Memorias de Costa de Oro

El origen y la historia del barrio Costa de Oro de la ciudad de Montería está íntimamente ligado a la vida y obra de una familia de inmigrantes franceses, llegados a estas tierras a principios del siglo pasado, seguramente motivados, como muchos otros europeos que también vinieron en esa época, por los relatos y leyendas que daban cuenta de las riquezas naturales y del potencial de negocios que emanaban del Valle del Sinú. Uno de ellos fue Juan Dereix, hombre visionario y emprendedor, quien, según uno de mis vecinos de infancia, de gran imaginación, por no decir otra cosa, con motivo de un accidente del pasado tenía que usar una prótesis de caucho en una de sus piernas, a la cual, por cuenta de un inexplicable fenómeno biológico y del tiempo, ya le habían salido pelos.

Lo cierto es que Don Juan junto con su hermano Luis, cuya familia había estado al frente de la Compañía Francesa del Río Sinú, y del primer banco que funcionó en este lugar, era el dueño de una finca ubicada cerca del centro de Montería, muy sabiamente bautizada con el nombre de Costa de Oro, seguramente producto de un ejercicio de clarividencia y habilidad para predecir el futuro, con base en el cual supo adivinar que en ese territorio, muy prontamente, se conformaría uno de los tesoros de vida más especiales e irrepetibles del mundo.

La hacienda en mención, fue absorbida por el empuje y el crecimiento urbanístico de la pequeña ciudad de aquel entonces, convirtiéndose rápidamente en tierra habilitada para la construcción de vivienda, y es así como, a finales de la década del sesenta y principios de los setenta, comenzó el establecimiento de numerosas familias que construyeron en ese sector viviendas amplias y aireadas, sobre lotes de grandes dimensiones que a su vez permitían tener patios y jardines de enorme tamaño, que luego se convirtieron, por fuerza de la energía infantil, en estadios de fútbol, en diamantes de beisbol, en tinglados de boxeo, y en testigos de los más variados y divertidos juegos y travesuras de quienes allí crecimos.

Rememorar el Costa de Oro de los años setenta es un ejercicio mental que nos devuelve a convertir del “palo de Bolombolo” que aún se conserva en la casa de la familia Cervantes, en refugio y sala de reuniones, en la que un niño sentado en una de sus ramas le contaba a sus amigos, acomodados en similar lugar, el final del capítulo de las series de televisión El Llanero Solitario, Centella, Ultramán o la Familia Ingalls, o para escuchar una que otra historia de ficción, que los de mayor imaginación nos querían vender como ciertas.

Recuerdo las calles del barrio, obviamente sin pavimentar todavía, convertidas en caudalosas corrientes de agua en los inviernos inclementes del Sinú, tanto que para poder ser atravesadas por nuestros mayores, era necesaria la construcción de pequeños puentes de piedra y palos, para luego, y casi por arte de magia, verlas transformadas en polvorines desérticos en los diciembres y eneros de cada año, pero igualmente transmutadas en un festival de colores y de alegría, por cuenta de la llegada del verano y la consiguiente época del “barrilete” y las vacaciones escolares.

Se sabía con certeza que al acercarse la semana santa debíamos prepararnos para la temporada de “bolita de cristal”, en junio la del trompo, y así sucesivamente la del “yoyo”, carrito de balineras, futbolín de clavos en madera y una cantidad de fuentes de entretenimiento llenas de ingenio, que actualmente están vía de extinción.

En aquella época, eran más los lotes desocupados y sin construcciones que las casas ya habitadas, y la actual calle veintisiete terminaba abruptamente en una “puerta de golpe” que anunciaba el comienzo de lo que quedaba de la hacienda Costa de Oro, aún con su casa de mayordomo ubicada al frente de “Transportes Sinú”, y su correspondiente corral de ordeño y faena; razón por la cual tuvimos que acostumbrarnos a convivir con novillos, caballos, mariposas, grillos, luciérnagas, colibrís e iguanas, pero también y más a menudo de lo recomendable, con algunas culebras como la “mapaná” y la “candelilla” que eran objeto de persecución, gritos y cacería cuando alguien las descubría. 

Cada casa tenía como mascota uno o varios perros, cuyos nombres todos conocíamos (Bebé, Tilín, Kico, Joe, Lucas, Lindberg y otros más), sabíamos si mordía o no, su forma de ladrar, al igual que estábamos enterados de la marca del carro del vecino, su lugar de trabajo, los nombres de los abuelos de cada uno, el año escolar que cursábamos, los viajes que escasamente alguno de los afortunados padres podía haber hecho, y en fin, una infinidad de detalles que solo se comparten entre quienes conforman un único núcleo familiar, y bajo esa condición se convierten en punto de apoyo y solidaridad mutua.

Probablemente mis recuerdos se encuentren empañados por la misma razón con la que García Márquez en el “El Amor en los Tiempos del Cólera” explicó la sensación de nostalgia del Doctor Juvenal Urbino al evocar a Cartagena cuando estudiaba en Europa, recurriendo al truco de que “la memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y que gracias a ese artificio logramos sobrellevar el pasado”.

Sin embargo, pienso que, a pesar de los avances tecnológicos y del evidente aumento en los niveles de calidad de servicios públicos y demás prestaciones modernas como el internet, los centros comerciales y demás; comparados con las precarias condiciones de aquella época, a mí personalmente sí me gustaría tener una maquina del tiempo, o el “Delorean” de la película Volver al Futuro, y regresar a ese paraíso terrenal del barrio de mi infancia para darle un saludo a la versión setentera de mis vecinos y amigos, y quedarme conversando con algunos que ya no están y que tanta falta me hacen, disfrutando de la tranquilidad y el sosiego de ese mundo macondiano lleno de simpleza y de verdad, pero como dice el vallenato, tristemente toca aceptar con mucha nostalgia, la realidad inmodificable de que es “verdad que el tiempo que se va no regresa” y “solo queda el recuerdo de las cosas queridas”.

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