Un poco de historia reflexiones a propósito del 20 de julio

Este documento, que comparto con ocasión de esta fecha, se compone de dos escritos que fueron publicados por separado, el año anterior, y luego de algunos ajustes se convierte en uno solo. Se trata de un recuento histórico, de algunos antecedentes del 20 de julio, los hechos que han convertido en celebre este día y, luego un poco de nuestra historia constitucional.

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Iniciamos entonces, con la llegada de los europeos a nuestro continente, lo cual sitúan históricamente en octubre de 1492, produciéndose, lo que desde el eurocentrismo han denominado “el descubrimiento de América”, que no fue tal, sino una conquista por la fuerza y con el crucifijo, en nombre de la civilización europea, a los que concibieron como los nuevos barbaros. Este proceso de “civilización” que concuerda con el renacimiento, significó, paradójicamente, el primer holocausto, propinado éste, a los pueblos precolombinos, a su cultura e instituciones. Contrariamente a lo que la historia ha mostrado, nuestros pueblos a la llegada de los “civilizados civilizadores”, también tenían civilizaciones, con instituciones dentro de las que podemos mencionar la propiedad colectiva de la tierra, división de labores, regímenes de tributos, creencias mágicas ancestrales, jefaturas, organización económica, división en tribus y confederaciones de tribus, el matrimonio, formas de sucesión, estratificación por actividades sociales y económicas, economía mercantil, etc.

La agenda civilizadora termina por imponerse y el proceso de colonización crea un nuevo orden social en América, en el que insertan las colonias a las monarquías reinantes en el viejo continente. En nuestro caso específico la de los Reyes Católicos que habían conquistado la península Ibérica, y que mantenían un modelo absolutista y opuesto a las ideas de la ilustración europea, los cuales sometieron a las colonias a diversos tipos o formas de gobierno, o mejor, de dominación: gobierno de Castilla de Oro, Audiencia del Nuevo Reino de Granada, Presidencia de la Nueva Granada y el Virreinato de Santa Fe o del Nuevo Reino de Granada. Esto significó, el saqueo de nuestros recursos naturales, la casi extinción de los pueblos precolombinos, la instauración de la esclavitud de los indios y luego de los negros traídos desde áfrica; y correlativamente el derroche de la monarquía ociosa española, de las riquezas de sus colonias, que alcanzó para inundar de oro y riquezas a toda Europa.

En nuestra América –no en Norteamérica-, surgió una nueva clase, una nueva elite criolla de españoles americanos, inconformes con el gobierno de las colonias. No lo estaban inicialmente, con el Rey, a quien le guardaban obediencia. Esto explica que no haya sido un criollo sino un negro –Benkos Bioho– traído Guinea Bissau en África Occidental, quien anticipadamente inició una rebelión que consiguió un acuerdo de paz con el entonces gobernador de Cartagena, Gerónimo de Suazo y Casasola en 1612, el cual fue violado por su sucesor en 1619, siendo finalmente asesinado y descuartizado Benkos Bioho en 1621, lo cual parece ser un desenlace constante de los acuerdos de paz de nuestra historia. Ya sea con los españoles o con el Estado colombiano y sus diversas configuraciones, representado por la reciente y vieja a la vez, elite dominante actual.

Es posteriormente que comenzaron a presentarse movimientos de rebeldía por parte de los criollos, como el de comuneros, liderado por José Antonio Galán en 1781, principalmente en contra los impuestos del gobierno español, pero no contra el Rey mismo. De este suceso surgió la frase: “viva el Rey, abajo el mal gobierno”. Movimiento que terminó con la muerte de Galán por parte de los ancestros españoles de quienes muchos años después, en connivencia con la mafia con la cual aun conniven, habían de organizar, en Soacha, un pelotón de fusilamiento, en este caso, contra otro Galán, también santandereano: Luis Carlos Galán, quien se distinguió políticamente por tener como banderas la mayor democracia, la paz, la justicia social y la igualdad, enarbolando siempre sus ideas liberales –no las del desprestigiado, en su momento y ahora, partido, sino las de la filosofía liberal surgida de la ilustración, en los siglos XVII y XVIII en Inglaterra y Francia principalmente-.

