Veinte años de una despedida

Hace veinte años escribí un artículo publicado en un diario local bajo el nombre de “Mí década Pérdida”, motivado por la grave enfermedad que en esos momentos padecía mi padre, y que finalmente lo condujo a la muerte en un fatídico dieciséis de noviembre del año 2000.

A través de ese escrito quise transmitir el desesperado sentimiento que embarga a todo aquel que acompaña a un ser querido en los últimos días de su existencia, mezcla triste de desesperanza, por no haber aprovechado a plenitud el tiempo y las oportunidades junto con quien está por irse; sumada a la fe del que se aferra al más mínimo motivo para creer en el milagro que, en nuestro caso, desafortunadamente nunca llegó.

Me refería, en ese momento, a los diez años que pasé en Bogotá en misión universitaria y laboral, alejado del seno paterno y de la comodidad del entorno familiar, viviendo el despreocupado mundo del estudiante a quien, por fortuna, le suministran lo necesario para su subsistencia, y que por momentos aún no comprende el esfuerzo y la devoción con la que su familia espera, se convierta, en el profesional que los llene del orgullo y de la satisfacción de alcanzar los escalones que los antepasados no alcanzaron.

Desprenderse de los íntimos lazos familiares y emigrar por tanto tiempo a una ciudad lejana, le impiden al viajero disfrutar de las grandes enseñanzas y de los consejos paternos, llenos de tanta sabiduría y amor desinteresado, que luego, ante la certeza del agotamiento del tiempo, se le convierte en un sentimiento de culpa y auto -recriminación sin remedio, por cuenta de la inexorable ley de la finitud de la existencia humana.

Mi papá dedicó mucho a tiempo a aconsejarme y a guiarme, en ese ejercicio me hizo énfasis en muchas cosas, algunas de gran trascendencia y seriedad como el respeto a todos por igual; el trabajo y el ahorro; la responsabilidad y la humildad; pero igualmente me transmitió conocimientos prácticos de gran utilidad, que hoy, cuando los pongo en práctica, sonrío y le doy las gracias por haber existido, como cuando me preocupo por desocupar mis manos antes a hacer algo; esperar a que las personas que acompañamos entren a su casa antes de irnos; organizar los billetes del mismo lado, y no salir de la casa sin plata en el bolsillo.

Es por eso que, dentro de las constantes desgracias y las cotidianas malas noticias que normalmente llegan a través de los medios de comunicación, una de las tragedias que más me conmueve es la pérdida de un padre o una madre con hijos pequeños, confieso que la orfandad de un niño me produce una profunda tristeza, y es porque, nunca logro explicarme, como sobreviven aquellos quienes pierden a temprana edad a sus progenitores, y deben enfrentar la vida sin una tutela responsable y dedicada.

Ahora, en tiempos en que la pandemia nos vuelve a recordar la cercanía de la muerte y la fragilidad de la vida, nos obligamos nuevamente a entrar en un sincero ejercicio de valoración de lo que tenemos, y que Dios en su misericordia infinita nos concedió, pero que muchas veces, producto de los afanes del trabajo y de nuestra propia imperfección de seres terrenales, no apreciamos en su verdadera dimensión.

Dentro de esas valoraciones, considero son, de la mayor relevancia, aprovechar y cuidar nuestra vida y salud, ya que son realmente los dos más importantes bienes de un ser humano; dedicar tiempo a la familia, nunca sabremos por cuanto tiempo los imponderables de la vida nos permitirán su disfrute; ocuparnos en actividades productivas y constructivas, cada quien sabrá cuales le llenan y lo realizan, y, por último, sonreír y ayudar al necesitado, no hay nada más reconfortante que la solidaridad y el apoyo a quien de verdad lo necesita.

Hoy, veinte años después de su partida, recuerdo a mi padre todos los días de mi vida, extraño infinitamente su presencia, me encantaría poder pedirle ayuda para resolver las constantes encrucijadas a las que la vida nos enfrenta, pero también, disfrutar del exagerado espíritu navideño que cada diciembre lo invadía; compartir un helado o una película con él; organizar un juego de dominó en el que, a pesar de no ser los mejores, disfrutábamos muchas veces hasta la madrugada; o en últimas, acompañarlo en una actividad que en mi juventud no me gustaba, pero que hoy haría con el máximo agrado, como lo era el caminar a su lado por la finca arrancando cuanta maleza se nos pusiera por delante.

Al tiempo, ese juez inexorable, rígido e inquebrantable, que es exigente frente a todos por igual, y que no nos rebaja ni un mínimo de los instantes desaprovechados, ni mucho menos las oportunidades perdidas, en mi caso, quisiera suplicarle un poco de misericordia para dar una vuelta por aquel pasado feliz junto a él, quizá maquillado por los trucos de la nostalgia, y hacer un pedido similar al personaje del Amor en los Tiempos del Cólera que “le rogó a Dios para que le concediera al menos un instante para que él no se fuera si saber cuánto lo había querido por encima de las dudas de ambos, y sintió un apremió irresistible de empezar la vida con él otra vez desde el principio para decirse todo lo que se quedó sin decir, y volver a hacer bien cualquier cosa que hubieran hecho mal en el pasado”

El mundo es tan diferente hoy comparado con el de hace veinte años, que creo que la ciencia ficción se quedó corta en la producción de películas y libros que en aquella época considerábamos exageradas y hasta cómicas, la velocidad del desarrollo tecnológico ha superado a la mayoría de nuestras expectativas, pero sin embargo, la esencia del ser humano permanece intacta, nuestros sentimientos más profundos son los mismos, el odio y el amor; la ira y la tranquilidad; la felicidad y la tristeza; y tantas otras sensaciones connaturales a la existencia del hombre, siguen siendo las mismas, y la forma en que las enfrentamos sigue y seguirá dependiendo del aprendizaje, el cuidado y la dedicación que recibimos durante nuestros primeros años de vida.

Concluyo para finalizar, que la educación integral y amorosa, es el único camino para conseguir un mundo sostenible y esperanzador.

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