Corro luego existo

Ramiro Guzmán. Columnista invitado de Río Noticias.

Se me ocurren las siguientes consideraciones ahora que estoy corriendo. No es bueno estar tan convencido de que se es un atleta a los 60 años porque ahí sí es verdad que morimos engañados. Porque admitámoslo o no el cuerpo se deteriora con el pasar del tiempo. Y es que razones para correr a esa edad son muy pocas. Sin embargo, soy un convencido de que, a esa edad, hay que correr, correr y correr aunque solo sea por salud y diversión. Para olvidarnos de las ideas mundanas, aunque solo sea por el corto tiempo que dura el recorrido. A esa edad hay que correr, sin importar el tiempo o la distancia.

Sin sufrir porque en una carrera nos pasen de largo y sin tener que alegrarnos por los que alcanzamos y sobrepasamos en la distancia. El caso es que no recuerdo a qué edad empecé a correr. Ni he sido competitivo. Detesto competir. Y detesto a quienes me miran como su rival. Ni en lo intelectual ni en lo físico. Me parece absurdo. Corro por las mismas razones que me gusta escribir, leer y compartir conocimientos con los estudiantes, aunque estas actividades estén en vía de extinción.

Corro, digo que corro, lo hago sin prejuicios, sin obligaciones ni compromisos. Corro porque el correr es la única forma que encuentro de ser libre, al igual que se es libre cuando se escribe para uno. O para quienes quieren gastarse unos segundos de su vida leyéndonos. Al menos lo intento. Intento ser libre. Siempre lo he querido ser. Desde esta perspectiva pienso que el oficio de escribir como el de leer es muy parecido al de correr. Se lee cuando se quiere y se puede y sobre lo que se quiere. Lo mismo que correr.

He hecho pausas en la vida, pero como dice el escritor Murakami “los músculos son como animales de carga dotados de buena memoria”, cuando los estimulas ahí te responden. Escribir como correr nos libera. O parecería que por fin nos hemos liberado de algo. No creo en los que dicen que ven en la bohemia la mejor forma de escribir. No creo que alguien pueda escribir borracho o con un porro de marihuana en la cabeza. Esto lo digo sin un pringo de moralismo porque –como dice el amigo y escritor Márcos Velásquez “el moralismo es el pilar de las dictaduras”. Los escritores y artistas que he conocido con un perfil bohemio me dicen que hacen una pausa en sus vidas mundanas para poder producir. Lo confirmo ahora que leo a Haruki Murakami.

Su libro “De qué hablo cuando hablo de correr” es una maravilla que todo atleta o escritor no deben dejar de leer. En 1982, tras dejar a un lado el bar en el que vendía licores hasta altas horas de la madrugada decidió que se dedicaría a correr. Llegó a participar en el trayecto de Atenas a Maratón (42 km 195 mts), también la maratón de Boston y la maratón de Nueva York. Y se embarcó en la odisea que es correr la ultramaratón de 100 kilómetros del lago Saroma, que cada año se celebra en (Japón Hokkiaido).

Bueno pero ese es Murakami, porque a nosotros, digo nosotros, porque incluyo a quienes hacemos parte de Runners Zenú, un grupo de atletas soñadores, de diversas edades, que el domingo participaremos en los 5 kilómetros del municipio de San Antero, y cuyas razones para correr, también en Barranquilla el 14 de abril son muchas, pero la más importante: demostrarnos que somos capaces de encontrar tiempo para ello en éste mucho que nos quiere quitar hasta el más elemental de nuestros derechos: el de correr con nuestro propios pies.