El encanto de la provincia

Por Arianna Córdoba Díaz. Jefe de Programa de Comunicación Social – UNISINÚ.

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La posibilidad de ir a almorzar al hogar y si da tiempo, echarse una “pestañadita” -así sea de 10 minutos-, la confianza de salir a hacer diligencias y encontrarse con tres o cuatro caras conocidas en el camino que al menos le sonríen a uno con afecto o la fortuna de no enfrentar diariamente monumentales trancones de hasta dos o tres horas por trayecto, son solo algunos de los encantos que la provincia colombiana ofrece.

Si bien, problemas abundan en los pequeños y mediados poblados de Colombia y se anhela que todas las oportunidades y modernismo de las grandes ciudades del país también permearan la provincia, basta que uno vea un noticiero para entender que en esas capitales las dificultades son quizás más agobiantes que las que padecemos en otros lares más chicos pero compactos.

Abusos sexuales en estaciones de Transmilenio, atracos diarios en las vías públicas a los transeúntes; pavorosos crímenes en cada esquina; insolidaridad de la población; miedo hasta de pasear las mascotas y otra infinidad de contrariedades enfrentan a diario habitantes, en este caso de la capital del país; no muy lejos de esa situación quienes residen en otras grandes ciudades del país, que más allá de vivir sobreviven en esas urbes donde puede haber de todo, pero no se disfruta de nada.

Esa calidad de vida es a lo que uno se refiere y con lo que se quiere contar y eso no solo tiene que ver con disponer de buenos servicios en todo sentido – lo cual es necesario lógicamente- sino también con ese bienestar emocional que un entorno más tranquilo y un poquito más seguro puede ofrecer, como lo puede hacer la provincia colombiana.

Por ejemplo, es prácticamente normal que en una ciudad como Bogotá una persona salga a trabajar a las 5:00 o 6:00 a.m, para que le dé tiempo de entrar puntual a las 8:00; pasa todo el día laborando y cuando regresa a su hogar ya promedian las 8:00 o 9:00 p.m; a esa hora cansado a dormir para al día siguiente repetir la rutina; así se les va la vida, viendo pasar ante sus ojos mientras recorren en bus, carro o bicicleta los enormes centros comerciales que no pueden visitar porque no tienen tiempo – o dinero- los parques que no pueden disfrutar porque se exponen a que los roben; los restaurantes que no pueden conocer porque cuando pueden ir los domingos están repletos… eso no es calidad de vida.

Eso sumado a la zozobra permanente que reina en esas ciudades, allá la incertidumbre parece ser más profunda.

Pero no se trata de magnificar la provincia en Colombia; no, acá hay mucho que hacer y solucionar, hay mucha corrupción por acabar, muchas vías por pavimentar, mucha empresa que crear y mucha tela por cortar, sin embargo, que el bienestar y el desarrollo jamás nos arranque la esencia y el encanto de ser provincianos y tener buenas costumbres.

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