La problemática del demos en la democracia: los subalternos y los estúpidos

Gustavo Garnica. Columnista de Río Noticias.

Siempre que busquemos los orígenes de la democracia nos tenemos que ubicar espaciotemporalmente en la Atenas de la antigüedad, en los siglos V y IV A.C. donde encontramos el gobierno del pueblo, en el que este – el demos – ejerce el poder – el Kratos – de gobernar, en forma directa en el ágora, entendida doblemente, como las plazas públicas de las ciudades-estados griegas y como las asambleas populares en las que se deliberaba y tomaban decisiones.

En el modelo democrático ateniense, los cargos públicos eran ejercidos por turnos a través de la figura del sorteo entre los individuos que fueran ciudadanos, lo que los hacia titulares de derechos políticos. No obstante, esa titularidad de derechos políticos de quienes ostentaran la condición de ciudadanos, estos contaban para la democracia en tanto miembros del demos y no como sujetos individualmente considerados.  

La modernidad produjo cambios. Con la consolidación del individualismo en las revoluciones liberales, el individuo singularmente considerado, y no necesariamente el pueblo,pasa a ser el actor central de la democracia moderna, que requiere de aquel, atributos como la autonomía y racionalidad. Ocasionando la ausencia de estos atributos, la configuración de dos de las problemáticas del demos en la democracia, sobre las cuales volveremos: el problema de los subalternos y el problema de los estúpidos.  

En contraste con la democracia de los antiguos atenienses, la democracia moderna es de carácter representativa, en parte por la imposibilidad de practicar una democracia directa o de la identidad, como la de las pequeñas ciudades-estado griegas; y, el acceso a los cargos públicos se da ahora, por vía de elección a través del sufragio universal, sin turno y sin sobra decirlo, sin la figura del sorteo.

Como antecedente en la modernidad, de las primeras discusiones – no exitosas –  sobre el sufragio universal, encontramos las que durante la Revolución Inglesa, por allá entre los años 1647 y 1649, protagonizaron los soldados del ejército de Cromwell – el verdugo de la monarquía inglesa – con los oficiales, sobre la “igualdad” de “todos los hombres adultos” – a ejercer ese derecho, bajo la consigna de que: “el hombre más pobre de Inglaterra no tiene la obligación de obedecer a un gobierno en el que no ha participado en su construcción”.  

No obstante, la discusión sobre el sufragio universal no fue pacífica en tanto los requisitos que el concepto de ciudadanía implicaba en la antigüedad, como presupuesto para el ejercicio de aquel, y aun hoy en menos medida; y por las cualidades de racionalidad y autonomía que el individuo en democracia debe ostentar. Montesquieu hablaba de la exclusión del derecho a elegir a sus representantes a quienes “se encuentren en tan bajo estado que se les considere carentes de voluntad propia”; y, Kant hablaría de restringirlo solo a quienes demuestren que son “dueños de sí mismos”, afirmaciones estas que deben ser entendidas en el contexto histórico, social y político en el que fueron expresadas.

Hoy en día son afirmaciones o postulados moral y jurídicamente cuestionables, pero que apuntan de cierta manera a la problemática del demos en la democracia. Ha sido el pueblo el que en Atenas condenó a Sócrates, prefiriendo a los políticos-demagogos; o el que estrenando sufragio universal masculino directo en la primavera de 1848 en Francia escogiera para la Asamblea nacional constituyente las fuerzas conservadoras contrarias a los postulados liberales de la revolución francesa, y que luego también eligiera a Luis Napoleón – sobrino de Napoleón Bonaparte -, el 10 de diciembre, quien posteriormente reinstauraría la monarquía, asumiendo el Nombre de Napoleón III; o el que, a través de la democracia plebiscitaria de las mayorías, escogió y apoyó a quienes propiciaron en el siglo pasado el suicidio de la democracia en Europa.

Las democracias se han “desarrollado” con sus actores, el individuo y el pueblo sumidos en la desigualdad social, económica, moral, cultural e intelectual como fenómenos de la modernidad, asociados a la división del trabajo entre quienes usan la fuerza y quienes usan el pensamiento; y, agudizada por la realidad capitalista de la globalización que ha generado tanta acumulación como contrastadamente pobreza.

De entrada, con la división del trabajo entre quienes trabajan con la fuerza y quienes lo hacen con el pensamiento, se excluyó de la democracia a los primeros, quienes a fuerza de utilizar la fuerza descuidan en muchos casos el uso del pensamiento, o simplemente no tienen el tiempo o la disposición para ocuparse de temas sociales, interesándose solo en las condiciones de su  individualidad. Al venir acompañada esa división del trabajo también de división en cuanto a los salarios, siendo absolutamente precarios para los primeros, se ven obligados a compensar eso bajos ingresos con más trabajo que implica utilizar más fuerza y mayor tiempo, y correlativamente menor fuerza y tiempo para ocuparse de los problemas de su entorno, se su sociedad, de la política y del gobierno.

Con la revolución industrial esto no cambia, solo se transforma. Quienes conservaron los empleos utilizan el mismo tiempo, y a pesar de demandar menos fuerza en razón a que las nuevas tecnologías y las maquinarias que se insertan al proceso productivo reemplazan parte de la energía física humana que antes se requería, los sume en actividades repetitivas y mecánicas que tampoco incentivan y dejan espacio para el uso de su pensamiento.

Quienes perdieron sus empleos por la industrialización pasan a la indigencia, a estar por debajo de los niveles de pobreza y es a quienes Hegel denominó como “plebe”, refiriéndose a ellos no solo por su condición material, sino también indica ese autor, por la imposibilidad de sentirse ellos mismos, miembros de la sociedad civil, pero que también incluye a aquellos, que habiendo conservado sus trabajos reciben salarios que igualmente los ubica en situación de infrapobreza.

