Periodista no aguantó más y dio a conocer los abusos a los que fue sometida en un canal privado

Maria Alexandra Cabrera
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Los abusos del trabajo

El maltrato en salas de redacción es un fenómeno del que no se habla en el gremio periodístico. Este es el testimonio de María Alexandra Cabrera, a quien catorce meses de trabajo en el programa Los Informantes la enfrentaron al ciclo del abuso laboral.

Por Maria Alexandra Cabrera.

Escribir este texto podría perjudicar mi carrera. Eso me dijeron varios amigos y colegas cuando les conté mi intención de contar lo que me había sucedido durante los catorce meses que trabajé como periodista del programa “Los informantes”, de Caracol Televisión. Otros me insistieron que es mejor no meterse con personajes poderosos. Pero me mueve la convicción de que no hay mayor poder que la verdad y la necesidad de empezar a hablar abiertamente de temas tan delicados como el maltrato laboral. Abrir el debate, sin tapujos, es la única manera de que nosotros y las futuras generaciones podamos encontrar caminos en los que el miedo no sea el único protagonista. 

En 2017, once periodistas contaron en VICE Colombia el maltrato laboral que padecieron en el diario La República. Lo hicieron, sin embargo, de manera anónima. Los entiendo, en Colombia vivimos muertos de miedo y hablar no es fácil. En un país en donde hemos recibido desde pequeños una educación castrense, que nos acostumbra a obedecer, tener el valor de expresar nuestras opiniones es cada difícil. Por supuesto, las empresas y los jefes se han dedicado a moldear esta vocación castrense mientras los empleados, por miedo a perder el trabajo, nos acostumbramos a callar. Decir lo que pensamos y poner límites al maltrato y el acoso se ha convertido en un riesgo en muchos escenarios laborales.

En Colombia, donde el gremio del periodismo es pequeño y donde todos se conocen con todos, hablar es arriesgarse a perder un trabajo en un país en donde crece el desempleo. Según cifras del DANE, hay casi tres millones de desempleados en Colombia. Solo en febrero de 2019, 298.000 personas, entre los 25 y los 54 años, se quedaron sin trabajo. En el terreno del periodismo la situación cada vez es más compleja. Entre 2017 y 2019 fueron despedidos unos 700 periodistas de medios como Televisa, El Tiempo, Semana, NTN24 y VICE Colombia. No hay trabajo y, perder los pocos que quedan, da pánico. Por eso, se cuida el que se tiene, aunque muchas veces no se compartan las posiciones editoriales de los medios para los que se trabaja o se tenga un jefe maltratador. La terrible situación laboral del país y de los medios de comunicación no parece dar otra alternativa diferente al aguante. 

Además, enfrentar un caso judicial por maltrato laboral puede llevar entre tres y seis años, y tener pruebas decisivas es muy difícil. Leonor Peña, psicóloga especialista en salud ocupacional, asegura que “para demostrar el maltrato laboral es necesario presentar evidencias, pero es complejo hacerlo porque hay que tener una grabación o unos testigos y nadie se mete a defender a un tercero si lo que está de por medio es su trabajo. Además, un jefe puede tratar distinto a sus empleados y generar maltrato en un escenario privado, lo que hace más difícil tener pruebas”.

De acuerdo con un estudio realizado en 2018 por la Universidad Libre, el 70 % de las personas que ha sufrido algún tipo de maltrato laboral no denuncia por ignorancia (no saben cómo hacerlo ni qué pasos seguir) y por miedo a perder el trabajo. “A veces los empleados ni siquiera saben que están siendo acosados laboralmente. Algunos creen que no se merecen un trato digno o creen que así son los jefes y que se los tienen que aguantar. Tienen miedo y lo que quieren a toda costa es conservar su trabajo. Muchos aún no entienden que todos tenemos derecho al buen trato”, afirma Peña.

Aunque por ley las empresas deben tener un área de Recursos Humanos que vele por el bienestar del empleado, tampoco hay confianza en la mayoría de estas, ya que es común que protejan a los superiores. Cuando el periodista Martín Franco trabajó en la revista Caras, entre 2005 y 2006, él y varios de sus compañeros fueron varias veces a Recursos Humanos, de Televisa, a quejarse del trato que recibían de su jefe. “El maltrato dentro de la revista no era ningún secreto y lo sufríamos todos por igual: desde el editor de la época hasta las encargadas de la parte comercial. La actitud de la directora, Patricia Fajardo, fue siempre abiertamente hostil. No solo teníamos que soportar sus gritos, sus insultos, sino que se ensañaba a veces con tu trabajo (haciéndotelo repetir una y otra vez si no le gustaba), o echaba a la gente por el simple gusto de hacerlo. Varias veces fuimos a quejarnos en Recursos Humanos, pero nunca sucedió nada”, asegura Franco. 

