Analfabetismo funcional

Por allá en el año 1989, estando en grado quinto de primaria, sufrí uno de los grandes traumas de mi vida académica, cuando se me fue asignada la tarea de leer la obra El viejo y el Mar, de Hemingway; lo sentía como una tortura medieval, puesto que nunca había leído un texto con tantas hojas, sin ilustraciones y con un tema que para la edad que tenía.

No era de mi interés; lo mismo sucedió con el Buscón de Quevedo, El Carnero de Rodríguez Freyle; años después en mi vida universitaria, siendo un  adulto, me volvió a pasar con otras obras, entre ellas, recuerdo Crimen y Castigo de Dostoyevski; a pesar de que leer era una de mis actividades comunes, me sentía algo frustrado por el hecho de sentir tanta apatía y poco entendimiento de las obras en comento.

Años después, leyendo una entrevista que le hiciera un reconocido diario nacional, al escritor colombo-italiano, Efraim Medina Reyes (sí, Efraim con M), pude encontrar parte de la respuesta a mi inquietud, ya que en dicha entrevista, Medina argumentaba que, si bien existen obras que son arquetipos de la literatura mundial y de una importancia ilimitada para este arte; antes de esto hay que pensar en el público a quien se le ofrece y la forma de esta, la literatura debe ser como la gripa “uno no puede trasmitir su contagio si antes uno no lo está”; delegar una tarea de lectura a un infante que apenas podía reconocer ciertas silabas y con actitud coercitiva, sin motivación previa, resulta más perjudicial que el mismo analfabetismo.

De hecho eso marcó negativamente mi voluntad hacia la lectura clásica. La motivación y la evolución a nuevas obras que vayan a la vanguardia mundial, son una de las piezas para superar esta problemática.

En otro apartado, tomando como referencia al escritor Mario Mendoza, quien define este tipo de personas, como “analfabetos funcionales”, los cuales sabemos leer y escribir, pero no lo hacemos correctamente, ni tampoco en forma constante. Las estadísticas dicen que la tasa per cápita en lectura de libros en Colombia ronda 1.6 por año; algo verdaderamente preocupante.

Mendoza tiene varias teorías sobre esta situación, que pueden resultar polémicas, pero entre ellas está el hecho de que se ha generado una cultura de mercantilización de la literatura y que cada vez por políticas (no sé de qué tipo) y a pesar de la tecnología, se tiende más a alejar la lectura, en términos económicos y utilitarios (un buen libro es más caro que una hamburguesa).

Todo este conflicto de habilidades de lectura, repercuten diariamente en el trasegar docente; que hasta se convierten en hechos de desconfianza, muchas veces cuando se envía información, sea por medio electrónico o físico; casi siempre hay alguien que pregunta por lo que está escrito y fácilmente entendible; a pesar de estar en el documento de forma clara (una fecha, un correo, un tema, etc.).

Todo lo anterior, sin contar con el hecho de que muchas veces, lo poco que leen nuestros jóvenes – de escasos recursos-, son los pseudo periódicos que abundan en el país, que yo los defino como “pasquines trágico-cómicos”, que bajo la idea de que lo escriben en una prosa “urbana o popular”, y con el eufemismo de que informan como si contaran una historia de barrio, no hacen más que generar malos hábitos de lectura con una pobreza literaria liliputiense.

El reto que enfrentamos hacia la lectura es gigantesco, en donde todos los actores debemos ser partes motivadoras en la creación de conductas que creen en nosotros y nuestros estudiantes la cultura y el amor a esta actividad, vital para el desarrollo personal, profesional y social de cada individuo. Por: JORGE HERNÁNDEZ BENÍTEZ

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