Antes y después del 20 de julio (2ª parte)

Lo acontecido después del 20 de julio de 1810 podemos abordarlo desde las innumerables guerras que se han disputado en nuestro territorio, o desde las constantes sucesiones de Presidentes, algunos elegidos de manera indirecta, otros por voto popular, unos tantos más por las armas; o también por la abundante, pero no muy honrosa, historia constitucional que arrojan 11 constituciones hasta la de nuestros días, lo cual sería una tarea difícil de sintetizar en un artículo, e incluso en dos, por lo que estaremos zigzagueando entre estas temáticas, para tocar asuntos, que para quien escribe, resultan relevantes o de interés, esperando que lo sean, igualmente, para quienes leen.       

La Suprema Junta del 20 de julio de 1810 determinó que se convocaría a un congreso de diputados de las provincias para que se expidiera una Constitución, con un sistema federativo, el cual se instala el 27 de enero de 1811, y culmina con la expedición de la de Cundinamarca del mismo año, que rápidamente fue reemplazada por la de 1812 bajo el Gobierno de las Provincias Unidas en cabeza de Camilo Torres. Este periodo de inestabilidad, confrontaciones y guerras que se le ha conocido como la patria boba, se extendió hasta la reconquista española en el año 1816, lo cual, en gran parte, es consecuencia de aquella situación de pugnacidad interna, entre las élites centralistas y federalistas.  Durante este periodo, rigió en algunos lugares, en donde el realismo dominaba y que para España aún pertenecían al virreinato – como la gobernación de Popayán arrasada por Juan Sámano -, una Constitución para nosotros foránea, como la de Cádiz de 1812, la cual no registra nuestra historia constitucional como una de las 11 que se han expedido desde la de 1811 hasta la actual de 1991.

Es un número bastante alto de constituciones, que obedecen,  como lo relata Hernando Valencia Villa en su libro Cartas de Batalla, a la voluntad de quienes vencían en las innumerables guerras que hemos padecido. Sólo en 12 años del periodo de la federación colombiana que arranca de hecho en 1855 con un acto adicional a la Constitución de 1853 – a pesar de que la Constitución que regía en ese momento, la de 1853 establecía contrariamente un régimen unitario -, se presentan 20 revoluciones locales y 10 gobiernos depuestos por las armas.

Después de la campaña libertadora, con Bolívar a la cabeza, y luego de vencer en la Batalla del 7 de agosto de 1819 se dirige a Santa Fe, y al llegar al puente del Común – en Chía Cundinamarca –  el 10 de agosto, le infirman que el virrey, la audiencia, la guardia de honor, el Regimiento de Cazadores de Aragón y todos los empleados civiles y militares habían abandonado la ciudad, con lo que entra triunfante y oficialmente se da fin a la reconquista.  El 17 de diciembre de ese mismo año, en el Congreso de Angostura – Venezuela – nace la Gran Colombia, conformada por los departamentos de Venezuela, Cundinamarca y Quito, con Bogotá como capital, siendo este el antecedente del Congreso de Cúcuta que dio origen a la que es la primera Constitución verdaderamente Republicana, la del 6 de octubre de 1821.

Nuestro territorio y población seguían siendo colonia, ya no de España, sino de las elites grancolombianas. Estas pensaban con las ideas de la ilustración, pero actuaban y gobernaban con las instituciones coloniales premodernas, de tenencia de tierra, impositivas, con una economía fragmentada en cuatro grandes zonas, poco articuladas entre sí: Antioquia, Costa, Centro oriente y suroriente. Continuábamos – y es posible que aún hoy – con un sistema feudal de señoríos autoritarios heredados del colonialismo español.

Tampoco se trataba de implementar instituciones europeas o del federalismo norteamericano, pues las circunstancias de las revoluciones liberales de Europa y de la independencia de Estados Unidos distan mucho de acercarse a la realidad de nuestro proceso de conquista, dominación, colonización e independencia. Se trataba de poder ser creativos en la construcción de una nación y de ahí partir hacia el establecimiento de un Estado, o al revés. Fortalecer un Estado sobre la base de la integración territorial y a partir de ahí crear una nación.

No ocurrió ninguno de los dos procesos, porque en ambos casos se requiere un monopolio de la fuerza, por lo que no se pudo consolidar lo que Kant denominó un “Estado de derecho”, compuesto por un orden político respetuoso del principio de legalidad, con división del poder y el respeto de los derechos de los individuos. Y al no haberse consolidado un Estado de derecho, es el estado de naturaleza el que impera: el derecho del más fuerte y por eso la sucesión de la violencia y de las guerras.

