Liberland

Por Arianna Córdoba Díaz. Jefe de Programa de Comunicación Social, Unisinú

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En otras épocas no saber siquiera el nombre de las capitales de los departamentos de Colombia era motivo para reprobar algún curso en el colegio; por supuesto, era inimaginable que se llegara a la Universidad sin ese conocimiento básico. Hoy, camuflado en la excusa de que “para qué aprenderlo si eso está en Google” la gente ni se aprende esas ciudades, mucho menos la existencia de otros países y como resultado, bochornosos casos se presentan como el de hace pocos días, cuando el alcalde de Manizales, Carlos Mario Marín Correa, sacó pecho por haber firmado un convenio con un país prácticamente inexistente: Liberland.

Allí no solo falló el alcalde – en quien la ciudadanía depositó su confianza considerando que tenía suficientes conocimientos y capacidades para liderar una ciudad ampliamente reconocida- sino todos sus asesores, a quienes provoca mandarlos a estudiar geografía; todos fueron víctimas de las burlas y hasta en noticieros internacionales resaltaron la curiosa noticia de que el líder de una notable capital colombiana había hecho convenios con países imaginarios.

Desafortunadamente esas situaciones pasan en la vida real y más lamentable, no es la primera vez que ocurre en el territorio nacional. Precisamente, por allá en 1962 se dio uno de los casos más sonados de este tipo cuando un supuesto embajador de la India llegó a Neiva. El verídico hecho inspiró hasta una hilarante película criolla.

El caso en la capital opita se dio cuando corrió el rumor que el embajador de la India llegaría a la ciudad; un refinado y culto seminarista políglota parece que aprovechó el chisme que rodaba y se hizo pasar por el alto diplomático.

El falso embajador que era más criollo que la lechona, engatusó a todos y fue objeto de todo tipo de suntuosas atenciones, desde obras de teatro, cenas, cocteles, homenajes y demás; cuatro días con sus noches duró el engaño hasta que, en uno de los actos oficiales fue reconocido por un compañero seminarista quien desnudó la realidad del embaucador.

Más allá de lo anecdótico y chistoso que pueda resultar el asunto de Liberland, así como como el del “Embajador de la India” se evidencia, especialmente en el primer caso, la laxitud con la que se toman los conocimientos hoy día; se están confiando mucho en lo que diga Google, Wikipedia y poco, poco lo que queda en la memoria.

Mucho digital, muchas nuevas tecnologías, mucho aprendizaje de redes, muchas apps, mucho de banalidades pero ya ni querrán aprender a sumar y restar porque eso lo sabe la calculadora.

A sus hijos y sobrinos hágales un favor, ayúdeles a alimentar la mente con conocimientos útiles, que les permitan analizar, comprender y tomar decisiones y a no convertirse en el hazmerreír de la comunidad y en presa de los embaucadores.

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