El ABORTO, un estigma a la mujer

El aborto se configura como una práctica que no solo posiciona a la mujer dentro de espacios de criminalización y estigmatización constante dentro de la esfera institucional y no institucional, sino que también, ha resignificado la comprensión del cuerpo como territorio de derechos y ha reinterpretado a los cuerpos como un espacio político de reivindicación.

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De este modo, el aborto no solo se comprenderá desde las repercusiones negativas hacia las mujeres que lo practican, ya sea desde lo psicológico, físico y social, sino desde una mirada que legitima dicha práctica como una acción que debe ser nombrada desde el uso de la narración pública y como un hecho que, lejos de enmarcarse desde una acción violenta, se configura como una práctica simbólica de resistencia.

El aborto trae consigo multiplicidad de consecuencias en los diferentes campos de poder tanto públicos como individuales, uno de ellos es el silencio social ante las afectaciones físicas, psicológicas, familiares o filosóficas.

Se ha silenciado el aborto como un tema que se escapa a la narración y al discurso institucional, se ha posicionado desde una esfera de la salud reproductiva, mas no se ha adentrado en el proceso postaborto y lo que esto ha implicado a las mujeres.

De esta forma, este silencio social se impone de forma contextual, dando forma a elementos y hechos sociales que ante los poderes hegemónicos no se quiere sean visibles o materia de discusión.

El silencio social impide la narración pública dando lugar a la aparente no existencia del hecho, en el caso del aborto, pareciera que se salvaguarda la libertad y derechos reproductivos, pero por otro lado, no se reconocen los efectos adversos en los cuerpos de las mujeres.

Ante estas dinámicas, las mujeres que interrumpen su embarazo deciden callar, llevar de manera cautelosa e individual el tema, hasta que en un punto, se banaliza.

Según Ortega & et al, (2016) se ha relativizado en ocasiones al aborto, restándole importancia u ocultando la realidad de las implicaciones físicas, muchas veces, por suponer el “qué dirán”.

Por tanto, al hablar del aborto públicamente pareciera que se nombra lo innombrable, lo no deseado, una realidad oculta que se convierte en tabú porque irrumpe las normas sociales, aunque exista el derecho para ejércelo.

Por tal razon, “Insistir en negar la realidad que representa el aborto en algunas mujeres solo sirve para abandonarla, aislarlas de otros grupos de mujeres que manifiestan dificultades semejantes, impedirles que exterioricen sus sentimientos, y en definitiva impedir que puedan recibir la ayuda necesaria.” (Ortega & et al, 2016).

Por tanto, el negacionismo social alrededor de las implicaciones del aborto se relaciona con un castigo que reciben las mujeres al interrumpir el embarazo, se les conduce al silencio y a una trivialización del hecho.

Se ha concebido estructural e históricamente a las mujeres, cuerpos femeninos y feminizados desde una posición asimétrica del poder, desde la sumisión y el sujeto dominado, si bien en la contemporaneidad se hallan cambios en torno a esto, el campo simbólico, sociopolítico y cultural aún tienen implicaciones diferenciadas hacia las mujeres, siendo ellas un objeto diversas violencias contra su cuerpo, su existencia y su rol ante su entorno.

En los debates alrededor del aborto se puede materializar cómo los cuerpos femeninos y feminizados han sido disciplinados y violentados desde lógicas del biopoder patriarcal, en donde se ha estigmatizado y penalizado el derecho a decidir sobre la elección del maternar.

Para Moctezuma, 2021, el biopoder patriarcal recae en las dinámicas del género femenino, sobre el cuerpo sexualidad de la mujer, en donde se controla, vigila y castiga la sexualidad femenina cuando esta no es instrumentalizada o utilizada con fines de reproducción.

Este biopoder es ejercido y administrado principalmente por el Estado y la iglesia, quienes han impedido o limitado la legalización del aborto.

La penalización de esto, se ve atravesada no solo por la moral social y religiosa, sino también por la clase social, dando visibilidad al aspecto intersectorial del aborto y sus implicaciones en los cuerpos de las mujeres.

Es así como, el aborto clandestino se ha silenciado, se han habituado las condiciones para que este suceso ocurra bajo el ocultamiento y complicidad, posicionando a la mujer ante evidentes vulnerabilidades y riesgos, en donde el proceso deberá llevarlo en muchos casos de manera aislada y solitaria.

Por ende, la libertad sexual femenina ha sido controlada, disciplinada y castigada punitivamente, se ha asignado una responsabilidad mayor y casi única a las mujeres que abortan y no desean ejercer una maternidad consensuada y libre.

Dando paso a la criminalización constante de esta práctica, en donde se materializa la idea en que “la maternidad es la función obligatoria de las mujeres; idea que continúa permeando no solo la cultura, sino todas las instituciones del Estado y que representa una violación a los derechos humanos”. (Moctezuma, 2021, pág. 8)

El aborto según la experiencia de Moctezuma, 2021, ha conllevado a la “habitualidad”, a que las mujeres intenten llevar su vida con “normalidad”, forzando actividades rutinarias.

Sin embargo, dichas prácticas han conllevado a la reflexión de las mujeres, de su posición social y económica ante sus comunidades y lugares de existencia social y simbólica.

Por tanto, el aborto puede ser concebido como instancia que empodera, en donde se concede a las mujeres la posibilidad de decidir sobre su cuerpo, hablar de autonomía y reflexionar sobre su posición respecto a la relación con los hombres y la estructura patriarcal que las rodea.

Para el movimiento Católicas por el derecho a decidir, el aborto puede ser resignificado haciendo uso político y discurso de la maternidad desde la elección y la opción de decidir.

Se plantea entonces una resignificación simbólica de la mujer, en donde no se le condiciona por la maternidad, ya que desde la concepción tradicional y fundamentalista de la iglesia católica se legitima el maternal desde lo supremo y sagrado, ya sea voluntario o forzado el ser dadora de vida no tiene campo al debate.

De este modo, el rol de la mujer se ha concebido desde el dolor y sufrimiento, y desde la concepción de ellas desde el pecado innato. El movimiento católicas por el derecho a decidir replantea esto desde una mirada del amor, la responsabilidad y la dignidad humana. (Gudiño, 2012)

Por: JAIRO ALVAREZ ALVAREZ. ABOGADO – DEFENSA DE LOS DERECHOS HUMANOS Y EL DIH

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