El giro de 180 grados que necesita dar la educación

El mundo está cambiando más rápido que la capacidad del sistema educativo de adaptarse.

Las instituciones educativas, como escuelas y universidades, se enfrentan hoy a una transformación social y cultural que afecta a sus alumnos de manera directa y sustantiva.

Antes, la calidad de la educación dependía de la capacidad del sistema escolar para transmitir contenidos, en la mayoría de los casos ajenos a la vida o al contexto real de los estudiantes. Hoy, un buen proceso de enseñanza-aprendizaje es aquel capaz de desarrollar habilidades, conocimientos y valores que permitan al alumno una mejor interacción con su ambiente.

En otras palabras, necesitamos personas muy bien formadas, pero se necesitan mucho más sujetos integrales. Pero ¿qué hace que un individuo sea un ser integral, un buen ciudadano, con valores, participativo y propiciador de las transformaciones?

Sin lugar a duda, la respuesta radica en la educación que ha recibido. El sentido social de la educación es fundamental para construir la hoja de ruta de un Estado. Y, sin embargo, esta idea debe competir con las contradicciones de la realidad: por ejemplo, las personas mejor formadas no necesariamente son las que progresan; muchas personas en los lugares más altos de la sociedad no cuentan con capacidades o experiencia, pero sí con relaciones influyentes.

Para ofrecer una mirada introductoria a la complejidad en la educación me basaré en las ideas de Edgar Morin, fundador del pensamiento complejo y formulador de un paradigma integrador desde el cual se busca comprender la realidad física y social.

“Necesitamos personas muy bien formadas, pero se necesitan mucho más sujetos integrales”

Aspectos por mejorar

La diversidad es uno de los fenómenos más difíciles que debe enfrentar la educación de hoy en día.

El ser humano es un ente social de inmensa complejidad y formarlo es un asunto difícil que puede desbordar la universidad y la escuela misma. Dependiendo de sus condiciones intelectuales, sociales, económicas, culturales, inclusive étnicas, cada persona asume la educación de distintas formas y con distintas dimensiones.

Necesitamos personas muy bien formadas, pero se necesitan mucho más sujetos integrales. Por eso, los nuevos modelos educativos exigen respetar las individualidades. Pero las instituciones educativas apenas han comenzado a analizar estos problemas de una manera muy tímida. Y ni hablar de la lentitud del Gobierno, que no le ha dado a la educación un lugar estratégico en el plan de desarrollo, con unos recursos proporcionales a sus necesidades.

Según Morin, existen siete aspectos sobre los cuales debemos trabajar para tener personas mejor educadas.

El primero, la educación no son contenidos, es decir, los modelos pedagógicos obsoletos no responden a las condiciones humanas y menos a las individualidades de quienes asisten a las aulas. El individuo que ingresa a un proceso formativo consume contenidos, pero no transforma sus saberes.

Ese tipo de educación está legitimada por gobiernos que no ven la educación como un derecho fundamental, sino como una oportunidad de propaganda política que tolera o inclusive estimula las prácticas mediocres en la educación.

Segundo, el conocimiento integral. La sociedad, cada vez más competitiva, industrializada, sumida en la modernidad y movida por el afán de progreso, solo considera los conocimientos pertinentes y los estrictamente necesarios para solucionar problemas puntuales.

Lo anterior lleva a adquirir y usar conocimientos parciales y aislados que resuelvan particularidades de la sociedad. Se tiende a sacrificar la abstracción del conocimiento por su aplicación contextualizada, con esto se promueve la fragmentación y se desconocen la integralidad y la visión de conjunto.

“El ser humano es un ente social de inmensa complejidad y formarlo es un asunto difícil que puede desbordar la universidad y la escuela misma”.

La educación debe promover la integralidad articulada a través de un proceso de enseñanza-aprendizaje comprensivo u holístico. Por lo tanto, el conocimiento pertinente debe dirigirse a apreciar la universalidad y los contextos de sentido más amplios.

El tercer punto es el humano en su entorno: los procesos educativos deben enfocarse en la condición humana. Esta perspectiva propone una educación basada en enseñar sobre la posición del hombre en la naturaleza, en el cosmos, enlazando disciplinas de las ciencias naturales.

La educación moderna, en su modelo pedagógico, debe introducir la cosmología en los valores cotidianos y en el quehacer educacional. Claro está que eso contradice la especialización y el pragmatismo propios de la modernidad; por eso urge una lucha contra las ideas establecidas, lucha que –paradójicamente– no puede adelantarse sino a partir de las ideas.

Se suma la unidad en la diversidad. Hay que entender que el ser humano está en la Tierra y es parte de las realidades planetarias. Se busca una educación del mañana con una conciencia terrenal, aprovechando la globalización.

Según Morin, el individuo debe identificarse con la conciencia antropológica de la unidad en la diversidad, la conciencia ecológica de coexistir con otras especies, la conciencia cívica enmarcada en las responsabilidades y derechos de los habitantes de una nación global, la conciencia espiritual que viene del razonamiento interior.

También, se debe preparar para lo incierto pues los procesos de enseñanza-aprendizaje deben incluir las condiciones de incertidumbre que existen en todos los sistemas, los fenómenos o los comportamientos sociales. La educación debe preparar al ser humano para lo incierto, lo improbable, lo que se aleja del equilibrio, que es en realidad como funcionan las cosas.

Aprender desde la comprensión, o sea, enseñar desde la comprensión entre los individuos lleva a concebir el conocimiento como un asunto global, que siempre está mediado por factores como la ética, las costumbres, las inclinaciones políticas y religiosas. De ahí que es otro punto por destacar. Con la educación para la comprensión no se busca reducir al ser humano a unas cualidades que de por sí son múltiples y complejas.

Según Morin, a través de la comprensión, las culturas deben aprender unas de otras, reaprender constantemente desde lo construido sin vulnerar las libertades ni atentar contra las múltiples formas de pensamiento e ideologías. Transformar la mentalidad de los individuos para la comprensión es uno de los retos de la educación del mañana.Educar en la diversidad

La educación debe tener en cuenta la interacción entre el individuo, su sociedad y la especie humana. Morin denomina a esta una antropoética, cuyos objetivos son la humanización de la humanidad, la unidad planetaria en la diversidad, el respeto por la identidad de los demás, como la propia. Educar en la diversidad contribuye al bienestar social con individuos productivos y participativos.

Y, séptimo, transformar la educación. Cada uno de estos factores deja ver una visión de lo que le falta a la educación contemporánea para formar seres humanos conscientes del mundo en el que viven. Hoy no solo interactuamos con otros seres humanos y culturas, sino con ecosistemas y animales no humanos.

La educación ha sido el talón de Aquiles de nuestra sociedad
. Es necesario convocar a los educadores a que desplacen sus rutinarias formas de entender la enseñanza por esquemas de enseñanza-aprendizaje.

Transformar la educación lleva a los pueblos a superar las barreras y pasar de ser culturas aisladas y desvinculadas de las realidades a ser industrializadas o, más aún, naciones planetarias.

Tomado de: El Tiempo

ALEXÁNDER CORTÉS SOTO*
Docente de la Facultad de Ciencias Naturales y Matemáticas de la Universidad de Ibagué. Físico, con maestría en Ciencias Físicas y doctor en Ciencias Físicas de la Universidad del Valle.

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