Quédese en casa y salve vidas: Los peligros de una cuarentena sin fin

El Covid-19 ha transformado drásticamente los comportamientos de muchos seres humanos alrededor del mundo. Esta no es la primera y, de seguro, no será la última enfermedad viral. No obstante, esta resulta paradigmática porque es la única que ha afectado a la humanidad en su conjunto y con esto se demuestra las ventajas y riesgos que conlleva el proceso de globalización. Para tratar de prevenir y conjurar los efectos devastadores que este nuevo coronavirus puede seguir ocasionando, la comunidad científica al unísono considera que el aislamiento social es el remedio más efectivo contra un virus que tiene una alta capacidad de contagio humano-humano. Es entonces cuando resurge un término que había caído en desuso y propio de un estadio presumiblemente ya superado por la civilización occidental: cuarentena.

La cuarentena transformó la concepción de varios derechos, entre ellos la libertad de locomoción, considerado un derecho humano fundamental por excelencia. Desembocando en una restricción a principios democráticos y abusos del poder estatal. Aquí propongo el escenario que Roberto Esposito nos presenta al plantearnos los riesgos del Estado inmunizado. Uno en el que el discurso médico-epidemiológico se impone por encima de los cimientos de la ciencia política y jurídica.  Esto puede verse reflejado en algunos países como en Filipinas donde el gobierno ordenó disparar a matar a quien desobedeciera el confinamiento, o en China, donde el etiquetamiento y control social se hizo totalizador en aras de preservar un bien superior como la salud pública. Debo entregar mis libertades ciudadanas,  para salvar mi vida y me obligo a quedarme en casa, parecía ser el nuevo mantra político hasta hace poco.

Colombia también vivió ese fenómeno a su manera. Una cuarentena obligatoria decretada desde el 26 de marzo de 2020, flexibilizada paulatinamente hasta el 30 de agosto marca un tiempo bizarro para los colombianos. Dicho periodo estuvo caracterizado por el clamor nacional para que “nos quedáramos en casa”. Y cualquier comportamiento contrario a esto resultaba en un linchamiento social virtual. Lo cierto es que durante estos cinco meses los crímenes contra defensores de derechos humanos, la aprobación de nuevas normas lesivas contra los ciudadanos fue el pan de cada día y con una cómoda complacencia, ya que estábamos aportando nuestro grano de arena al quedarnos en casa. Sin embargo, este modelo de confinamiento “que parecía sin fin”, no fue aplicado en todo el mundo y en el país si condujo a que el actuar de los violentos y los corruptos fuera más expedito.

Las nuevas protestas contra la brutalidad policial y las masacres marcan el despertar social después del letargo y pone en evidencia lo peligroso que resulta pasar a un Estado inmunizado sin contenido crítico. Y nos deja como enseñanza que un virus no puede poner de rodillas los valores del Estado de derecho, del cual en últimas somos todas y toda una pieza angular.

Por: Edwin Rubio Medina. Docente Universidad del Sinú. Candidato a doctor Derechos Humanos en sociedades contemporáneas. Universidad de Coímbra-Centro de Estudios Sociales Portugal.

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