El feminicidio debe parar

El feminicidio debe parar. Primera entrega. Por: Amnerys Marieta Pérez Coronado. Comunicadora Social-Periodista.

Advertisements

Eran las 4 de la tarde y como de costumbre Rosa María (nombre ficticio de la protagonista para resguardar su identidad) iba a hacer el aseo del frente de su negocio, cuando de pronto alguien interrumpe su actividad.

Era un sujeto con tapabocas, casco negro, gafas oscuras, blue jean, camiseta de mangas cortas y otras prendas adicionales que sirven para proteger los brazos del sol. Ella intuyó que el cliente podría ser un mototaxista. No vio nada raro en ello y se devolvió del corredor para atenderlo dentro del local.

El hombre quería saber el precio de unas pastillas para tener relaciones sexuales y además insistió en que si eran efectivas para lograr la erección.  Ella lejos de ver malicia en esas preguntas admitió que eran buenas para lo que él buscaba y le dijo que costaban 5 mil pesos.

Las metió en una bolsa y se las entregó. Él le pagó con un billete de 20 mil pesos y ella se dio la vuelta para buscar las vueltas en la caja registradora, cuando de pronto sintió un revólver en su espalda. Se le congeló el tiempo, se llenó de mucho miedo y la invadió el frío por el ataque inesperado a su tranquilidad.

Estaba siendo víctima de un atraco pensó, así que no mostró mucha resistencia porque pasaría rápido si entregaba lo que él pedía. Eso pasaba por su mente. Otra realidad la esperaba.

El intruso le advirtió que no gritara porque la mataría y la afanó para que le entregara rápidamente los accesorios de oro que ella traía puestos. Ella estaba tan nerviosa que la cadena que colgaba de su cuello la partió en dos porque no encontraba el broche para quitársela.

El insistía en que le diera un anillo que ella tenía, pero ese día no lo traía puesto porque lo dejó olvidado en la mesa de noche. Varias preguntas inundaron la mente de Rosa ¿por qué sabía él del anillo? ¿La tenía vigilada? ¿La había analizado días atrás? Ella cree aún que sí.

Cumplió a cabalidad lo exigido por el sujeto sin saber que el calvario apenas estaba por comenzar. Jamás cruzó por su mente que iba a ser sometida a un abuso sexual y cuando pensó que el ladrón había cumplido su cometido de llevarse el dinero y las joyas, empezó el más duro de los sufrimientos que ella ha vivido y que no desea que enfrente ninguna mujer.

El hombre aprovechó la soledad que reinaba en el barrio, le puso seguro a la puerta del negocio y la obligó a desnudarse al tiempo que la manoseaba mientras ella lloraba en silencio preguntándose porqué estaba siendo violentada.

Rogó a Dios que la perdonara si ella había hecho cosas que lo habían ofendido.  En ese instante creía que era un castigo por algo que había hecho y que no podía comprender el momento que estaba viviendo. El pánico la paralizó y cumplió con todas las exigencias del violador.

El jamás se quitó el casco ni las gafas ni el tapabocas, pero por su contextura y manos gruesas ella supone que se trataba de un hombre adulto cercano a los 40 años de edad. Recuerda que era de mediana estatura y de piel morena.

No se defendió porque él le repetía una y otra vez que si gritaba o hacía algo la mataría al tiempo que le ponía el revólver, esta vez en su cabeza. No se atrevió ni siquiera a forcejear con él por temor a que una bala se disparara y la dejara sin vida.

No sabe cuanto duró el sometimiento del canalla que pisoteó hasta lo más profundo de su dignidad como mujer. Ahí en ese local de una zona residencial de Montería, quedó en total silencio el avasallamiento, el ultraje, el ataque del extraño, mientras ella lloraba intensamente deseando que todo terminara pronto.

Él le decía que afuera del local estaba su compañero de la moto y que ya sabían donde vivía ella y que le harían daño si se atrevía siquiera a gritar. Más se asustó Rosa María. Definitivamente el hombre ya la había visto antes.

La oportunidad hace al ladrón dice un adagio popular y pareció cumplirse esa tarde del 8 de marzo, fecha en que se conmemoraba el Día Internacional de la Mujer. Hacía unas horas Rosa había llamado a su esposo para decirle que no iba a preparar almuerzo porque quería que la invitara a su restaurante predilecto en un centro comercial de la ciudad.

El dijo que sí y pactaron encontrarse al mediodía, pero ella recordó entonces que debía recibir a finales de la tarde un pedido urgente de los productos que expendía y llamó a su esposo para encontrarse más tarde y cenar juntos. A él también se le presentó un inconveniente en su trabajo y no pudo pasar por ella.

Ella empezó entonces a arreglar los productos de la estantería y bajó la persiana que da a la calle, la cual ella siempre mantenía abierta. Aún no entiende por qué lo hizo y eso le hizo sentirse culpable por muchos meses. El intruso tenía todas las ventajas a favor porque las circunstancias le permitieron acecharla y atacarla sin reparo alguno.