En medio de todo el agitamiento de las colonias, que comenzaron a rebelarse en contra de los gobiernos coloniales, pero aún no en contra del Rey, se dieron unos sucesos internacionales que los historiadores señalan, influyeron en lo que se ha llamado proceso de independencia, como lo son: la Independencia de Estados Unidos, la Revolución Francesa y la Declaración de los Derechos del hombre y del Ciudadano (1789). Que sin duda, constituyeron referentes prácticos y a su vez teóricos para las elites coloniales, que se nutrieron intelectualmente de la ilustración europea y del conocimiento de las ideas liberales clásicas, que consistían y aun consisten, en una contradicción al antiguo régimen absolutista de concentración de poder, que España mantuvo mucho más que sus vecinos de la Europa occidental. Pero ocurrió un hecho significativo que comenzó a debilitar el poder europeo en las colonias americanas, o por lo menos el poder español. Se trató de la invasión de Napoleón a España, y la imposición de su hermano José como Rey -de quien cuenta la historia fue bautizado socialmente como pepe botellas, aunque afirman que era abstemio y se ganó ese remoquete por su favorecimiento a las industrias de los licores-, hecho que lleva a Camilo Torres a escribir el documento “Representación del muy ilustre Cabildo de Santafé a la Suprema Junta Central de España” en 1809, el cual se conoce como memorial de agravios, lo cual no constituía, aun, una proclama de independencia. En todo caso, de esta, solo se habló inicialmente, pero no respecto de la depuesta monarquía y el depuesto Rey Fernando VII, sino respecto del nuevo poder Napoleónica.

Estos pasajes de la historia dan cuenta de cómo a pesar de la explotación española, las elites coloniales seguían siendo fieles y leales al Rey, incluso ya depuesto. Lo que parece indicar una propensión de éstas, incluso en nuestros tiempos, a la adhesión irreflexiva a reyezuelos sin títulos nobiliarios, y más bien con títulos deshonrosos, pero detentadores de un poder artificial, que solo lo tienen por la suma de los poderes individuales de quienes irreflexivamente se desprenden de la porción que propiamente ostentan y se lo tributan, convirtiéndolos en soberanos por encima de la ley: legibus solutus.

Las verdaderas ideas independentistas, de ruptura con la monarquía española, se dieron luego del grito de independencia que obedeció a la firma del Acta de Independencia de la Junta de Santa Fe, entre otros, por parte de Camilo Torres y José Acevedo y Gómez – el Tribuno del Pueblo -, luego de los acontecimientos desembocados por el pedido que los hermanos Morales y Pantaleón Santamaría (criollos) le hicieran a José Gonzáles (español), de un objeto, que la historia ha querido significar en un florero, pues se habla de un farol o de un ramillete; para agasajar a Antonio Villavicencio (criollo), a lo cual el tendero se negó, cortésmente, alegando el mal estado del mismo. Pero ese fue el detonante para que la revuelta, que ya venía siendo planeada por una junta de notables que con anterioridad se había constituido, terminara en nuestros días con la “celebración” del 20 de julio, que aún muchos colombianos desconocen a que obedece, Así como se desconocen muchas escenas de nuestra historia, a pesar de que parecen recogidas en tira de película de cine, y se repiten una y otra vez, cambiando solo los actores y un poco los escenarios, pero siempre conservando el mismo libreto.

El 20 de julio no significó la independencia definitiva, pero sí el inicio de una época histórica marcada por el anticolonialismo, pero también por la pugnacidad interna frente a propuestas de gobierno y organización, entre centralismo –auspiciado por Antonio Nariño- y federalismo –por Camilo Torres-. No se logró establecer un orden político que alcanzara legitimidad en términos de aceptación, que garantizara derechos y supliera necesidades y por lo tanto no se aseguró la sustitución de la violencia, la cual hoy en día aún subsiste, como un presente de nuestra historia pasada y como un recuerdo imposible de olvidar, incluso con el “aparato para olvidar los malos recuerdos” que los gitanos llevaron a Macondo, o mejor, que trajeron a Macondo.

Lo acontecido después del 20 de julio de 1810 podemos abordarlo desde las innumerables guerras que se han disputado en nuestro territorio, o desde las constantes sucesiones de Presidentes, algunos elegidos de manera indirecta, otros por voto popular, unos tantos más por las armas; o también por la abundante historia constitucional, que arroja 11 constituciones hasta la de nuestros días, lo cual sería una tarea difícil de sintetizar en un artículo, e incluso en dos, por lo que estaremos zigzagueando entre estas temáticas, para tocar asuntos, que para quien escribe, resultan relevantes o de interés, esperando que lo sean, igualmente, para quienes leen.

