El delito, el vergonzoso líder

No es nada alentador tener que escribir sobre esto y, después de mucho pensar, decidir que este es el título correcto para mi columna, pero considero que se ajusta a la realidad. Recuerdo que en la escuela, cuando cursaba primaria, teníamos la costumbre de evocar la libertad del pueblo colombiano cuando logró quitarse el yugo de los españoles. De cierta manera, esos actos lograban hacernos sentir que desde ese entonces éramos capaces de ser independientes en muchas cosas, pero la realidad es otra. Hoy la opresión es mucho peor que la que en ese entonces nos aterrorizaba; el delito se ha mostrado en todas sus formas. El avance del delito es a pasos de gigante; ha llegado más lejos, ha conquistado mucho más terreno, ha logrado más espacios que el cumplimiento de la ley en todas sus maneras, más que el acatamiento a las normas de ética y valores.

El delito pareciera ser una insignia del colombiano, una marca, un distintivo que lo ha identificado desde hace varias décadas; y como hierro candente tatúa hasta a quienes nada tienen que ver. Las normas, las leyes, los modelos anti delitos que el Estado ha creído conveniente para desterrar esta pesadilla tan agónica, han resultado incapaces de hacer lo que tanto anhelamos: vivir en una sociedad transparente y correcta. Las cárceles no alcanzan para tanta gente, los prontuarios desbordan los anaqueles de los juzgados, los magistrados y jueces nunca pueden ponerse al día porque están hasta el cuello de tanto expediente.

Ante todo este panorama, la capacidad de respuesta del Estado para prevenir, combatir y castigar este flagelo, es totalmente paupérrima. Se ha invertido una cantidad de dinero exorbitante en políticas y modelos de prevención, los cuales han sido en vano, ya que esos procesos también están viciados y así se configuraría en un delito, es como decir “diablo no saca diablo”. Cuando me refiero que el delito está presente en todas sus modalidades, lo hago porque a diario vemos crímenes, robos, atracos, homicidios, el soborno, el cohecho, en fin, toda la gama de delitos que usted quiera.

Pareciese que con todo este repertorio delictivo, en Colombia nunca dejaremos de delinquir. Pareciese ser la desgracia de nuestro destino, en un país hermoso que, a pesar de todo, crece y avanza. Parece increíble en muchos aspectos: en su economía, en sus políticas de educación, que al final no logran su efecto; en la búsqueda obstinada de una paz que parece que llega y no llega, y que casi siempre se maneja con el egoísta criterio de una política obtusa, pasional y fanática, nunca con la debida lógica de instalar esa paz como columna vertebral de todo un futuro promisorio.

El índice del porcentaje de delitos debe comenzar a disminuir en casa, en la cuna de los valores y, posterior a ello, estos deben ser reforzados en la escuela, para que esta entregue verdaderos hombres, capaces de formar una gran sociedad.

Javier Araújo Morelos.

Compartir en

Únete a nuestro grupo de Whats App