El populismo

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El populismo se pasea en forma sigilosa a través de movimientos de las partes extremas, que capitalizan las debilidades en la democracia para promover sus falsas profecías.

Los efectos adversos del populismo fueron previstos desde hace más de 50 años. Recuerda el politólogo Minouche Shaflk: “Un espectro está acechando al mundo: el populismo”. Desde entonces, no solo acecha, sino que ya se ha posesionado de la sociedad que nace libre.

Por ello, diría yo que el populismo es el uso demagógico que un líder carismático hace de la legitimidad democrática, para prometer la vuelta de un orden tradicional y así consolidar un poder personal al margen de las leyes, las instituciones y las libertades.

En Colombia apareció el populismo como algo inocente, producto de las vivencias de los líderes en las comunidades, con la mínima intención de hacer de ellas un beneficio propio. El populismo ya tiene raíces en la mayoría de los partidos políticos y se impregna en cada militante como un estilo de vida. Así pareciera que es el destino que corren los partidos que se forman alrededor de caudillos y no en jerarquías institucionales ni en ideologías y programas fundamentados en la razón.

Ya en los discursos de los aspirantes a un cargo público, es el populismo que se encarga de seducir a las masas. En las pasadas elecciones del 27 de octubre, los candidatos a las gobernaciones, alcaldías y a concejo, dieron un festín de discursos populistas, basados en las necesidades de las comunidades para que parecieran tener un fundamento solidario, pero es muy fácil notar que el conocimiento que adquieren los aspirantes de esas necesidades es para un uso netamente político y no con el ánimo de buscar una solución.

Los candidatos a cargos de elección popular que nunca han tenido contacto con las verdaderas necesidades, que no conocen el origen de los males que agobian a un pueblo, y en su periodo de campaña política tratan de mostrar que comprenden y viven en carne propia esas necesidades, déjeme decirle que ese es un populista más que quiere montarse en el poder a través de los escalones de su necesidad.

El populismo capitaliza y explota la lucha de clases e infunde una polarización máxima. Es una salida desesperada ante tantas ilusiones frustradas de una sociedad insatisfecha y burlada por políticos prometedores.


Recordemos que hace 25 años, cuando Samper y Pastrana –ambos representantes del régimen imperante– obtenían entre ambos el 90% del electorado, su contendor, el izquierdista Navarro Wolff, a duras penas sacaba 200 mil votos, el 4% del total. Era impensable que 24 años después, las izquierdas populistas con Petro, superaran los 8 millones de votos. Y como van las cosas, con un establecimiento devorándose a sí mismo nada tendría de raro que a corto plazo Colombia tenga una sorpresa.

Si las ciudades principales como Bogotá, Medellín, Cali y Barranquilla, que son las ciudades que mueven la estructura política y económica del país, quedan en manos populistas, apaguemos la luz muy suavecito y vamos mirando qué va quedando de democracia.

Javier Araújo Morelos
Asociación de Periodistas Independientes de Colombia