El profesor Rey y su irrepetible Liceo Montería

Tenía apenas cinco años cuando me llevaron por primera vez al Liceo Montería. Sus instalaciones, ubicadas en el Barrio El Edén de esta ciudad, se encontraban divididas por la calle 33, quedando de un lado los salones que nos correspondían a los primíparos hasta tercero de primaria, y del otro lado los de los “los más grandes”, incluyendo los del bachillerato. Aunque se trataba de un colegio pequeño, a mi edad, al entrar, sentí el temor de lo desconocido, y de aquel a quien abandonan a su propia suerte, enfrentando por sus propios medios, problemas y pruebas que lo superan y lo abruman, que fue, básicamente, el mismo temor que muchos años después me embargó al entrar a la Universidad y, luego, al recibir mi título de Abogado.

Mi primera profesora fue Regina Figueroa de Rey, a quien recuerdo con mucho cariño como “La seño Regina”, quien era una mezcla de severidad y buen corazón, perfecta para emprender la educación de los primeros años de infancia, y también para “aconductar” a esa amalgama variopinta de personalidades y orígenes que nos reuníamos, cada mañana, en los frescos y abiertos salones del colegio.

El aula de clases que en primera instancia me correspondió, era un kiosco de palma sin ventanas, demarcado por una pared a media altura, perfectamente organizado con pupitres de colores, escenario de la enseñanza de las primeras letras y números, pero igualmente de peleas, accidentes, risas, amores y toda suerte de historias de vida.

Con el tiempo entendí la importancia de los profesores y los compañeros de clase con quienes compartí esos años, dentro de quienes se encontraban, en perfecto plano igualdad, tanto el hijo del Gobernador o del Alcalde de turno, así como también el hijo del albañil, el del plomero, y el del conductor de bus, lo cual finalmente nos sirvió a muchos para aprender a valorar a las personas en su exacta dimensión humana, y no por sus títulos o abolengos.

Sin embargo, es necesario aclarar que la figura principal del colegio era el siempre recordado Gabriel Rey Cárdenas, hombre de recia personalidad y de genio volado, pero igualmente caracterizado por una inquebrantable vocación de docente, que lo llevó a forjar en esa institución, a varias generaciones de cordobeses, quienes tenemos que agradecer el esmero, la dedicación, el compromiso y la disciplina que el profesor Rey supo imprimir a nuestro proceso educativo, y que luego nos serviría para afrontar los sinuosos caminos que la vida nos tenía preparados a cada uno.

Tengo que aceptar que ese maestro serio y de ceño fruncido que patrullaba diariamente los pasillos del colegio, provocaba un sentimiento que, muchos años después, en la Facultad de Derecho, aprendí que se denominaba “temor reverencial”, reservado para quienes se ganan con su conducta intachable, su preparación y su autoridad, la posibilidad de lograr la obediencia, el respeto y la sumisión de sus gobernados.    

Se trataba de un ser especial, que supongo vivió complacido de ejercer una profesión que disfrutaba y que era su verdadera vocación de vida. No me imagino al profesor Rey ejerciendo una actividad distinta a la docente.

Muy pronto mis padres dejaron de llevarme y traerme del colegio, siendo mi ruta escolar una caminata acompañada por la mayoría de mis vecinos de calle, en cuya compañía transitábamos unas diez cuadras aproximadamente, aliviadas por el rocío de la mañana en la ida, pero sofocadas por el calor del mediodía en el regreso, lo que de ninguna manera es un recuerdo desagradable, sino más bien un ejercicio de rememorar anécdotas y aventuras de todo tipo, que hoy nos llenan de nostalgia.

Uno de los episodios que más recuerdo, fruto de nuestra inquieta y exagerada imaginación infantil, sumada a la marcada idiosincrasia macondiana de los caribeños, fue la época en la que la ruta escolar se vio perturbada por la denominada “maldición de itoco”, basada en la fábula de que en una de las viviendas del barrio el Edén, a un compañero de clases se le habían muerto sus padres producto de un extraño conjuro, razón por la cual, al pasar por el frente de esa casa, teníamos que rezar un padre nuestro y un ave maría, a fin de evitar igual suerte en nuestro hogar.

Durante esas salidas del colegio también fueron comunes las citas en la arrocera, que consistían en pactar con un “a la salida nos vemos” la solución a trompadas de las habituales diferencias y conflictos propios de la juventud, que terminaban enfrentando a los involucrados en la mitad de un tinglado humano, formado por los enardecidos espectadores, quienes con gritos y arengas de todo tipo, en lugar de pacificar la situación se encargaban de avivar la trifulca. El final se enmarcaba, en la mayoría de las ocasiones, en una escena representada por un polvorín alimentado por el afrecho sobrante de la producción de arroz, y la multitud huyendo del ojo vigilante del vicerrector Cesar Bravo Caballero, quien alertado por uno que otro “comunicativo estudiante” salía presto a controlar el desorden.

Son muchas las cosas que hay por contar sobre ese bello pasado escolar, pero lo realmente importante es resaltar el talante y la talla de gran educador que el profesor Rey y su cuerpo docente tuvieron para desarrollar su labor, dentro de quienes tengo que mencionar, con el perdón de muchos a quienes injustamente dejo por fuera, a la profesora Martha Melo, extrañamente políglota en aquella época, al profesor Guzmán, matemático consumado de quinto de primaria, quien encontraba complemento perfecto en el profesor Almanza, al Profesor Pelayo, el hombre de las letras, al gran profesor Aparicio, promotor del sanitario hábito del uso del pañuelo y una autoridad en biología y conocimiento del cuerpo humano; y por último al profesor Oviedo, más conocido como “el chorolo”, un filósofo extraña mezcla caribe e indígena, caracterizado por un acento y entonación irrepetible en su pronunciación.

Ese espíritu liceísta que aún llevamos en nuestro interior, y que seguramente nos llenó de fortaleza y decisión en los momentos cruciales de nuestra vida, fue bellamente plasmado en las primeras frases del himno del colegio, que nunca he olvidado y que de vez en cuando entono como si todavía viviera en las décadas del 70 y del 80: “liceístas si somos promesa de la patria de Dios y del bien, de la gente que estudia y que piensa, liceístas seremos también”.

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