. Cuando me giro para irme, me dice: “Oye Toño, ¿a que no te imaginas a quién conocí”?

Por alguna circunstancia mi corazón se aceleró.

– Dime! No oculté la ansiedad.

– Al tipo que mató a Carlos Castaño. Se llama…

No lo dejé continuar. “Manuel Salvador Ospina Cifuentes, ‘Móvil 5’”, le dije.

No lo podía creer! Jamás me imaginé estar tan cerca del personaje a entrevistar.

Llamé a aparte, a esta persona, y le dije: “Dile a ese señor, que yo solo quiero que me conozca, que solo quiero eso, y que si después, no quiere verme más, que no hay problema”.

Empezó una angustiante espera. Me volví esclavo del celular. No lo dejaba, lo cargaba en la mano de día y de noche.

Y fue una noche, como a las 8 p.m., que me llamó alguien que me dijo: “Soy alias ‘El Indio’, lo llamo de parte del ‘viejo’, él está muy enfermo, tiene cáncer de Colon, pero lo va a recibir. Necesitamos su cédula y nombre completo para enviar la autorización. Venga el martes de la otra semana”. Tenía tiempo que no me emocionaba tanto una llamada.

Alisté las libretas, los lapiceros y comenzó una aprensión en mí que no me soltaba.

Llegué el lunes a Bogotá. Y el martes a las 07:30 a.m. estaba en la puerta de entrada de La Picota.

Para más dramatismo ese día prohibieron la entrada a Máxima Seguridad de La Picota, sector donde estaba ‘Móvil 5’, ni familiares ni abogados podían entrar. Había llegado un nuevo director al penal.

Al día siguiente tampoco se pudo entrar. Hubo un motín en uno de los patios que dejó a varios guardianes del Inpec heridos. El jueves se restringió nuevamente la entrada para abogados y familiares a Máxima Seguridad. El viernes me tocó regresar para Montería. Fue un regreso triste.

Como resultado de los cambios en La Picota, trasladaron a alias ‘El Indio’ para otra cárcel del país. Ya no tenía contacto en el patio donde estaba ‘Móvil 5’. Por lo que le pedí a la persona que me ayudó inicialmente, a que contactara nuevamente al interno. Y la cita quedó para finales de octubre de 2017.

En una celda, con una vieja mesa Rimax de centro, me esperaba ‘Móvil 5’ y su abogada. Tenía un tapabocas puesto, por lo que no podía verle bien la cara. Pero estaba viejo, encorvado y con barba. Me sorprendió la deferencia y decencia con la que se dirigía a mí.

La abogada se retiró. Y un guardia gritó: “Abogados, les quedan 30 minutos”. Menos de ese tiempo me quedaba para convencer a este ex miembro de las Auc para que me contara todo lo que pasó ese viernes del 16 de abril de 2004.

Y desde ese día comenzó a contarme todo.

Casi todo el mes de noviembre de 2017 nos reunimos de martes a jueves a conversar, desde las 08:30 a.m. a 11:30 a.m. En todo ese mes, y cada vez que conocía más la intimidad de este personaje, comencé a preguntarme ¿será que la vida es de suerte? ¿Será que para nuestros campesinos la vida depende de quién fue tu patrón en la hacienda?

Lo digo, porque la generación de este hombre campesino comienza su vida laboral desde la niñez. Y muchos padres los mandaban a donde los hacendados, desde los diez años de edad, a trabajar en cualquier oficio, que le represente una ayuda a la familia.

Si a ‘Móvil 5’ lo hubiesen enviado para donde un hacendado como los Echavarría Misas, ¿hubiese terminado siendo la máquina de guerra que fue?

Creo que en este país hay muchos ‘Móvil 5’ producto de esta sociedad colombiana, que no aprecia a la gente del campo. Porque considero que este gran victimario, es a la vez una víctima de una sociedad canalla como la nuestra.

Aún me pregunto, cómo un hombre, cómo un campesino común y corriente se termina convirtiendo en una especie de monstruo. Pero a la vez veo que a quien todos ven como ese monstruo, fue en realidad también una víctima.

Lo cierto es que no supe a quién darle el pésame por el fallecimiento de esta persona, quien tuvo momentos para decirme lo arrepentido que estaba. Mientras unos ríen y festejan, otros lloran y sufren.

Tenemos que acabar con este círculo de odios, para que nos duelan todos los colombianos y no permitir más, que humildes campesinos terminen convertidos en terribles herramientas de muerte, al servicio de unos pocos.

El 11 de abril de 2018 tuve la oportunidad de verlo y charlar por última vez con él. ‘Móvil 5’ estaba en una habitación del sexto piso del Instituto Cancerológico de Bogotá, en la Calle 10 sur con Cra 1ª. Allí, rodeado de 5 guardias del Inpec, estaba a la espera de una quimioterapia, que le habían programado desde hacía un año.

Estaba solo, sin ningún familiar acompañándolo. Sentí que iba a ser la última vez que lo iba a ver. Le metí en una mochila los textos que me había comprometido a mostrarle y nos quedamos de volver a ver el miércoles 9 de mayo de 2018.

Cuando salí, uno de los guardias del Inpec me dijo: “Mire doctor, van a ser las doce, y no hay ningún familiar, ¿qué va almorzar ese señor?”.

Me regresé y le pregunté por su almuerzo. Me señaló su mochila y me afirmó que allí había traído “unas cositas para comer”.

Me acerqué un poco más, para que no me escuchara el guardia, y le dije: “Esta gente del Inpec debe almorzar algo. Yo le voy a dar una platica y usted se la da a ellos para que almuercen algo, como cosa suya, ¿le parece?”.

Y escuché sus últimas palabras que tuvo para conmigo: “Gracias mi doctor, Dios se lo pague”.

Mis condolencias a los desconocidos familiares de ‘Móvil 5’.

Y definitivamente hay que escuchar las historias de los demás, no para justificar sus acciones, sino para tratar de entender a este país. Y llegar a la conclusión que es nuestro Estado quien ha empujado a sanos y humildes campesinos como este, a los brazos de una degradante guerra que se ha estado llevando a gente que era buena y que hoy solo les decimos monstruos. No acostumbro a creer en la suerte, pero después de conocer la historia de quien debía ser un humilde campesino más de Colombia, creo que de verdad que la suerte existe.

Aún retumban en mis oídos lo que me dijo cuando le pregunté cómo empezó el fin de Carlos…

“Una mañanita, como a las 5, veo que el patrón estaba sentado a un lado de la piscina, en ‘La Construcción’, tenía una toalla encima de su cabeza. Me le acerco y lo saludo. Levanta la cabeza, se me queda mirando y me dice: Usted se atreve arrancarle a Carlos, pero frentiao…