Muchas de las cosas que dicen las personas que han sufrido estas formas de acoso en salas de redacción las pude comprobar yo misma cuando trabajé en “Los Informantes”. Otras veces el juego psicológico era más cruel, como cuando me dijo que los editores del programa se estaban quejando de mí porque yo llegaba a la sala de edición a tirar las sillas y a imponer los planos.

El silencio como estrategia

La primera ruptura entre mi exjefe, María Elvira Arango, y yo, se dio justamente, por hablar. Expresar mi criterio periodístico se convirtió en un suplicio. Aunque realicé historias que me apasionaban, al momento de editar la nota la única voz que valía era la de Arango. Por supuesto, se necesitan orientaciones y discusiones, el problema es cuando el único criterio válido es el del director, cuando se veta la opinión del otro y cuando cuestionar –lo que debe hacer un periodista– se vuelve imposible. 

María Elvira Arango.

Recuerdo cuando estaba editando una nota sobre un expandillero de Manizales, en la que yo daba el dato de cuánto dinero se hacía diariamente cuando fue líder de una de las pandillas más peligrosas de esa ciudad, y a María Elvira le pareció un dato irrelevante. Le argumenté por qué me parecía importante y, en vez de dialogar y decirme por qué a ella no, solo dijo, con un tono despectivo, que no le veía relevancia y ordenó cortar ese pedazo. Pero lo peor pasó cuando vi la nota ese domingo al aire y me encontré con una edición diferente a la que yo había dejado finalizada. Había fragmentos enteros cortados que le quitaron fluidez a la nota y no permitieron mostrar, como era debido, la humanidad del personaje. 

Cuando llamé al editor para preguntarle qué había pasado, me dijo que a último momento tuvieron que quitarle tiempo al programa y que María Elvira eligió cortar mi nota. Sin consultarme ni avisarme nada, ella decidió qué fragmentos quitar. Cuando hablamos (por teléfono porque yo había viajado a hacer una historia), me dijo que no me preocupara, que en el programa esas cosas a veces sucedían y que, de todas maneras, la nota había tenido buen rating. El rating era lo único que parecía importar.

En medio de tantos roces, algunos compañeros me aconsejaron que me callara, que lo mejor, para evitar problemas, era no contradecirla. Pero un periodista no está hecho para decir a todo sí, olvidándose de la importancia de dudar y debatir. Todo el tiempo me preguntaba para qué me habían contratado si mi mirada no solo no era tenida en cuenta, sino que era descalificada constantemente. 

Hasta que encontré la respuesta: había un maltrato psicológico sutil. Imponer un solo punto de vista e invalidar sin ningún argumento el de otro, es una forma de maltrato.  Para Peña, “la falta de diálogo en el trabajo propicia el maltrato laboral. Cuando se descalifica constantemente la postura del otro se maltrata su autoestima. Es como una gota que va cayendo y haciendo mella en la psicología del empleado. Puede generar depresión, ansiedad, afectar su comportamiento y hasta llevarlo a renunciar y perder el trabajo”. 

La periodista Natalia Orozco, quien trabajó en “Los informantes” durante 2013, tampoco encontró un espacio que propiciara el diálogo. “María Elvira recibía mis propuestas y las historias que quise hacer las hice. El asunto es que ella quería que se hicieran a su manera, con su criterio periodístico, con sus valores y con su visión de mundo y país, la cual era muy distinta a la mía.  Las diferencias surgieron alrededor de una entrevista con el entonces estratega militar de las FARC, Pablo Catatumbo. Me preocupó mucho que Maria Elvira con su criterio intentara editar, sin mi presencia, una entrevista que yo hice al comandante guerrillero, cuando eso podía tener consecuencias delicadas para mí y para mi familia. Y, sobre todo, quedé muy sorprendida de que me hubiera borrado con una especie de Photoshop de la entrevista que le hice a Fito Páez y ella hubiera suplantado mis preguntas como si la entrevista la hubiera hecho ella. Expertos me dicen que hubo una vulneración del derecho moral, pero cuando salí de Caracol no quise darle más trascendencia al tema. Solo sé que eso no estuvo bien hecho”. 