Es en este sentido en que vamos comprendiendo que el problema democrático no es solo un tema de participación, de forma, de elección, sino que está íntimamente relacionado con la pobreza, la miseria, la desigualdad, el analfabetismo, la ignorancia y la falta de educación.

Esa plebe, a través de la instrucción, las asociaciones sindicales y políticas de trabajadores, la prensa popular leída en las tabernas y cafés, contribuyó a la formación cultural y política de los trabajadores que como expresión del pueblo se organizó como clase obrera y popular, revalorizándose el término “proletariado”, como aquella plebe que había asumido una dignidad y una conciencia como sujeto y como colectivo político unido por unos mismos intereses, es decir, transformándose de una “clase en sí” en “clase para sí”. Sin duda fue un avance, pero no la solución a la problemática del demos, pues subsistían porciones poblacionales marginadas, en estado miseria, excluidos y sin intereses más que su subsistencia, a quienes Marx y Engels diferencian del proletariado al denominarlos con el nombre de lumpenproletariado.

Toda esta historia para llegar a dos categorías que constituyen dos verdaderos problemas – que no únicos – del pueblo en la modernidad: el de los subalternos y el de los estúpidos.

La primera categoría no está relacionada con la terminología del derecho laboral, con la que habitualmente se designa a quien trabaja a órdenes de otra persona; y la segunda, no guarda hace referencia a la condición de déficit cognitivo o afectación del intelecto.

Los subalternos son esos individuos oprimidos y marginalizados, pero sobre todo resignados; y por lo tanto ajenos y desinteresados de cualquier realidad social, al punto en que algunos autores hablan de un sometimiento psicológico que los imposibilita para siquiera pensar en un cambio de su situación.

Constituyen una problemática para del demos en la democracia, en cuanto a que siendo marginados no hacen nada por revertir su situación y no les interesa hacerlo. Su participación en la sociedad se limita a ejercer el voto, contradictoriamente, en favor de quienes han sido sus opresores, porque conciben la opresión como consustancial a su existencia, y se sienten seducidos a apoyar aquellos que a su parecer tienen el derecho a gobernar y dirigir.

No conciben, al contrario, que un semejante tenga ese derecho – de gobernar y dirigir -, porque siendo su semejante, es igual a ellos, y por lo tanto lo consideran incapaz de poseer las virtudes que ellos mismos están convencidos de no tener y que se requieren para el ejercicio de responsabilidades y poderes públicos.   

A los subalternos, a pesar de ser decisivos en el mantenimiento de los poderes hegemónicos, no se les puede hacer responsable por ello, pues en verdad, son sometidos y utilizados especialmente durante los eventos de la democracia formal, de manera cíclica. Y, como no hacen nada para dejar de ser subalternos, los poderes hegemónicos sin mucho esfuerzoatienden esa voluntad, o mejor, falta de ella, y el ciclo continúa.  

Otra es la historia de los estúpidos, ya que estos a diferencia de los subalternos, no se encuentran “en los márgenes de la historia”, pues no son individuos excluidos y marginados, su condición no está asociada al analfabetismo o degradación social, sino a la renuncia a pensar por sí mismos, ante la fascinación que les produce manifestaciones de poder político, económico y religioso.

Son sujetos hetero-dirigidos, que no carecen de los medios para juzgar y resistir a la propaganda – del tipo que sea -, como los subalternos, pero renuncian a hacerlo y se entregan, como lo hicieron los estúpidos en Alemania, en los años 1932 y 1933, cuando pudiendo no hacerlo, terminaron dando su voto a quien luego originaría uno de los episodios más horrorosos que la humanidad haya podido presenciar.

Estas categorías no son invención mía, son múltiples autores los que sobre esto han escrito y profundizado, como problemas de la democracia, pero que resultan ser radiográficas de nuestro demos, en el que abundan los subalternos por cuenta de quienes desde hace 210 años los necesitan para mantener este país en medio de la pobreza, exclusión, marginalidad y falta de educación como forma de asegurar a su vez, el mantenimiento del ciclo: hegemonía-democracia formal- subalternos.

Más cruda es la radiografía respecto de los estúpidos, quienes, si resultan ser los verdaderos responsables de la pobreza y desigualdad en que los poderes hegemónicos mantienen en nuestro caso a Colombia, porque el eclipse de la razón en la que se encuentran, de manera voluntaria, y sumados a los subalternos, constituyen en un ejército electoral cautivo del statu quo, del cual ellos mismos tampoco se benefician.

Sobre los estúpidos escribió D. Bonhoeffer:

“Para el bien, la estupidez es un enemigo más peligroso que la maldad, contra el mal es posible protestar, comprometerse, en caso de necesidad es posible oponerse con la fuerza (…). Pero contra la estupidez estamos indefensos. De aquí no es posible sacar nada, ni con protestas ni con la fuerza; las motivaciones no valen para nada. Los hechos que están en contradicción con los prejuicios personales simplemente no merecen crédito –en estos casos, el estúpido se vuelve incluso escéptico- y cuando es imposible negarse a ellos, pueden ser simplemente descartados como casos irrelevantes. De este modo, el estúpido, a diferencia del malvado, se siente completamente satisfecho consigo mismos; es más, se vuelve incluso peligroso, porque con facilidad pasa rabiosamente al ataque. Es necesario, por tanto, mantener la guardia más alta ante el estúpido que ante el malvado. No volveremos jamás a intentar persuadir con argumentos al estúpido: es algo sin sentido y peligroso”         

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