Conoce la historia del himno ‘Entera Consagración’, una de las alabanzas más conocidas del mundo cristiano

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La creadora de este himno fue la poetisa Frances Ridley Havergal (1836-1879). Fue conocida en el mundo cristiano como «La Teodosia del Siglo XIX». Hija de una familia inglesa distinguida. Se deleitaba en la adoración oración y lectura de la Biblia, de la que a una edad muy temprana había memorizado muchos pasajes. A los cuatro años empezó a leer, a los siete ya escribía versos. Aprendió latín, griego y hebreo, y a memorizar los salmos, el libro de Isaías, y la mayor parte del Nuevo Testamento.

Cómo rindió su corazón a Cristo. Era hija de un clérigo, y desde sus primeros años tenía un profundo interés en las cosas de Dios, especialmente en el significado de la Cena del Señor. El sermón de un cura en Worcester sobre el texto: «No temáis, manada pequeña», le impresionó profundamente, y habló con él, pero era un consejero inhábil y no pudo ayudarla a encontrar a Cristo.

En febrero de 1851, con un corazón muy cargado, fue a Okehamton, «anhelando saber que estaba perdonada». En poco tiempo la Srta. Cooke llegó a ser su confidente, y un día, después de una larga conversación, le preguntó: «¿Por qué no puedes confiar tu vida al Salvador de una vez?» «Sí que puedo.» Corriendo escaleras arriba entregó su alma al Salvador, y bajó más tarde sintiendo que había confiado en Cristo. Esta es la fuente del río, desde entonces la bendición ha fluido sin parar.

Entera Consagración es el himno más querido de la Srta. Havergal. Fue escrito en 1874, y su aceptación mundial se ve en que ha sido traducido a una docena de idiomas Europeos e incluso a varios de Asia y África.

Ella misma escribió: “Tal vez estés interesado en conocer el origen del himno de consagración, «Que mi vida entera esté consagrada». Fui por una corta visita de 5 días (a Areley House). Había 10 personas en la casa, algunos inconversos y por los que hacía tiempo que se oraba, y otros convertidos pero que no eran cristianos gozosos. Dios me dio la oración: «Señor dame TODA esta casa». Y Él lo hizo. Antes de marcharme todos habían recibido una bendición. La última noche de mi visita, después de haberme retirado a dormir, la gobernanta me pidió que fuera a ver a las dos hijas. Estaban llorando. Allí las dos creyeron y se regocijaban. Era casi medianoche. Estaba demasiado contenta como para dormir, y pasé la mayor parte de la noche en alabanza y renovando mi propia consagración; y estas pequeñas coplas se formaron y repicaron en mi corazón una tras otra hasta concluir con: «¡Siempre, Solo, Todo para Ti!».”

La Srta. Havergal encargó copias de su Himno de Consagración que a menudo utilizaba en sus reuniones. Solía pedir a los que Dios hubiera hablado que firmaran sus nombres al pie como una señal de su resolución «Siempre, solo, todo para Jesús.»

“Para mí escribir es orar; porque nunca parece que escribo un verso sola, y me siento como un niño escribiendo. Sabes que un niño levantará su cabeza después de cada frase y preguntará, «¿y qué escribiré ahora?» Esto es justamente lo que hago. Pido que cada línea Él me la dé; no solo pensamientos y poder, sino también cada palabra, incluso la misma rima. Muy a menudo percibo con toda claridad respuestas directas.” Así podemos comprender cómo tantos de sus mensajes cantados han sido maravillosamente usados por Dios, porque la escritora vivía a diario en una atmósfera espiritual y de estrecha comunión con el Salvador que adoraba.

Frances Ridley Havergal (1836-1879).

A pesar de su salud irregular, vivió una vida muy activa, siendo casi todo su trabajo totalmente dedicado al servicio del Maestro: Habló, enseñó, cantó, oró, y escribió para Él. Visitaba a los enfermos y débiles, a menudo haciendo grandes viajes para llevar un mensaje de amor.

En otoño de 1878, a Srta. Havergal se trasladó a Mumbles, Bahía de Swansea. Aquí, se esperaba que encontraría un lugar tranquilo de descanso, para que pudiera recuperar algo de su vitalidad perdida; pero su continua compasión hacia los pobres sobrepasó su debilidad. Alguien hizo referencia al dolor físico que padecía y ella respondió: «Todo el mundo siente lástima por mí excepto yo… Yo veo mi dolor a la luz del Calvario.»

Compuso la melodía “Hermas”, para otro de sus himnos, que estaba en sus labios cuando el 3 de junio de 1879 pasó a la Presencia de su Rey. Tan sólo tenía 42 años.

Otros himnos escritos por ella:

«Del trono celestial»

«Mi existencia y mi valer»

«Oh, háblame, Señor»

«Mi vida di por ti»