“Esto no es sostenible”, el relato de un padre desesperado en cuarentena

Maycol Rodríguez cuenta lo que es el colegio en casa con dos niños de 5 y 7 años. “El nivel de estrés es increíble y llegó un punto en que dije: ‘Si mis hijos se tiran el curso y el año entrante deben repetirlo, no me importa’ “.

“La primera semana fue complicada porque nadie estaba preparado para esto, ni nosotros ni el colegio. El primer escollo fue tecnológico, pues los profesores enviaban las actividades, pero los niños debían acceder a videos en YouTube con su cuenta de correo de Google y esa plataforma tiene restricciones para menores. Además de eso, tuvimos que seguir cumpliendo un horario normal en el trabajo desde la casa y no teníamos ayuda de la empleada doméstica. Se nos multiplicaron las tareas, pues además de trabajar y ayudar a los niños en el colegio, había que cocinar y limpiar.

“Casi se acaba el matrimonio porque el nivel de estrés era increíble y llegó un punto en que dije: ‘Si mis hijos se tiran el curso y el año entrante deben repetirlo, no me importa. No me voy a estresar mas‘. Es que ellos terminaban la jornada a las cuatro o cinco de la tarde y nosotros mientras tanto subiendo evidencias de sus tareas, coloreando una cosa, respondiendo en el trabajo hasta la medianoche y la comida se nos quemaba porque uno no podía con todo. En esa primera semana me tocó hacer un brazo y una mano robótica, tareas que son de verdad muy avanzadas para mí, mucho más para niños de transición. Entonces, al otro día nos levantábamos mal dormidos y de mal genio.

“Otro asunto: solo teníamos dos computadores, y eso no fue suficiente. Cada uno se dedicó a un hijo: mi esposa trabajaba con el niño y yo con la niña. Luego decidimos comprar un computador adicional para que todos pudieran trabajar tranquilos. Pero por fortuna los mandaron a vacaciones. Yo les compré un juego de Atari para que se distrajeran mientras nosotros trabajábamos, pero esa dicha duró poco porque al cuarto día ya estaban aburridos y querían otras cosas. Por fortuna, la casa es grande y tenemos un jardín donde pueden correr.



“Cuando regresaron al colegio las cosas mejoraron un poco. La empleada propuso que ella venía si la recogíamos y la llevábamos a diario. A la rutina diaria se sumó llevarla y traerla. La película del estudio se reactivó, pero de manera diferente porque el colegio contrató una plataforma educativa con la universidad de Luisiana que permite dividir la pantalla para que en un lado se vea al profesor y en el otro el chat y las actividades que hacen. Además, le bajaron a las tareas y el horario se mantuvo: entraban a las ocho y salían a las tres. Entonces eso ayudó a la disciplina y a tener un horario.

“Los niños ahora se levantan a las seis, se bañan, se visten, se desayunan, y en lugar de esperar la ruta se sientan frente a los computadores para iniciar la jornada. Antes era como un ensayo y los niños hacían tareas en pijama, y eso afectaba la rutina. Es más llevadero ahora. Sin embargo, nos toca ayudarlos en el colegio. Yo me quedo en el primer piso con la niña y me siento a trabajar, pero me toca estar pendiente porque a ella no la dejo usar audífonos para escuchar en lo que están. Tiene que ser un tema muy importante de la oficina para que yo me aleje de ella. Yo hice cursos de inglés y me defiendo, pero cuando veo a la niña perdida tengo que ver lo que traduce una palabra para ayudarla. Sumar y restar lo enseñan hoy de una forma mucho más enredada que como yo aprendí. A mí me toca aprender con ella. Mi esposa se va con el niño para arriba y tienen un tablero acrílico donde le enseña lo que el profesor está diciendo. No sé si somos chapados a la antigua, pero vemos que es mucho mejor que aprendan viendo al profesor que desde una pantalla.

“No hay fallas de internet, pero muchas clases son con videos y no se pueden ver, o que el profe perdió la conexión, o el bullicio. Me parece complicado que 17 niños hablen todos al tiempo, porque no cierran los micrófonos y, aunque ha ido mejorando, a veces uno oye a un niño que se le queda el micrófono abierto y el papá lo dice: ‘Le voy a dar un chancletazo‘. Yo, que a veces me siento muy estresado, en ese momento digo: ‘Ay, menos mal no soy el único. Todos estamos en la misma barca‘. Eso me sube la moral.

Tener la experiencia tan cercana de lo que significa enseñar me ha dado un parámetro para juzgar a los maestros. Creo que están muy mal pagos porque si a mí me pagaran lo que a ellos, no me aguantaría ni a mi propia hija, mucho menos a 20 niños. Ser maestro es muy valioso y duro. Es una deuda que tenemos con ellos. Por eso pienso que el colegio en casa es totalmente insostenible. Yo no le puedo decir a la empleada que me ayude con esto. No hay nadie que colabore y me cubra acá”.

Con información de: Semana.

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