El derecho de los enfermos a quejarse

Por: Ramiro Guzmán Arteaga

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Escribo esta nota después de someterla a un proceso de desinfección de apasionamientos, porque hay testimonios de vida que a diario se repiten en la atención a los usuarios de la salud pública, y que requieren ser atendidas por el gobierno y por Tribunales de ética médica.

El caso es que he elevado una queja formal a la Nueva EPS de Montería (Córdoba), porque he asistido tres veces al médico para que me atiendan un fuerte dolor en el hombro izquierdo y aún no se me ha podido diagnosticar. En todo caso, pienso que hay una responsabilidad compartida entre la Nueva EPS, y el doctor Reinaldo Montalvo Vergara, médico especialista en ortopedia y traumatología.

Resulta que, inicialmente, al médico Reinaldo Montalvo no le hicieron llegar la imagen física de una ecografía que había sido autorizado por el médico general. En una segunda ocasión, después de una queja y un derecho de petición, la Nueva EPS solicitó a la Clínica Universitaria de Montería que me hicieran la ecografía y me entregaran la imagen, pues en la IPS, de Medicina Integral, al parecer no tenía papel para impresión de imagen.

Sin embargo, en esta segunda ocasión, el médico Reinaldo Montalvo tampoco me pudo atender porque, en el proceso de trámites y autorizaciones entre las dos entidades, no me habían tomado una radiografía, como en esta ocasión el médico lo había solicitado, sino que me repitieron la ecografía, esta vez, con informe e imagen impresa.

El día de la segunda cita le solicité al doctor Reinaldo Montalvo una explicación de por qué no me podía atender siendo que había llevado la imagen de la ecografía. Me precisó que tampoco le servía porque él había autorizado una radiografía y no una ecografía.  Le respondí que yo de eso no sabía porque “no entiendo el lenguaje de la medicina”, y que esa imagen era la que me habían entregado. Lo noté ofuscado. Le insistí en que me atendiera porque era la tercera vez, incluida la cita con medicina general, que acudía y aún no me habían diagnosticado y el dolor continuaba. La respuesta del médico fue categórica: “¡esta no es una oficina de quejas! ¡Yo soy médico! ¡Vaya a quejarse a otra parte!”.  Repliqué, que al menos, me escuchara porque yo era su paciente. Y a partir de allí el doctor se salió de control. Se levantó de la silla, abandonó su escritorio, avanzó hacia mí con los ojos inyectados de ira y, en tono agresivo, impetuoso y amenazante, me ordenó que saliera de su consultorio. ¡Esta es mi oficina marica!, salga de aquí! Lo que siguió fue el caos. Desde luego le grité, a manera de réplica: “¡te equivocas, nojoda! ¡Me haces el favor y me respetas! ¡Yo no soy ningún marica! ¡Y más marica eres tú! Y me negué a salir de su consultorio hasta no ser escuchado por alguien. Llegaron los auxiliares. Me solicitaron, inicialmente en tono autoritario, que abandonara el consultorio. ¡Necesito que alguien me escuche! El doctor seguía gritando y, sintiéndose apoyado por los auxiliares, gritaba que no me asignaran más citas con él. Me seguí negando a salir. Necesitaba que alguien me diera una explicación. El médico se me acercó aún más. Levantó el puño. Me di cuenta que media tal vez dos metros. ¡Cuidado me toca doctor! ¡Cuidado me toca! Le advertía, en medio de una sensación de miedo, pero de justas razones. En espera del puñetazo traté de levantar el brazo para protegerme, pero el dolor del hombro me lo impedía. Me sentí indefenso.

Llegó un funcionario y en tono, esta vez educado, me dijo que él me podía escuchar, que lo acompañara a su oficina. Accedí. Me presentó excusa por lo sucedido, y me recomendó dirigir mi queja a Atención al Usuario. Le respondí que ya lo había hecho y que por eso estaba allí. Le explique que al médico no le habían enviado, conmigo, la imagen de la Radiografía, si no una ecografía. Le reiteré lo mismo que al doctor: “Yo no manejo el lenguaje médico, eso me entregaron y eso le traje”, además, el estudio debió hacérselo llegar por correo electrónico.

Luego, sin tanto tramite me entregaron una nueva orden para una radiografía, una nueva cita, con otro médico. Con la cita, que volví a pagar, me entregaron la Historia Clínica. Luego me di cuenta que la Historia Clínica tenía inconsistencias: Peso 55 Kg, yo peso 68 Kg; además, el doctor nunca me pesó; talla 1,62 mts, en realidad mido 1.70, tampoco me había medido. Ahora he vuelto a elevar un nuevo derecho de petición de queja.

A manera de epílogo debo decir que en medio del “rifi rafe” que protagonizamos, porque es imposible no responder a los insultos y agravios, el médico Reinaldo Montes Vergara, solicitó, a voz en cuello, que no me dieran cita con él. Ahora, en lo que a mí toca, tampoco me aventuraría a una cita con el doctor Montes Vergara, pues, ante una posible cirugía personal y exclusiva con él, me sentiría en estado de total indefensión. Y no quiero correr ese riesgo.

(*) Comunicador Social Periodista y docente Universitario.

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