La doctrina del odio en la política

Artículo de opinión de Horacio Garnica.

La DOCTRINA DEL ODIO en la política o en otra actividad; degrada el comportamiento humano; pone en evidencia la ausencia de ponderada y sabia capacidad argumentativa y hasta es un síntoma de una enana estatura intelectual que se mueve en medio de las intrigas, las inquinas y las consejas.

Jerome Lavrilleux, que durante mucho tiempo manejó el partido político del expresidente francés Nicolás Sarkozy, dice: “En política, el cinismo es un instrumento cotidiano que adquiere su plena vigencia si puede apoyarse en dos patas: el odio y la violencia”. Quien odia es violento.

Inspirarse en la DOCTRINA DEL ODIO es jugar sucio, porque es valerse del odio para alcanzar con intrigas e inquinas el poder o cualquier otra aspiración, o para rabiar por la herida, los resentimientos, o también para envidiar lo inalcanzable y por qué no, para expeler la rabia por la orfandad de un poder ido.

En la DOCTRINA DEL ODIO, también se acude a la calumnia. “Calumniad, calumniad que de la calumnia algo queda” decía Voltaire en su tiempo. En la política sucia y del odio, suelen existir admiradores y seguidores de Voltaire. No sé si sería por eso que, en la agonía de su muerte, cuando pedía agua, agua, no encontró quien le diera una gota de agua, ante lo cual la sació comiéndose sus propios excrementos. Voltaire y sus seguidores tienen lenguas fecales.

La diferencia como problema filosófico preeminente, inspirada en Nietzsche, no puede dirimirse a punta de odio, sino a través de cauces intelectuales. De ahí que la confrontación de tesis, de ideas y de contiendas de diferente tipo, entre académicos e intelectuales, necesariamente deben y tienen que ser pedagógicas, educativas, ejemplares; y, nunca caer en el escenario de la bajeza sucia y chabacana.

“Es un pobre diablo” todo aquel que pretenda escalar posiciones sobre el lomo de los errores de los demás; y, lo hacen, porque no pueden escalar sobre el lomo de sus propias capacidades. Son una especie de “paparazis” cazando errores ajenos, mientras los suyos los conservan ocultos y como si nadie los conociera. ” Ven la pelusa en el ojo ajeno, pero no ven la viga en sus propios ojos”.

Es el odio en la historia política de Colombia, el causante de las siguientes confrontaciones bélicas:
– Las guerras separatistas de 1830.
-Conspiración de núcleos bolivarianos al mando del general José Sardá en el año 1835.
-La guerra de los Supremos entre 1839 a 1841.
-Guerra conservadora y del clero en el año 1852.
-Golpe militar del general José María Melo y guerra civil en el año 1854.
-Guerra entre federalistas y centralistas, entre 1860 a 1863.
-Cincuenta y cuatro guerras civiles entre 1864 a 1884.
-Guerra de los mil días, entre 1899 a 1902.
-La represión bárbara al levantamiento indígena conducido por Manuel Quintín Lame, en el año 1916.
-La masacre de las bananeras en 1928.
– La violencia que se desata con el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán.
-La violencia guerrillera y paramilitar, y los innumerables crímenes impunes. Todo este turbión violento se inspira en la política del odio.

El odio, al decir de los psicólogos es: “un sentimiento humano irracional producto de nuestros túneles mentales”: se encuentra como una política arraigada en la historia de Colombia. Y, se aplica mucho antes de la aparición de la Doctrina del Odio del fascismo de Hitler, de Mussolini y de los “camisas negras”.

Desarraigar la DOCTRINA DEL ODIO de la política y de toda actividad eleccionaria, de designación de cargos, o que suscite debate y competencia; debe ser un indeclinable propósito, si de verdad queremos a una Colombia en paz.
Y, así todo aún con diferencias; poder en el ámbito de la concordia y el entendimiento, adoptar las que se consideren las mejores propuestas o decisiones.

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