Resiliencia para continuar

Rosa, quien accedió a contarme su historia, nueve meses después de la atrocidad vivida, narró entre lágrimas cada minuto su pesadilla. La escuché atenta al tiempo que ella derramaba muchas lágrimas por lo sucedido.

No pude evitar que su relato me conmoviera y no quería hacerla sentir mal en ningún momento. El objetivo de su testimonio es dejar entre las mujeres que han sido violentadas: físicamente, verbalmente, emocionalmente y económicamente, un aliento de esperanza para sobrellevar la vida.

Que su resiliencia sea ejemplo para otras mujeres valientes, guerreras, ejemplares y edificadas que han logrado vencer el terror de la violencia por el hecho de ser mujer. Es una invitación para que las mujeres no se queden calladas y que sus historias permitan la no repetición de estos casos.

La protagonista de esta historia quien es muy joven, atractiva y dueña de un excelente carisma y un cálido don de servicio, no recuerda cuanto tiempo duró la tortura sexual. Se acordó en ese instante lo que vio en algunas películas y es que cuando la gente está a punto de morir ve pasar su vida en cortos episodios.

“Yo sentía que moría mi alma, mi ser, mi esencia. Vi pasar mi vida de niña, me vi embarazada, vi a mi hija, a mi esposo y a todos mis seres queridos. Supliqué a Dios para que me permitiera vivir para volver a disfrutar de mi familia y sobre todo de mi pequeña.

Yo no tuve fuerzas para defenderme, estaba paralizada y solamente quería que todo terminara. Nadie se imagina como es ser violentada. El tiempo se me hizo eterno y quería que todo acabara pronto”, precisó.

Una vez el hombre culminó el acto violento se marchó del lugar como si nada hubiera ocurrido y ella quedó ahí parada sin entender el porqué de ese maltrato físico y emocional del que había sido víctima. Se sentía sucia.

Se vistió rápidamente. No tuvo fuerzas para salir y gritar para pedir auxilio. Ahí en el suelo quedó la evidencia de lo sufrido en el más sepulcral de los silencios y sin que sus vecinos más próximos, unos diez pasos cercanos, se dieran cuenta de lo sucedido.

Se encerró en su local y lloró hasta más no poder. Quería despertar de esa pesadilla. Cuando pudo asimilar un poco más lo vivido decidió ir a su casa a bañarse y quitarse con mucha agua y jabón la sensación de asco que había producido en ella el ultrajo de su cuerpo y de toda su intimidad.

Le provocó vomitar y gritar hasta quedar sin voz. Por su mente pasaron muchas cosas, todo le recordaba lo vivido.

Por la calle iba llorando tan fuerte causando sorpresa entre los transeúntes, quienes la miraban sin entender qué ocurría. Rosa llegó a casa y se dio cuenta que había dejado las llaves en el local por lo que le tocó devolverse y desde allí llamó a su esposo para decirle que la habían robado y ponerlo al tanto de la situación. También les contó a sus vecinos que la habían atracado. De la violación no dijo nada.

Inmediatamente su compañero de vida llegó al local, la encontró llorando y la abrazó queriendo tranquilizarla diciéndole que el dinero y las joyas podían recuperarse, pero ella sabía que había algo más que la estaba angustiando y estalló en una crisis de nervios mezclada con rabia e impotencia.

No le salían las palabras sino muchas lágrimas. El la consoló durante un rato hasta cuando ella más calmada le dijo: “lo del dinero y las joyas no me importan, eso es lo de menos. Ese tipo me violó”.

Su esposo quedó mudo y no daba crédito a lo que su esposa estaba revelándole. No podía creer que hubiese sido mancillada, no entendía el por qué y además en su propio negocio a plena luz del día en un sector comercial. Tuvo que respirar para calmarse y asimilar lo sucedido.

La Policía hizo su arribo al negocio de Rosa y le hizo las preguntas de rutina de estos casos. Ella fue llevada a medicina legal para ser sometida a las revisiones médicas y a los exámenes de rigor. Ahí le suministraron los medicamentos especializados y la dejaron en observación hasta el otro día cuando pudo quitarse el olor de su verdugo. “Aún tenía esa repugnante sensación y quería quitármela”, indicó.

A la mañana siguiente llegó a su casa y encontró a la entrada a un grupo de vecinos con globos blancos en señal de solidaridad. Ella se volvió a sentir mal, pero dio las gracias, entró a su casa y corrió directamente al baño.

Se duchó por muchas horas a la vez que lloraba desenfrenadamente. Le dolía el corazón, el alma y toda su piel. Tomó las medicinas recetadas y durmió toda la tarde y noche.

Al día siguiente visitó a una psicóloga, quien empezó con ella un tratamiento que le permitiera superar la atrocidad de la que fue víctima. Le contó todo lo ocurrido sin omitir detalles y fue encontrando alivio a su situación.

Siguió lo sugerido por la profesional y desde entonces dejó de echarse la culpa por no tener con cerrojo la puerta de su negocio, por ser rutinaria al abrir y cerrar el negocio lo que permitió la vigilancia de ese sujeto y por ser tan confiada.

