Nuevas pruebas genéticas demuestran que los humanos siguen evolucionando

Charles Darwin señaló que los humanos habíamos evolucionado gracias a la selección natural. Darwin postuló que los individuos más aptos para adaptarse a las duras condiciones del mundo natural eran quienes habían logrado pasarle sus genes a las generaciones posteriores y que eran ellos quienes tenían mayores probabilidad para sobrevivir. Sin ese mecanismo de adaptación al medio, las especies perecen.

No obstante, a lo largo del siglo, biólogos y genetistas empezaron a preguntarse si la selección natural seguía aplicando a los seres humanos. Los humanos creamos abrigos y casas para vivir en el frío, pensaron. Desarrollamos la medicina, que cura a los enfermos que, si ellas no existieran, morirían y en algunos casos no podrían dejar descendencia. Logramos decidir cuándo queremos o no tener hijos. Todo eso, se argumentaba, podría haber frenado la evolución humana hace unos 50.000 años.

Pero un estudio reciente adelantada por profesores de la Universidad de Columbia, en Nueva York, cuestiona esa visión. El paper, publicado en el journal PLoS Biology, señaló que los seres humanos sí seguimos evolucionando, pero a un ritmo mucho más lento que en otros momentos de nuestra historia.

Joseph Pickrell y su equipo estudió el genoma (es decir, la composición genética) de 200.000 personas en el Reino Unido, con el fin de descubrir variantes genéticas que se estén volviendo menos frecuentes. Así descubrieron que una variante de un gen llamado CHRNA3, que está asociada en un alto consumo de cigarrillos en fumadores, aparece cada vez menos.

Al comparar la presencia del gen en adultos de 80 años y en adultos de 60, Pickrell estimó que había disminuido en un 1% entre generaciones. El problema es que no existen datos disponibles para la generación siguiente –hombres de 40 años– que les permitiera confirmar sin duda alguna su hipótesis.

La investigación encontró que la variante CHRNA3 no era la única en hacerse cada vez más escasa. Una variante de otro gen, llamado el ApoE4 también se presentó en una menor proporción entre generaciones. Este gen estaría relacionado con una aparición tardía del Alzheimer, así como un mayor riesgo de sufrir de enfermedades cardiovasculares.

Esta investigación llega un año después de que el equipo de Jonathan Beauchamp, en la Universidad de Harvard, mirara el genoma de 20.000 estadounidenses nacidos entre 1931 y 1953 y se diera cuenta de que las personas las personas con mayores logros académicos tenían menos hijos y que esta decisión no solo estaba motivada por la cultura, sino por la genética.

En ese estudio, Beauchamp encontró que aquellos genes relacionados con mejores logros académicos, que se activan cuando el cerebro está en sus primeras etapas, predecían al mismo tiempo una reproducción reducida.

Tomado de El Espectador.