Por su parte, Luis Sarmiento, quien también fue periodista del programa en 2013, cuenta que “el trato de María Elvira Arango pasó muy rápido de ser amigable a ser un trato muy vertical y despectivo con un toque de arrogancia que no permitía tener un ambiente positivo y agradable a la hora de trabajar. Más allá del reducido escenario de los consejos de redacción, no había espacio para el diálogo ni para una crítica constructiva respecto a las ideas y el trabajo. Mi punto de vista no se tuvo en cuenta en ninguna de las decisiones editoriales. Nunca se discutió en términos de estructura de guion, de personajes, de arcos narrativos, jamás hubo un trabajo de fondo de construcción de historia, todas fueron imposiciones subjetivas basadas en un sí o no, un me gusta o no me gusta”. 

 Mi relación con Arango se fue marchitando. A veces aprobaba una nota, como lo hizo con la entrevista que hice con el artista Billy Pontoni y, cuando salía al aire, me citaba en su oficina y me decía que la nota no había funcionado y que era aburrida. Cuando le preguntaba por qué no me había dicho nada antes, cuando hubiera podido corregirla, me evadía. En otras ocasiones, cuando una nota no la convencía, me decía que mi problema era que “no les ponía corazón a mis historias”. Nunca estuve de acuerdo: la pasión es la que me ha movido a hacer periodismo, no ponerle corazón es como si estuviera muerta. 

Otras veces el juego psicológico era más cruel, como cuando me dijo que los editores del programa se estaban quejando de mí porque yo llegaba a la sala de edición a tirar las sillas y a imponer los planos. Todo eso me dejaba desconcertada. Cuando hablé con el único editor con el que había trabajado hasta ese momento (en el programa había tres) y, con quien la pasábamos muy bien editando notas hasta las diez de la noche, me juró que era mentira. Siempre me pregunté sobre su objetivo para mentir. Con el paso del tiempo dos compañeras me dieron su veredicto: “Te quiere aburrir”. 

En julio de 2018, cansada de la situación, decidí hablar con Arango. Le dije, literalmente: “No me gusta cómo me tratas”, “No estoy acostumbrada a trabajar así”. Creo que a los jefes hay que respetarlos, y ojalá admirarlos, pero también hay que ponerles un límite cuando nos sentimos maltratados. Como desde lo profesional no tuve tacha, solo pudo argumentarme que yo era muy terca. Le aseguré que no lo sentía así. En mis doce años de experiencia periodística nunca había recibido ese tipo de reclamo de un jefe. Por el contrario, en los medios e instituciones donde trabajé (BacánikaAxxisBocasEl MalpensanteDiners y Universidad Javeriana y del Rosario) constantemente me sentí apoyada y valorada por mis jefes o mis editores, con quienes siempre existió un espacio abierto al diálogo, respeto y confianza en mi trabajo. 

Sin embargo, le aseguré a Arango que iba a revisar mi terquedad, y ella prometió que la comunicación entre las dos tenía que cambiar. Pensé que el diálogo había dado resultado y me puse como límite diciembre. Si la situación no mejoraba, a fin de año iba a pasar mi carta de renuncia. Sin embargo, Caracol se adelantó. Al mes de mi charla con Arango me despidieron sin justa causa. El único argumento que me dieron es que estaban buscando una periodista de menor categoría que la mía. 

Nada más. Poner el asunto de la inequidad salarial sobre la mesa la molestó muchísimo. Le pareció una imprudencia: un acto de absurda rebeldía. Debía estar agradecida por el trabajo, lo demás no importaba. 

A pesar de todo, agradezca

El equipo del programa lo conformaban ocho periodistas. De esos, siete teníamos casi la misma edad, entre los 35 y 40 años, y casi la misma experiencia periodística, entre 11 y 13 años trabajando continuamente en medios de comunicación. Algunos, incluso, teníamos maestría y habíamos obtenido premios periodísticos. Sin embargo, no todos recibíamos el mismo sueldo. 

