Problema cultural: del burro a la moto

Artículo de opinión de Ramiro Guzmán Arteaga.

Esta es una historia urbana y terrenal que tiene que ver con los jornaleros que, impulsados por las necesidades y falta de trabajo digno en el campo, se deben desplazar todos los días a las ciudades para ganarse la vida como “rapimotos”.

Desde hace cuatro mil millones de años, cuando la ciencia estima que aparecieron los primeros organismos vivos, la vida ha permanecido confinada al ámbito de lo orgánico y lo cultural. La agricultura apareció hace unos 12.000 años, cuando también el hombre deja de ser nómada (cazador- recolector) y construyó asentamientos permanentes que, con los años, pasaron a ser ciudades e imperios.

Esto nos lleva a pensar que el desarrollo agrícola debería ir de la mano con el desarrollo de las ciudades. Es un equilibrio histórico. Pero cuando se rompe esa relación se produce desestabilizaciones económicas, sociales y culturales en el campo y en la ciudad, y por tanto en las mentes de los seres humanos, según el caso.

De tal forma que, cuando no hay un proceso previo de adaptación del campo a la ciudad, las costumbres, los instintos y las emociones que ha construido la persona (en su cerebro) tampoco desaparecen de golpe por cuanto son productos de comportamientos ancestrales, es decir, culturales. Es lo que está sucediendo con los jóvenes y mayores que han vivido en el campo y, por necesidad, deben venirse a la ciudad, a los centros urbanos, a trabajar como rapimotos.

Es esa también la razón por la que estos jóvenes jornaleros cometen todo tipo de infracciones de tránsito al venirse a los centros urbanos. Es evidente que llegan desconociendo, abusando y violando elementales normas de tránsito. Pero la violación de la norma es solo parte del problema, porque -después de todo- el desconocimiento de la norma no justifica su violación.

Por eso, mucho más allá del desconocimiento de las disposiciones de tránsito, lo que estos jóvenes traen consigo es también un impulso emocional y cultural guardado en el cerebro, para demostrar habilidades y destrezas ancestrales, las mismas que tenían cuando domesticaban, se desplazaban, competían y hacían acrobacias montados en burros o a caballos.

Hay que aclarar que estos comportamientos no son necesariamente el producto de mandatos genéticos, pues científicos han demostrado que estas órdenes toman muchísimos años para evolucionar y ser aceptadas por el organismo. Pero, lo que sí es cierto es que la nueva vida en la ciudad, que enfrenta a los rapimotos a la lógica evolutiva urbana, los obliga a modelar rápidamente un cambio cultural en un contexto y una dinámica urbana desconocida para ellos. Se puede afirmar que también hay quienes violan la norma en forma temeraria por pura irresponsabilidad, es cierto, pero también porque la necesidad los lleva a vivir del rebusque en un contexto urbano al que no estaban acostumbrados. El científico, escritor e historiador Yuval Noah Harari da en el clavo cuando, en su obra “Homo Deus” dice: “La teoría de la evolución sostiene que todos los instintos, impulsos y emociones han evolucionado respondiendo al interés único de la supervivencia y la reproducción”.

En el pasado de la humanidad ocurría lo mismo cuando los “ciudadanos arcaicos” se disponía a domesticar a los animales, pero a la inversa. Solo se quedaban con ellos los animales más obedientes, los que tenían capacidad de adaptación, los otros reventaban o saltaban los cercados a riesgo de sus propias vidas, esos siguieron siendo salvajes. Me temo que ahora ocurre lo mismo, los campesinos (que yo prefiero llamar jornaleros) se vienen a la ciudad a rapimotear, a domesticar a la urbe, a riesgo de sus propias vidas, antes que vivir confinados y condenados a morirse de hambre en el campo.

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