El odio degrada la política

Horacio Garnica. Columnista invitado de Río Noticias.
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El odio, al decir de los estudiosos es «un sentimiento humano irracional producto de nuestros túneles mentales», el cual, se encuentra arraigado en la mancillada historia política de Colombia, como una impronta genética y genealógica. Existe, muchos siglos antes de la aparición de la Doctrina del Odio, del fascismo clásico de Mussolini, de Hitler y de los «camisas negras», engendrando genocidios, atentados, masacres, bombas, diferentes modalidades de crímenes y todas las inimaginables formas taxonómicas de violencia.

En ese orden de ideas se inscriben prácticas como la repulsada acción macabra contra la Escuela de Cadetes de la Policía General Francisco de Paula Santander donde murieron muchos jóvenes policías y heridos otros; o como la acción premeditada de vestir de guerrilleros a unos jóvenes, asesinarlos después y mostrarlos como trofeos exitosos de la institucional lucha anti guerrillera; como asesinar líderes sociales de uno en uno y en tiempo espaciado para no causar la conmoción que causan los asesinatos colectivos; como los crímenes con moto sierras y los desmembramientos vivos de personas. Estas son las crueldades de la guerra y de la violencia política, acicateada por el odio de los discípulos de Atenea diosa de la belicosidad.

El odio en la historia política patria, es la causa última entre otras, de las siguientes confrontaciones bélicas:

– Las guerras separatistas de 1830.
– Conspiración de núcleos bolivarianos al mando del general José Sarda en el año 1835.
– La Guerra de los Supremos entre 1839 a 1841.
– Guerra Conservadora y del Clero en el año 1852.
– Golpe militar del general José María Melo y Guerra Civil en el año 1854.
– Guerra entre Federalistas y Centralistas entre 1860 a 1863.
– Cincuenta y cuatro Guerras Civiles entre 1864 a 1884.
– Guerra Liberal de los Mil Días entre 1899 a 1902.
– Estado de Guerra y Ocupación Militar en los Enclaves entre 1900 a 1930.
– La represión bárbara al levantamiento Indígena, conducido por el Manuel Quintín Lame.
Los Insurrectos son condenados a trabajo forzado en el año 1916.
– La Masacre de las Bananeras en 1928.
– La Violencia que se inicia en el año 1947 con el Bogotazo y la Insurrección Urbana generada a partir del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán.
– La Guerra se traslada al campo entre 1849 a 1958.
-Surgimiento de la primera guerrilla liberal en la Colorada Santander en el año 1849 al mando del exalcalde de Barrancabermeja Rafael Rangel. Luego bajo la comandancia de Gerardo Loaiza jefe liberal del departamento de Caldas, quien organizó 36 frentes guerrilleros en los Llanos Orientales bajo la conducción de la Dirección Liberal.
– Aparición de la guerrilla comunista de la FARC comandada por Manuel Marulanda Vélez en el período comprendido entre 1950 a 1953.
– Guerra de Pacificación entre 1953 a 1957.
– Aparecen zonas de Autodefensa en el año 1955.
– La Guerra Contrainsurgente entre 1958 a 1978.
– La Guerra Sucia en el año 1978 y aún continúa.

Por lo prolijo, omito referenciar episodios bélicos y violentos no menos importantes, ocurridos entre 1519 a 1829; sólo parto en este artículo, del sartal de guerras y violencia vividas en Colombia desde el año 1830 y aún vigentes, catalizadas por la doctrina del odio; odio cada día más refinado en la política nacional. Los colombianos nos odiamos entre sí; y así nunca habrá proceso de paz que valga con la guerrilla.

Lo que voy a decir parece ser idílico e idealista, pero lo voy a decir: tenemos que «des odiarnos», hacer impracticable la doctrina del odio de los fascistas, de los neofascistas, de los «camisas negras” y de la nueva derecha; hay que convertir a Colombia toda en una escuela nacional, con una «educación difusa en el ambiente» como lo pregonaba Gramsci, y que esa escuela en este caso específico como lo preceptúa nuestra Constitución: forme al colombiano en el respeto a los derechos humanos, la paz y la democracia, entre otros tantos importantes fines.

Se requiere de un proceso de paz que termine en un Acuerdo entre los Partidos Políticos, ya que éstos y así lo ha demostrado la historia, son no sólo potenciales petardos de violencia, sino protagonistas de la misma violencia.

“Des odiarnos”, no significa, no seguir combatiendo civilizadamente los modelos económicos neoliberal y político neoconservador; no significa, decir amén al desmonte del Estado Social Derecho, para imponer el Estado Corporativista, como lo pretende el presidente Duque; no significa renunciar a las ideas de cambio; no es una prédica evangélica.

“Des odiarnos”, significa, no eliminar al contrario y no significa dejar de pregonar y actuar de acuerdo a este pregón: «LOS PUEBLOS QUE NO LUCHAN NO TIENEN PORVENIR».