La que brilla es la gallina

Producto de la pandemia ocasionada por el Covid-19, nuestra sociedad se ha visto altamente afectada emocional y económicamente. No solo hemos tenido que despedir seres queridos, sino también, sueños, proyectos y aspiraciones que esta nueva normalidad nos impide cumplir de la manera en que lo planteábamos. ¿Qué sector de la economía no ha visto a empresas grandes y pequeñas cerrar o tener que reinventarse para sobrevivir?

Afortunadamente, las aplicaciones digitales y la virtualidad han permitido que algunos puedan desarrollar sus actividades económicas a través de estos medios y amortiguar el golpe financiero. Sin embargo, no ha funcionado igual en todos los gremios, y lo digital no ha podido ser de mucho apoyo para aquellos cuyo público objetivo no se familiariza aún con las compras virtuales y prefieren disfrutar de la presencialidad, como es el caso del mundo musical.

Si bien es cierto que algunos nuevos artistas han logrado visibilidad en las nuevas generaciones gracias a la tecnología y otros pocos han podido llevar a cabo conciertos virtuales, el porcentaje de compositores e intérpretes que ha sufrido un revés económico sin recibir apoyo alguno, ni siquiera de las asociaciones a las que pertenecen, es alto. Algunos, incluso, temen al olvido.

Es en estos casos cuando nos preguntamos: ¿qué pasa con lo que plantea la ley frente al derecho conexo? ¿Por qué no se está haciendo efectiva la protección a los derechos de autor? Así las cosas, parece que no tiene sentido que se sigan pagando derechos que no llegan al bolsillo de aquellos artistas y compositores que empeñan su creatividad para no dejar morir el folclor.

Nuestros juglares, esos maestros que día a día explotan su don para alegrar los corazones musicalizando poemas y vivencias, necesitan ser protegidos, impulsados y apoyados. Es hora de que puedan recibir las regalías que les corresponden y que al día de hoy otros disfrutan. Es tiempo de que se levanten nuevas asociaciones más preocupadas por el bienestar de quienes mantienen viva la cultura que de las paredes desde donde “administran” los derechos cedidos de sus obras.  

Ojalá que pronto entendamos que no hay buenas obras sin sus autores, no hay cultura sin trovadores y que, en definitiva, no hay huevos de oro si no se cuidan las gallinas.

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