Bolívar fue Presidente, dictador y por poco Rey – si los ingleses hubieran aceptado adherirnos a su sistema monárquico -, hecho por el cual no hay que demeritar la gran obra del libertador, sino que se debe conocer el contexto histórico de cada momento. Antes de su muerte – el 17 de diciembre de 1830 -, su gran proyecto de una sola nación – la Gran Colombia – ya se había disuelto de hecho, con la separación de Venezuela en noviembre de 1829 y posteriormente Ecuador el 13 de mayo de 1830.

Los nombres también han marcado nuestra historia. Luego de la Gran Colombia llega la Nueva Granada con Santander como su primer Presidente. Del cual – como de Bolívar – también se han escrito muchas letras y pronunciado muchas palabras, que no se compadecen con la grandeza histórica que estos personajes se merecen, a pesar de sus desaciertos y errores humanos y políticos, que nunca opacaran la valentía y el honor de su obra libertadora.  

De aquí en adelante

  • Nos hemos llamado Confederación granadina, Estados Unidos de Colombia y finalmente Colombia.
  • Abolimos la esclavitud tardíamente a pesar de la independencia, sólo a partir del 1° de enero de 1952, por medio de la Ley 21 de mayo de 1851.
  • Hemos tenido una relación de amores y odios con la iglesia católica, dependiendo de la fe y a veces de las conveniencias de cada gobierno.
  • Hemos tenido entre muchas otras, las siguientes guerras: la de los supremos 1839, en 1840, 1851, 1854, 1860, 1864, 1876, 1885, 1895, la de los mil días por los años 1899, las de principios del siglo pasado y las violencias de mediano de siglo – también pasado – que aún hoy permanecen. 

Todas estas y las que no reseñamos por pugnas de poder, ya sean locales o a nivel nacional. Entre liberales contra conservadores y viceversa, liberales radicales –Gólgotas – contra liberales de centro – Draconianos -, liberales radicales – Gólgotas –  y conservadores contra liberales de centro – Draconianos -, entre conservadores y liberales radicales – Gólgotas -. Y cualquier otro tipo de combinación posible entres estos y otros sectores que no es del caso nombrar por la extensión que demanda.

  • Hemos tenido presidentes adictos al poder como Tomas Cipriano de Mosquera – de quien la historia dice que en su primer gobierno fue bastante progresista y liberal y terminó siendo autoritario y despótico – Rafael Núñez y Álvaro Uribe, este último, cuya historia aún no tiene punto final.
  • Hemos tenido constituciones liberales, conservadoras, monárquica, centralistas, federalistas, y hasta han regido dos a la vez, como cuando estaba vigente la de Cundinamarca de 1812 y los españoles aplicaban la de Cádiz del mismo año.

Son muchos los acontecimientos que nuestra historia expone, y como ya lo adelantaba, resulta imposible abarcar en un par de artículos. Pero al repasarla, es evidente que surge como necesidad, la de construir una nueva ciudadanía política y social, a partir de la cual se estructure un nuevo orden político y social – en el que la garantía de los derechos fundamentales universales sea el elemento aglutinador -, y luego, estando estos consolidados, permita estructurar a su vez, un nuevo orden económico que tenga al trabajo como elemento generador de bienestar y no como hoy, generador de riqueza, pero ajena. En nuestros días, entre lo que tenemos de ciudadanía y la política hay una ruptura que perpetúa a los poderes hegemónicos en la dirección de lo público, quienes estando al servicio de otros poderes – económicos locales y extranjeros – no atienden sino a los intereses privados propios y los de los otros poderes que los subordinan.

“Era un extraño país aquel en el que los ciudadanos que sacaban más provecho de la cosa pública eran los que menos contribuían; en el que existían impuestos vergonzosos, confesado incluso por el legislador. ¿Qué país es ese en el que el trabajo deshonra, en el que es honorable consumir y humillante producir, en el que a las profesiones duras se las llama viles, como si pudiera haber algo más envilecedor que el vicio, y como si esa vileza, la única real, existiera entre las clases trabajadoras?”   

(Fragmento tomado de Emmanuel Sieyes en ¿Qué es el tercer Estado? Ensayo sobre los privilegios. Pág. 129)

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