El incierto paso de las Farc a la política

Desde los orígenes del conflicto armado, la política está presente. La primera evidencia es el líder comunista Juan de la Cruz Varela, quien luego de comandar la causa rebelde en la región del Sumapaz, en 1960 llegó al Congreso de la República, paradójicamente como suplente de Alfonso López Michelsen. Fue la época anterior a la creación de las Farc, que de paso, en su primera etapa, tuvo una evolución común con el Partido Comunista.

De hecho, uno de sus principales ideólogos fue el líder comunista Luis Morantes, quien cambió su nombre en las Farc por el de Jacobo Arenas. En esa primera fase, muchos líderes de la Juventud Comunista (Juco) y del propio partido pasaron a las filas de las Farc, el Eln u otras organizaciones insurgentes surgidas en los años 60. Dos décadas después, esta proximidad se diluyó, pero con el nacimiento de la Unión Patriótica en los diálogos de paz durante el gobierno de Belisario Betancur fue la plataforma política y electoral escogida. (Vea: “Farc se preparan para la vida política”)

En esa misma época de diálogos, el Eln tuvo lazos de cercanía con el frente político A Luchar, mientras que el Epl lo hizo bajo la plataforma Frente Popular. Ya en tiempos de Virgilio Barco, el exterminio de la Unión Patriótica se hizo evidente, y en la guerra sucia que se desató desde el paramilitarismo también fueron blanco los escenarios de A Luchar, el Frente Político y otros similares. En 1990, cuando entregó sus armas, el M-19 pasó a llamarse Alianza Democrática M-19, y luego el Epl se volvió el grupo Esperanza, Paz y Libertad.

En las elecciones presidenciales de 1990, bajo la denominación de Compromiso Colombia, intervino como candidato presidencial el excomandante del M-19 Antonio Navarro Wolff. Alcanzó 754.750 votos, casi el doble de lo que había logrado Jaime Pardo Leal con la Unión Patriótica en 1986. La UP no participó en los comicios presidenciales de 1990 tras el asesinato de su candidato presidencial, Bernardo Jaramillo Ossa. Navarro repitió candidatura en 1994, pero su votación cayó a 219.241 votos.

El M-19, que durante su accionar guerrillero tuvo un notable desempeño político, no lo reeditó cuando llegó a la paz. Aunque fue mayoría en la Constituyente de 1991, lo que permitió a Antonio Navarro ser copresidente, para 1994 perdió su participación en el Legislativo. Algo similar le sucedió a Esperanza, Paz y Libertad. Hizo causa común con el M-19, pero luego se dispersó y sus líderes se matricularon en nuevas opciones de la izquierda. Al Quintín Lame, la Corriente de Renovación Socialista y el Partido Revolucionario de los Trabajadores les sucedió lo mismo.

En las elecciones presidenciales de 1998, el M-19 tuvo candidatura propia, con Germán Rojas, que apenas logró 16.072 votos. Para el 2002, con Augusto Guillermo Lora, apenas llegó a 10.987 votos. Paradójicamente, el político que más lejos ha llegado de este antiguo grupo guerrillero fue Gustavo Petro, que se convirtió en un exitoso parlamentario y luego alcalde de Bogotá. Hoy es precandidato presidencial para 2018 y no le va mal en las encuestas. Su antiguo aliado Antonio Navarro, después de su paso por la Gobernación de Nariño, hoy está en la Alianza Verde. (Puede leer: “El feminismo en el partido político de las Farc”)

En cuanto a las Farc, después de la terrible experiencia de la UP, arrasada a sangre y fuego, su actividad política en armas se movió en dos planos: el denominado PCC (Partido Comunista Clandestino) y el Movimiento Bolivariano por la Nueva Colombia, formalizado en los tiempos de la zona de distensión del Caguán en la era Pastrana. Ahora se sabe que su escenario no será la UP ni Marcha Patriótica, ni ningún otro de los movimientos vigentes de izquierda. Tendrá su propia identidad, dentro de su línea ideológica tradicional e histórica.

En síntesis, todos los grupos armados insurgentes que ha tenido Colombia en las últimas décadas han tenido un inocultable componente político. Y al concertarse la paz, la idea dominante es precisamente esa: cambiar las armas por las urnas. El futuro dirá si en esta ocasión ese tránsito será intenso pero pacífico, o si, como al M-19, le costará un cuarto de siglo acercarse a las máximas instancias del poder político en Colombia.

Tomado de El Espectador.