Nociones sobre el estado de guerra y poder

Artículo de opinión de Jesús Fernández Dix.

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En esta columna me enfocare en referirme, a propósito de las declaraciones recientes hechas por disidentes del ELN, sobre el estado de guerra y poder y sus incidencias en un estado democrático que propende la protección del ciudadano dentro del marco de un Estado Social de Derecho.

Para empezar, es acertado inferir, con base en los tratados de John Locke, que el poder político tiene su fundamento en la propia naturaleza humana, la cual exige un estado de perfecta libertad e igualdad entre todos sus congéneres.

Dicha libertad sólo tiene como límite la no destrucción de sí mismo o de los demás, tanto en lo referente a la persona, como a sus derechos y bienes materiales o inmateriales, y cuyo fundamento no es otro que la ley natural, es decir, la ordenación de la razón, en orden al bien común y sus debidas garantías normativas.

Aunado a lo anterior, es preciso señalar que la ley natural, igual que todas las demás leyes, necesita de algún poder (llámese pacto, ley, acuerdo, tratado) que la haga cumplir cuando sea necesario para proteger al inocente de las malas acciones que puedan llegar a ejecutarse.

En esa necesidad de protección un bien jurídico tutelado por el Estado se fundamenta el que un hombre llegue a tener poder sobre otro hombre y, por tanto, el poder de sancionar al infractor cuando el injusto cometa una conducta contraria a lo establecido en la ley natural o ley positiva que es la norma escrita.

Tal castigo habrá de ser proporcional a la falta cometida y producir siempre el efecto de reparación del daño causado, de corrección o reinserción del infractor y de servir como disuasión, esto es que sea una sanción ejemplar que procure evitar que se vuelvan a cometer hechos injustos que menoscaben los derechos de la ciudadanía.

En ello radica el poder o soberanía que tiene el estado hacia la ciudadanía, en la facultad sancionatoria que tiene el estado para amonestar conductas que contraríen el sistema de conducta establecido que mantiene un orden social justo.

Ahora bien, para Jhon Locke todos los hombres son iguales por compartir una misma e igual naturaleza, lo cual constituye el denominado estado de naturaleza, es decir: estado de paz, buena voluntad, asistencia mutua y conservación y sólo por el derecho de autoconservación, diría yo que es el derecho que busca la autorregulación de comportamientos impetuosos o dañinos para sí mismo o para los demás, es posible, habida cuenta de las pasiones e imperfección humanas, la formación del poder político por acuerdo mutuo entre los individuos gobernantes y gobernados en un sentir que busque mantener la paz dentro de lineamientos constitucionales y legales.

A pesar de la libertad de que goza el hombre en estado de mera naturaleza, éste decide, sin embargo, someterse, voluntariamente, a la voluntad y al gobierno de la mayoría, como forma de conseguir seguridad en la defensa de su vida, sus libertades y sus posesiones, ya que en el estado de naturaleza faltan los elementos que hacen posible esa seguridad: una ley establecida, fija y conocida; una autoridad judicial competente pública e imparcial; un poder que respalde el cumplimiento de las sentencias justas. En definitiva, el fin de la sociedad política y del gobierno no es otro que el de lograr y mantener la paz, la seguridad y el bien del pueblo.

Con respecto al estado de guerra, algunos dicen que las guerras son estrictamente necesarias, no solo un negocio sino una forma de defender intereses e ideologías políticas y sociales. Tenemos entonces que el estado de guerra es una premeditada y establecida intención contra la vida de otro hombre, el cual tiene derecho a destruir a quien amenaza con destruirle a él, pues según la ley fundamental de la naturaleza, un hombre debe conservarse a sí mismo hasta donde le sea posible.

Asi las cosas, quien intenta poner a otro hombre bajo su poder absoluto, se ponen a sí mismo en situación de guerra contra él, pues el poder absoluto sobre alguien le priva de su libertad, fundamento de todas las demás cosas. Así, pues, el que introduce un estado de guerra y es en ella el agresor, se expone a que le maten con justicia, no cesando dicho estado hasta que las partes se someten al arbitrio de la ley, propio del llamado estado de sociedad. Como decía el señor Jesucristo al aposto San Pedro: el que a hierro mata, a hierro muere”.

Por todo lo anterior, puedo decir con total certeza que las guerras no son ni deberían ser necesarias. Para eso están las mesas de dialogo, los comicios de derechos Humanos, la JEP, y otras organizaciones gubernamentales que más de una vez han dispuesto extender sus manos con el objetivo de olvidar las diferencia y establecer parámetros de No violencia.

Para finalizar, como ya se dijo antes, la guerra es innecesaria y pienso que deberían cambiar esa nefasta forma de pensar los grupos al margen de la ley por cuanto dichos argumentos no están fundamentos en el sentir de un pueblo que ha sufrido los vejámenes de una guerra que ha perdurado por más de 5 décadas. El pueblo quiere vivir en paz, esto es, vivir sin miedo, sin inseguridad, sin violencia, con pleno respaldo del Estado en cuanto a la defensa de los intereses generales.

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