Todos mis compañeros ganaban el doble que yo, algunos, incluso, el triple. Si todos hacíamos el mismo trabajo, si yo realizaba las mismas funciones, con la misma dedicación e intensidad, ¿por qué ellos ganaban el doble?  Entiendo que exista un escalafón y que la antigüedad en una empresa pese, pero, ¿por qué la brecha salarial era tan grande? Si la inequidad salarial hace parte del abuso laboral y la ley dicta que, a igual trabajo, igual sueldo, no es claro por qué unos siguen ganando más que otros. Aunque en el sector público los sueldos están reglamentados, en el sector privado esto no ocurre. 

En 2012 el presidente Santos aprobó la Ley 1496, que no solo garantiza la igualdad salarial entre mujeres y hombres en Colombia, sino que establece mecanismos para erradicar cualquier forma de discriminación en materia de retribución laboral. Sin embargo, no pasa nada. El círculo se repite: los sueldos se establecen según criterios subjetivos y, por miedo a perder el trabajo, se elige el silencio. La inequidad salarial no se resolverá con normas, sino con un fuerte incentivo del empleo que está lejos de suceder. 

En mi caso, cuando hablé del asunto del salario con Arango me contestó, sin un asomo de empatía, que no debería quejarme porque “Los informantes” era uno de los mejores lugares para trabajar en Colombia. Le dije que se pusiera en mis zapatos y me respondió que no podía hacerlo. Poner el asunto de la inequidad salarial sobre la mesa la molestó muchísimo. Le pareció una imprudencia: un acto de absurda rebeldía. Debía estar agradecida por el trabajo, lo demás no importaba. 

Para cerrar el tema, me dijo que fuera donde la gerente del centro de noticias de Caracol Televisión quien, sin un argumento válido, terminó asegurándome que mi sueldo se debía a que yo era una “periodista de color” y que lo que importaba en el programa eran las notas de orden público y las notas de abrir, de las que hice varias, como una crónica sobre los niños venezolanos que atraviesan la frontera para estudiar en Colombia o las entrevistas con la bicicrosista Mariana Pajón y el futbolista Juan Fernando Quintero.

En el programa que dirige Arango, “periodista de color” es el que cubre temas culturales o sociales, el que le apuesta a historias de vida más positivas, como muchas de las que hice y de las que me siento orgullosa. Por ejemplo, la crónica de un grupo de fotógrafos ciegos, la vida de la chocoana Josefina Klinger, la dramática situación de los indígenas Nukak, la rutina dentro de una ecoaldea, la historia del japonés Yokoi Kenji, la problemática de la marihuana medicinal en Colombia o las entrevistas con la chef Leonor Espinosa y el pintor David Manzur. Sin embargo, lo lamentable aquí es que se siga creyendo que el buen periodista es el que hace orden público, el que consigue chivas, destapa escándalos y hasta llega a arriesgar su vida por una noticia.

Dar la cara, ¿para qué?

Me despidió una señora de recursos humanos que nunca había visto el 29 de agosto de 2018. Esa mañana había entrevistado a Carlos Vives para una nota sobre Egidio Cuadrado en la que llevaba tiempo trabajando, y a las tres de la tarde me dieron la noticia. No me permitieron terminar una nota sobre ludopatía que salía al aire ese domingo y estaba en pleno proceso de edición. Me dieron dos horas para recoger mis cosas, despedirme de mis compañeros y salir del canal. María Elvira Arango, quien estaba haciendo una nota fuera del país en ese momento, nunca me dio la cara. Tampoco me llamó ni me envió algún mensaje. Fui yo quien tuve que buscarla y escribirle por WhatsApp. 

Más allá de mi experiencia personal y la de mis otros colegas, este tipo de maltrato laboral es una radiografía de lo que sucede a diario en un país en donde miles de personas no reciben el sueldo justo por su trabajo, aguantan maltratos y son despedidos abruptamente, sin justa causa. Miles trabajan con miedo. Van castrando sus talentos y censurando su voz. 

Desobedecer o pensar diferente tiene un costo muy alto. Pero, ¿vale la pena hacerlo? ¿Vale la pena aguantarlo todo por un trabajo? ¿Hay que callarse ante la inequidad salarial? ¿Hay que decirles siempre sí a jefes maltratadores solo para agradarles y conservar un trabajo? En mi caso, si miro para atrás, creo que no hubiera podido hacer las cosas diferentes. Escucharme y ser fiel a mí misma aceleró mi despido. No me arrepiento. Me hubiera dolido mucho más callarme.