Un paseo por la felicidad

Reportaje de: Andrea Ruíz.

Mi corazón y mi mente estaban que estallaban de felicidad, en mi cara se notaba la enorme ansiedad y alegría que tenía, a pocos metros se veía la gloriosa entrada de la cuidad de hierro que cada año visitaba mi cuidad amada; de lejos se veían sus luces despampanantes y la música que acompañaba el lugar era la que por esos días estaría de moda. Íbamos en una moto los 3: mi papá, mi mamá y yo, al llegar, nos bajamos, mi papá parqueó su moto en un lugar seguro y dimos por iniciada nuestra noche familiar.

Llegamos a la entrada y una joven con camiseta verde y gorra con el logo del lugar nos vendió las boletas de entrada que para aquellos años costarían 2.000 por persona, ingresamos y no lo podía creer. Mi papá emocionado sacó la cámara y con su risa graciosa nos dijo a mí y a mi mamá “digan ¡whisky!”, mi mamá no muy convencida aceptó, yo la abracé, me puse una mano en la cadera, me erguí un poco y di mi mejor sonrisa. Luego de la foto, caminé un poco y veía la inmensidad de los juegos que estaban ante mí, me sentía en un sueño aunque esa no fuera la primera vez que iba a ese lugar; miré hacía atrás y estaban mis papás tomándose una foto juntos, sonreí y me sentí la más afortunada.

Con bastante prisa, les grité “¡Vamos!” y fuimos a la fila para comprar la tarjeta que nos dejaría subir a cada juego. Para mis ojos y mis ansias era inmensa, sentía que se movía muy lento y que nunca saldríamos de ella, cuando por fin logramos llegar a la taquilla mi sonrisa volvió a surgir y finalmente salimos en busca de nuestra aventura esa noche. La primera atracción que visualicé fue la casa del terror, mi mamá inmediatamente me hizo advertencias de que no quería que después anduviera con miedo y a eso le respondí “Yo soy grande ya, para ese juego”, decidimos ir y llegó la pregunta del millón, ¿con quién te vas a subir?, Yo sin dudarlo lo escogí a él, mi papá, porque no había lugar en el mundo que me diera miedo si estaba con él, sus brazos se sentían tan suaves como un peluche, pero tan fuertes como un león y sabía que iba a cuidarme de cualquier cosa. Nos subimos al carrito y mi mamá desde fuera nos tomó una foto para el recuerdo, lo que a él no le gusto porque aparecía con sus ojos de panda que denotan su mal estado de salud en esos momentos y sus gestos de “No quiero fotos ahora”; la taquillera anuncia que la atracción va a comenzar y mi papá inmediatamente me abraza. Tenía mucho miedo.

El carro entró a la casa por un túnel oscuro donde no podíamos ver nada, comienzan a sonar gritos y a ver como si murciélagos estuvieran volando, me encontraba completamente paralizada y agarrada fuerte del brazo de mi papá, su reacción era completamente distinta a la mía, él gritaba y se reía de las momias, los hombres sin cabeza y los terrores que íbamos allí viendo, para mí era una pesadilla y solo le rezaba a Dios porque terminara rápido había sido espantoso lo que vimos y cuando al final la atracción término, sonreí para hacerme la valiente pero mi cuerpo me delataba, estaba temblando completamente y mis papás se reían con esa risa típica de “te lo dije”.

Continuamos caminando, jugando en diferentes atracciones y nos divertimos mucho, pasamos por una que se llamaba Tronquitos y era como una montaña rusa pero con agua y constaba en subirse como en unos barquitos en forma de troncos y recorrer unos toboganes llenos de agua con diferentes alturas y bajadas que al final de la atracción salían todos mojados; mi papá al principio se negó, pero luego lo convencí y decidimos subir.

En esta atracción ocurrió todo lo contrario, él era quien tenía miedo por la altura del juego y con miedo se subió, al subirse el instructor nos pidió que el fuera adelante y yo detrás por cuestiones de protección, yo iba muerta de la risa y mi papá muerto del susto, al terminar fue él esta vez quien termino temblando y pálido por su cobardía a las alturas.

Yo estaba plenamente feliz, siempre he amado los momentos en familia y ellos lo sabían perfectamente, ese fue el último juego. Salimos de allí muy felices, buscamos nuestra moto y por el camino pensaba lo afortunada que era.

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