Halloween

Por: MARCOS DANIEL PINEDA GARCÍA.

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Octubre y noviembre marcan una temporada de celebraciones alrededor del mundo, que tienen sus orígenes en tradiciones religiosas, pero a través de la historia se han matizado con las expresiones culturales de cada lugar donde se realizan.

En Norteamérica, por ejemplo, la tradición cristiana All Hallows Evening de hacer vigilia para esperar el Día de Todos los Santos, tuvo la influencia de antiguos rituales de cosecha paganos, evolucionando en el tiempo a lo que conocemos hoy como Halloween, una celebración que se ha convertido en una fecha llena de disfraces, dulces, bromas e historias de terror.

En México y algunos otros países latinoamericanos, aún se conserva casi en su forma original, la tradición del Día de Muertos, nacida de una mezcla entre celebraciones prehispánicas y europeas, que hizo coincidir el Día de Todos los Santos de los católicos, con los festivales indígenas en los que se hacían ofrendas a los fallecidos. Esta celebración fue declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco.

En Colombia, celebramos Halloween al estilo norteamericano, al igual que en mucho otros países en los que se instauró esta tradición de la mano de la comercialización. Sin embargo, en Córdoba (y me atrevería a decir que en todo el Caribe) tiene una connotación particular, porque en esta época, si bien los niños se disfrazan y piden dulces en los barrios y centros comerciales, también recordamos las historias que de pequeños nos daban escalofríos.

En mi infancia escuchaba los cuentos de los ‘aparatos’ que salían en Montería y pueblos cercanos; nuestros abuelos aún relatan que muchos vieron al Jinete sin Cabeza, que un familiar encontró las huellas pequeñitas de los duendes, que a una conocida se le mudó el espíritu de Juan Lara para la casa o que a un primo lejano lo confundió una bruja cuando caminaba por una calle oscura. Estas y otras historias como las de La Llorona, La Custodia, La Patasola, El Gritón o El Mohán, hacen parte de nuestro folclor demosófico, son relatos que se han transmitido de generación en generación y que son parte del acervo cultural que caracteriza nuestra región.

Sin embargo, por esa misma carga de espiritualidad que se le atribuye a esta época del año, se ven muchos casos en los que el fanatismo y algunas creencias específicas, llevan a sus adeptos a cometer transgresiones y hasta delitos, como profanar tumbas, sacrificar animales y en los peores casos, llegar a poner en peligro la seguridad de otras personas. Ya no nos atemorizan aquellos cuentos de los abuelos, sino estas historias de terror de la vida real, y nos asusta pensar que alguno de estos casos pudiera llegar a afectarnos.

Qué bueno es cuando se conservan las tradiciones, que independientemente de su origen, nos invitan a pasar tiempo de calidad con familiares y amigos; que las creencias extremas no arruinen la ilusión de un niño que sueña con disfrazarse de su personaje favorito. Disfrutemos esta fecha cuidándonos los unos a los otros, convencidos de que por cada historia de terror siempre hay un bien mayor que la supera. ¡Feliz Halloween!

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