Esas culpas las cargó muchos meses y religiosamente con la ayuda de la doctora, de su esposo y de personas más cercanas, está superando esa etapa de su vida tan dolorosa. Se ha entregado aún más a Dios porque sabe que él oyó su clamor y le ha dado paz para continuar con su vida normal.

Los días venideros llegaron con mucha angustia para ella. Hacía todos sus esfuerzos para seguir con sus compromisos laborales, pero la tristeza le traía los recuerdos de su traumática experiencia e incluso en una oportunidad tomó un cuchillo para quitarse la vida, pero reaccionó a tiempo y pidió perdón a Dios que ya le había dado otras razones para sobrellevar su existencia.

Del depredador sexual nunca se ha sabido nada y no existen pistas sobre su identificación y paradero, aunque la Policía le mostró a Rosa María muchas fotos de sujetos y de maleantes de la ciudad, ella está segura de que el atacante llegó con su hecho pensado y se cubrió intencionalmente para no dejar pistas.

Por lo que los expertos consideran e igual ella misma que ya la había visto muchas veces y conocía sus movimientos, lo que le facilitó su accionar. La tenía estudiada como un depredador acecha a su presa.

Actualmente Rosa María sigue atendiendo en su negocio tomando muchas precauciones y tratando de ser feliz para dejar atrás su pasado.  

“No se queden calladas”

A raíz de la conmemoración del Día Internacional de la Eliminación de Violencia contra la Mujer, el pasado 25 de noviembre, Rosa accedió a contar su historia para dejar un mensaje resiliente para todas las mujeres que alguna vez han sido maltratadas y para alertar a las que sufren en silencio otro tipo de violencia sicológica, emocional y económica por parte de sus parejas y de extraños.

“Invito a todas las mujeres que han sido maltratadas y a las que sufren en silencio a que no se queden calladas porque no pueden repetirse una y otra y otra vez los casos de violencia contra nosotras. Un grito, un golpe, un empujón es señal de violencia.

No permitan que las mancillen. Mi caso no puede ser vivido jamás por ninguna niña, joven o adulta. Aprendan a desconfiar. Necesitamos ser solidarias entre nosotras mismas. Ayudarnos en todos los momentos”, aseguró.

El caso de violencia sexual de Rosa es uno de los muchos que se registran en Colombia y en distintas partes del mundo y pudo terminar en tragedia porque fue sometida y amenazada con un arma y por eso ella siempre pensó en resguardar su vida. Afirma que tuvo presente en todo momento a su hija y el hecho de no volverla a ver le impidió defenderse

“Nadie sabe que se siente tener un arma en tu espalda y en tu cabeza y que tu cuerpo sea expuesto por un extraño para pisotear tu dignidad de mujer. Solo pensé en salvarme y por eso no permito que me juzguen por acceder a las exigencias del violador, ya que solo quien es víctima comprende lo que se siente cuando te vulneran como ser humano.

Tengo que continuar con mi vida y me concentro en mis propósitos. Estoy segura que he salido fortalecida porque Dios me mantiene esperanzada, mi hija es mi polo a tierra y deseo sacarla adelante, mi esposo es un apoyo inigualable y mi familia y amigos no me han dejado sola”, concluyó Rosa María.

Nuestra protagonista es una de las víctimas de los muchos casos que a diario se registran en todo el mundo de violencia contra la mujer por parte de extraños como ella lo vivió por el hecho de ser mujer, pero las estadísticas crecen también de ataques y asesinatos de mujeres a manos de sus parejas por factores como: celos, alcoholismo, drogadicción, intolerancia y machismo incrementado en una sociedad que aún ve a la mujer como propiedad del hombre y que según sus creencias deben cumplir en silencio las exigencias del mismo.

Rosa María es una sobreviviente resiliente pero muchas jóvenes no contaron con la misma suerte para contar sus experiencias.

El Gobierno Nacional ante la ola creciente de violencia contra la mujer dio vida a la llamada Ley Rosa Elvira Cely o Ley 1761 de 2015, en honor a una mujer de 35 años, víctima de uno de los casos más espeluznantes de abuso, tortura y empalamiento registrado en la ciudad de Bogotá, en mayo de 2012, cuando una madre cabeza de hogar y estudiante fue sometida por un compañero de clases a toda clase de vejámenes.

Jorge Velasco, el agresor, la ultrajó en el Parque Nacional de Bogotá por horas y creyó que la había asesinado y la dejó a la intemperie.

Ella alcanzó a llamar a urgencias y fue auxiliada pero debido a las infecciones y el traumatismo craneoencefálico, producto del ataque, murió a los pocos días desatando la indignación nacional e internacional ante lo aberrante de su suplicio.

Después de este hecho tan impactante, su hermana lucha por los derechos al respeto e integridad de las mujeres. Su atacante fue llevado a la cárcel y cumple una condena de 48 años.

Espere próximamente en la segunda entrega del informe. ¿Cómo nació la Ley de Feminicidios? ¿Para qué se creó la Comisión de Equidad para la Mujer? ¿Quiénes fueron las ponentes del proyecto que frenó la violencia contra la mujer?

Compartir en

Comments are closed.