La Suprema Junta del 20 de julio de 1810 determinó que se convocaría a un congreso de diputados de las provincias para que se expidiera una Constitución, con un sistema federativo, el cual se instala el 27 de enero de 1811, y culmina con la expedición de la de Cundinamarca del mismo año, que rápidamente fue reemplazada por la de 1812 bajo el Gobierno de las Provincias Unidas en cabeza de Camilo Torres. Este periodo de inestabilidad, confrontaciones y guerras que se le ha conocido como la patria boba, se extendió hasta la reconquista española en el año 1816, lo cual, en gran parte, es consecuencia de aquella situación de pugnacidad interna entre las elites centralistas y federalistas. Durante este periodo, rigió en algunos lugares, en donde el realismo dominaba y que para España aún pertenecían al virreinato –como la gobernación de Popayán, población arrasada por Juan Sámano-, una Constitución para nosotros foránea, como la de Cádiz de 1812, la cual no registra nuestra historia constitucional como una de las 11 que se han expedido desde la de 1811 hasta la actual de 1991.

Es un número bastante alto de constituciones, que obedecen, como lo relata Hernando Valencia Villa en su libro Cartas de Batalla, a la voluntad de quienes vencían en las innumerables guerras que hemos padecido. Sólo en 12 años del periodo de la federación colombiana que arranca de hecho en 1855 con un acto adicional a la Constitución de 1853 –a pesar de que la Constitución que regía en ese momento, la de 1853 establecía contrariamente un régimen unitario-, se presentan 20 revoluciones locales y 10 gobiernos depuestos por las armas.

Después de la campaña libertadora, con Bolívar a la cabeza, y luego de vencer en la Batalla del 7 de agosto de 1819 se dirige a Santa Fe, y al llegar al puente del Común –en Chía Cundinamarca- el 10 de agosto, le informan que el virrey, la audiencia, la guardia de honor, el Regimiento de Cazadores de Aragón y todos los empleados civiles y militares habían abandonado la ciudad, con lo que entra triunfante y oficialmente se da fin a la reconquista, aunque por las condiciones geográficas, continuaba el dominio español en muchos de nuestros territorios.

El 17 de diciembre de ese mismo año, en el Congreso de Angostura -Venezuela- nace la Gran Colombia, conformada por los departamentos de Venezuela, Cundinamarca y Quito, con Bogotá como capital, siendo este el antecedente del Congreso de Cúcuta que dio origen a la que es la primera Constitución verdaderamente Republicana, la del 6 de octubre de 1821.

Nuestro territorio y población seguían siendo colonia, ya no de España, sino de las elites grancolombianas. Estas pensaban con las ideas de la ilustración, pero actuaban y gobernaban con las instituciones coloniales premodernas, de tenencia de tierra, impositivas, con una economía fragmentada en cuatro grandes zonas, poco articuladas entre sí: Antioquia, Costa, Centro oriente y suroriente. Continuábamos –y es posible que aun hoy– con un sistema feudal de señoríos autoritarios heredados del colonialismo español.

Tampoco se trataba de implementar instituciones europeas o del federalismo norteamericano, pues las circunstancias de las revoluciones liberales de Europa y de la independencia de Estados Unidos distan mucho de acercarse a la realidad de nuestro proceso de conquista, dominación, colonización e independencia. Se trataba de poder ser creativos en la construcción de una nación, y de ahí partir hacia el establecimiento de un Estado, o al revés, fortalecer un Estado sobre la base de la integración territorial y a partir de ahí crear una nación. Cada uno juzgará si esto ha ocurrido o no, o en qué medida. Particularmente considero que no ocurrió ninguno de los dos procesos, porque en ambos casos se requiere del monopolio de la fuerza, por lo que no se pudo consolidar lo que Kant denominó un “Estado de derecho”, compuesto por un orden político respetuoso del principio de legalidad, con división del poder y el respeto de los derechos de los individuos. Y al no haberse consolidado un Estado de derecho, es el estado de naturaleza el que impera: el derecho del más fuerte y por eso la sucesión de la violencia y de las guerras.

