Entre la Fe, el odio, la falta de respeto y la intolerancia

Dirijo esta columna en especial a las personas que profesan su fe católica, respeto por lo espiritual y respeto por quienes practican otro tipo de creencias religiosas. Ver lo que sucedió con el Papa Francisco en Cartagena fue sencillamente conmovedor, hasta para quienes este tipo de visitas poco les interesa. Definitivamente para soportar todas las injusticias de este Estado se necesita creer en alguien superior, Dios. De otra forma, esta Región Caribe fuera un gran cementerio de desesperanza.

No hay duda que este Papa está sintonizado con la realidad verdadera del mundo y en especial de Colombia. Y es de los que no se pone a sopesar al extremo lo que políticamente correcto se debe decir. Afirmar de frente, que la inequidad y desigualdad es uno de nuestros peores males, es una realidad que debe incomodar a los poderosos de este país y avergonzar a todos los políticos, quienes son los que han fomentado estos dos males que están acabando con la dignidad de los colombianos.

Pero ni la llegada del Papa aplacó el mal que aqueja a todo este país y que será lo que defina el ganador de las próximas elecciones presidenciales: el odio. Y no hay nada que una más que este terrible sentimiento.

Por ello es inconcebible ver como entre los millones de colombianos que vieron la vista del Papa y escucharon sus homilías, se manifieste una sensible espiritualidad, pero a la vez su corazón albergue una gran carga de odio por el otro.

Yo no conozco la primera sociedad o nación que haya crecido para bien basada en el odio, irrespeto y desprecio por el otro; en especial, por tu adversario político. Los países que han afrontado estos problemas nos han dado lecciones, en el sentido de que se necesita encontrar líderes que unan, que ayuden a reconciliar, que construyan tolerancia y que los intereses por el bienestar de la nación estén por encima de sus odios y egoísmos.

Muchos critican a este Papa porque no se pronunció en contra de la Farc y sus miembros. O porque no atacó al Gobierno y a sus opositores. Y creo que una persona que pregona el Nuevo Testamento y las enseñanzas de Jesús no puede ni debe ser un incendiario. No faltará quien mire hacia atrás y vea todo lo que fue la Iglesia Católica, pero es que no podemos juzgar el pasado con los hechos y conocimientos del presente.
Yo tengo serios cuestionamientos contra el presidente Juan Manuel Santos, pero entrar a atacarlo porque se la pasaba al lado del Papa me parece una estupidez. Yo pregunto: ¿Quién no quiere estar al lado del Papa?. Ojo, recuerdo que esta columna no va dirigida a aquellas personas que desprecien, odien o no les guste este tipo de creencias o de fe.

Para mí, lo reitero, para mí, lo más importante de la visita del Papa fue lo que dijo y no quien se la pasara al lado de él. El mensaje que les transmitió a los jóvenes fue conmovedor y esperanzador. Y esa ‘pelaera’ no llegó hasta el sitio porque les pagaron para asistir o les regalaron el transporte. Llegaron a escuchar a una persona con autoridad, a un líder espiritual que les agitara y avivara sus corazones y sueños.

A veces quisiéramos que el Papa haga o diga lo que los presidentes de Colombia y políticos no hacen y no han dicho, pero tenemos que entender que esa no es su responsabilidad.

Siempre se ha dicho que la religión y la política es un coctel supremamente inflamable, en parte estoy de acuerdo, pero cuando se hace con el cálculo político de manipular a los pueblos para subyugarlos. Situación que fue una realidad en épocas de la famosa ‘Doctrina de la Seguridad Nacional’. Pero los tiempos cambian y las nuevas generaciones también tienen todo su derecho a imponer nuevos pensamientos y nuevas ideas.

Considero que hoy en día fuertes creencias espirituales, que afiancen y hagan innegociable tus valores, ayudan a construir democracias más honestas y fuertes, por lo que el desarrollo pasaría a ser una prioridad para derrotar la inequidad y la desigualdad. No estoy hablando de Estados confesionales, sino de Estados laicos. En donde se respete plenamente la libertad de credos y exista una respetuosa separación Estado – Iglesia.

Tampoco estoy planteando que personas que no tengan ningún tipo de creencia religiosa no posean fuertes valores, lo que quiero plantear es que cuando se practica la verdadera fe católica se presume que estos practicantes hacen que los valores sean más determinantes para caminar en esa fe.

Y de verdad que se necesita de mucha fe y determinación para aguantarse más de 15 horas parado, en medio de cientos de miles de personas, para escuchar un mensaje de 25 minutos de un Papa. Esa misma fe y determinación es la que todos necesitamos para dejar de odiar, de ser intolerantes y de irrespetar a los demás.

El odio por el otro nos está destruyendo. Pareciera que odiar fuera una moda. No nos gusta la opinión de otra persona, entonces lo odiamos. Una persona se viste de una manera y por eso nos cae mal y la odiamos. Hemos llegado al extremo, de ‘odiar porque sí’, de ‘odiar porque me dijeron’.

El irrespeto por el otro está acabando con la palabra convivencia. Pero aquí el Estado es el principal responsable al promoverlo. Cuando tú como Estado abandonas a una región, departamento, municipio, comunidad a su suerte se está ante la máxima expresión de lo que es ausencia total de respeto por los demás. Cuando como Estado te importa la pobreza y abandono de nuestros campesinos, eso es irrespeto. Cuando como Estado usas a las verdaderas víctimas como mercancía, lo que haces es revictimizar e irrespetar a estas vulnerables personas. Y cuando como Estado promueves el irrespeto, lo más probable es que todos los demás lo apliquen con toda libertad. Con lo que tenemos un país donde nadie respeta a nadie.

Con un corazón lleno de odio, con un Estado que promueve que a nadie se respete tiene que llegar la intolerancia, que termina convirtiéndose en la aniquilación total del otro. Y para allá estamos, no caminando, corriendo.

Pero ante este panorama, el ver cómo cientos de miles de personas vivieron con pasión la venida del Papa uno piensa con esperanza. Yo soy de la escuela de que la fe mueve montañas y que los milagros existen. Pero a la fe hay que ponerle acciones. Acciones que consisten en afianzar aún más nuestros valores, en especial el del respeto, el de la tolerancia, el amor por el otro y el de la honestidad.

Mi admiración y excesivo respeto por todas las personas que profesan de manera ferviente su fe y que se mueven en medio de Dios, Jesús y el Espíritu Santo.