La masacre de las bananeras: 90 años de impunidad

Horacio Garnica. Columnista invitado de Río Noticias.

No sólo son 90 años de impunidad, sino también de un gradual e inconsecuente olvido social, recordado tenuemente con un modesto y poco concurrido acto realizado en Ciénaga Magdalena el pasado 6 de diciembre de la presente anualidad.

Mantener incólume e inhiesta la memoria histórica, es un vigente homenaje póstumo a las víctimas y una condena social no olvidada, en contra de los tradicionales victimarios políticos del pueblo- pueblo de Colombia.

Hay dos antecedentes histórico- político a la MASACRE DE LAS BANANERAS, iniciada el 6 de diciembre de 1928 con una duración de varios días. Uno es la Revolución de Octubre en Rusia en el año 1917, y el otro es la creación en Colombia en el año 1926 del Partido Socialista Revolucionario, lo que se interpretó por parte del gobierno conservador de entonces presidido por Miguel Abadía Méndez como: “un complot comunista internacional para acabar con sus propiedades y vidas”. Así también lo interpretó el Congreso de la República, la jerarquía eclesiástica, un sector del Partido Liberal y la gran prensa.

El diseño de la acción legal para enfrentar la paranoia del complot en comento, se la asignó el gobierno en el año 1927 al ministro de Guerra Ignacio Rengifo. De inmediato para asumir el macabro encargo político expresó: ” Al amparo del ambiente de amplia libertad que se respira en el territorio colombiano no pocos nacionales y extranjeros por su propia cuenta, o en calidad de agentes asalariados del gobierno soviético, hacen por doquier activa y constante propaganda comunista”.

En esta lógica el ministro Rengifo logra en octubre de 1928 la expedición de la LEY DE DEFENSA SOCIAL, mejor conocida como LEY HEROICA. Esta Ley declara ” subversiva la acción reivindicativa, política y social de los sindicatos y organizaciones populares nacientes”. Es una ley que está vivita, coleando y matando en Colombia a maestros, líderes sociales, populares y de partidos alternativos. Es una ley vigente y aplicada al pie de la letra en la República de Colombia. Ahora acabo de entender porque Mancuso en determinado momento dijo que ellos no mataban maestros, sino a guerrilleros vestidos de maestros, y en unidad de materia un ” Macho Man” de la política colombiana hablaba de los guerrilleros vestidos de civil. ¡Qué extraña coincidencia!

Todo estaba “fríamente calculado” para estrenar la susodicha Ley, la oportunidad llegó el 6 de diciembre de 1928; los trabajadores de la empresa estadounidense United Fruit Company, presentaron un pliego de peticiones que no fue atendido, en él se hacían reclamos sobre: una jornada laboral de 12 horas y más, el salario se los pagaban en bonos que sólo eran válidos en las tiendas de la misma empresa, no tenían asistencia médica y el vínculo laboral era al igual al que se tiene ahora con la tercerización laboral. No obstante estas humanitarias peticiones, el pliego fue calificado como subversivo por parte del gobierno del presidente Miguel Abadía Méndez, la iglesia católica, la prensa y la United Fruit Company.

La respuesta de la empresa fue pedirle al presidente de la República el conservador Miguel Abadía Méndez la intervención del ejército. En efecto este presidente como otros presidentes supuestos “perros falderos” del imperio, declaró de inmediato el estado de sitio, y designó al general Carlos Cortés con precisas instrucciones para “acabar con la banda de malhechores”, así llamaba ese presidente a unos humildes trabajadores.

La reacción de los trabajadores fue de concentrarse en la plaza de Ciénaga, ahí llegó el general Carlos Cortés solicitando el desalojo de la plaza por estar turbado el orden público y por existir una declaratoria de estado de sitio. Al ser desatendida la orden, el mencionado general dijo: “que era menester cumplir la ley, y se cumplió”. Ordenó disparar contra la multitud. Gabriel García Márquez en Cien Años de Soledad dice que los que no murieron instantáneamente fueron rematados a bayoneta, o se les enterró vivos en fosas comunes. En los trenes de la empresa se embarcaron centenares de cadáveres y llevados hasta el mar, donde se echaron como al banano de mala calidad.

El número de muertos en la masacre de las bananeras oscila entre 1.500 a 3.000 y sin ningún tipo de responsabilidad penal ni política. El presidente Abadía Méndez felicitó al general Carlos Cortés “por haber salvado al país de la anarquía” y fue ascendido a director de la Policía Nacional. El Partido Conservador que pregona la defensa de la vida y en consecuencia está contra el aborto permitido legalmente, defensor de la familia, de los valores y de la moral, nunca condenó la masacre y el genocidio cometido por uno de sus destacados cuadros en la presidencia de la República, el de ingrata recordación, el presidente Miguel Abadía Méndez. Aquí hay una gran deuda ética, penal y política.

Son 90 años de impunidad que se los tragó el olvido, y son muchas las impunidades olvidadas. Hay que retrotraer muchos pasajes de la historia, muchas veces desfigurada por muchos historiadores.

En la Colombia de hoy aún rige la Ley de Defensa Social o Ley Heroica la que sirvió de fundamento legal para realizar la masacre de las bananeras el 6 de diciembre de 1928, al considerar “subversiva la acción reivindicativa, política y social de los sindicatos y organizaciones populares nacientes”, en esa época.

Por esta razón hoy asesinan educadores, sindicalistas, líderes sociales y políticos de partidos alternativos, y todos los ampara una descarada impunidad. Por eso se criminaliza la protesta social, y por eso el ministro actual de defensa de Colombia un empresario de apellido Botero, propone reglamentar la protesta social.

Que no se pierda la memoria histórica, mantengámosla siempre incólume y enhiesta. Y no olvidemos a nuestros muertos, porque como dice el escritor sinuano José Luis Garcés González: “siempre pisamos sobre muertos anteriores. Y esos otros tenían su cultura, tenían sus valores. Nos dejaron su historia. Para que la conozcamos, para que aprendamos de ella. Pero nosotros le sacamos el cuerpo, o, sencillamente la despreciamos”.