Bolívar fue presidente, dictador y por poco Rey –si los ingleses hubieran aceptado adherirnos a su sistema monárquico-, hecho por el cual no hay que demeritar la gran obra del libertador, sino que se debe conocer el contexto histórico de cada momento. Antes de su muerte –el 17 de diciembre de 1830-, su gran proyecto de una sola nación –la Gran Colombia– ya se había disuelto de hecho, con la separación de Venezuela en noviembre de 1829 y posteriormente de Ecuador el 13 de mayo de 1830.

Los nombres también han marcado nuestra historia. Luego de la Gran Colombia llega la Nueva Granada con Santander como su primer presidente. Del cual –como de Bolívar– también se han escrito muchas letras y pronunciado muchas palabras; pero siempre se debe reconocer a estos personajes, a pesar de sus desaciertos y errores, humanos y políticos, su grandeza histórica.

De aquí en adelante: Nos hemos llamado Confederación granadina, Estados Unidos de Colombia y finalmente Colombia.

Abolimos la esclavitud tardíamente a pesar de la independencia, sólo a partir del 1° de enero de 1952, por medio de la Ley 21 de mayo de 1851. Hemos tenido una relación de amores y odios con la iglesia católica, dependiendo de la fe y a veces de las conveniencias de cada gobierno.

Hemos tenido entre muchas otras, las siguientes guerras: la de los supremos 1839, en 1840, 1851, 1854, 1860, 1864, 1876, 1885, 1895, la de los mil días por los años 1899, las de principios del siglo pasado y las violencias de mediano de siglo –también pasado– que aún hoy permanecen.

Hemos tenido una historia marcada por guerras, pugnas de poder -ya sean locales o a nivel nacional-, entre liberales contra conservadores y viceversa, liberales radicales –Gólgotas– contra liberales de centro –Draconianos-, liberales radicales –Gólgotas- y conservadores contra liberales de centro –Draconianos-, entre conservadores y liberales radicales –Gólgotas-. Y cualquier otro tipo de combinación posible entres estos y otros sectores que no es del caso nombrar por la extensión que demanda.

Hemos tenido presidentes adictos al poder como Tomas Cipriano de Mosquera –de quien la historia dice que en su primer gobierno fue bastante progresista y liberal y terminó siendo autoritario y despótico–, Rafael Núñez y Álvaro Uribe, este último, cuya historia aún no tiene punto final.

Hemos tenido constituciones liberales, conservadoras, monárquica, centralistas, federalistas, y hasta han regido dos a la vez, como cuando estaba vigente la de Cundinamarca de 1812 y los españoles aplicaban la de Cádiz del mismo año.

Son muchos los acontecimientos que nuestra historia expone, y como ya lo adelantaba, resulta imposible abarcar en uno o un par de artículos. Pero al repasarla, es evidente que surge como necesidad, la de construir una nueva ciudadanía política y social, a partir de la cual se estructure un nuevo orden político y social –en el que la garantía de los derechos fundamentales universales sea el elemento aglutinador-, y luego, estando estos consolidados, permita estructurar a su vez, un nuevo orden económico que tenga al trabajo como elemento generador de bienestar y no como hoy, generador de riqueza, pero ajena.

En nuestros días, entre lo que tenemos de ciudadanía y la política hay una ruptura que perpetúa a los poderes hegemónicos en la dirección de lo público, quienes estando al servicio de otros poderes –económicos locales y extranjeros– no atienden sino a los intereses privados propios y los de los otros poderes que los subordinan. Por ello, parece ser necesario otro 20 de julio.

“Era un extraño país aquel en el que los ciudadanos que sacaban más provecho de la cosa pública eran los que menos contribuían; en el que existían impuestos vergonzosos, confesado incluso por el legislador. ¿Qué país es ese en el que el trabajo deshonra, en el que es honorable consumir y humillante producir, en el que a las profesiones duras se las llama viles, como si pudiera haber algo más envilecedor que el vicio, y como si esa vileza, la única real, existiera entre las clases trabajadoras?”

(Fragmento tomado de Emmanuel Sieyes en ¿Qué es el tercer Estado? Ensayo sobre los privilegios. Pág. 129) Artículo de opinión de Gustavo Garnica.

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