La Paz en Colombia ¿Utopía o quebrantada realidad?

Jesús Fernández Diz- Columnista invitado de Río Noticias.

Con la reciente reaparición de los lideres Ivan marquez, Jesus Santrich y otros miembros de los grupos disidentes de” las nuevas farc” levantándose nuevamente en armas contra la nación muchos se preguntan si los acuerdos de paz firmados en la Habana ya no tienen o no tendrán validez en el futuro por cuanto los están quebrantando los mismos que tuvieron parte en la ceremonia solemne de la Habana para firmalos y comprometerse con el cumplimiento de lo pactado en dichos acuerdos. Desde luego que incumplieron un acuerdo de voluntades entre el positivismo del Estado y la supuesta dejación de armas y terrorismo por parte de las Farc, la mayoría de colombianos ya no creen en una versión definitiva o por lo menos a largo plazo de paz y tranquilidad en la Nación.

Ivan Marquez, Jesus Santrich y sus secuaces de las nuevas Farc subieron un video en las redes en el que, con esbozada sonrisa y nuevas armas más letales  exigían  el retiro del actual presidente Ivan Duque, por medio de un panfleto que también  fue publicado en una cuenta de redes sociales recién creada a nombre de ‘Márquez’ y ha sido replicado en otros perfiles. Aunque son los signatarios los que esgrimen las armas, señalan al presidente Iván Duque, al exsenador Álvaro Uribe, la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez y hasta los clanes Char y Gerlein de ser “mentes criminales” y los acusan de querer “incendiar el país”.

En primer lugar, podemos aclarar que los únicos que pretenden incendiar el país son aquellos que, valiéndose del uso de medios tecnológicos y difamación en redes sociales buscan propagar e infundir el miedo mediante sus conflictivos mensajes antidiplomaticos y lejos de toda ética, saltando el conducto regular que es el de los protocolos del dialogo y la resolución pacífica de conflictos, no a gritos ni mostrando armas letales para el temor de los civiles sino mediante una propuesta de ideas en la que con coherencia, llegue al corazón de cada uno de los ciudadanos y se decida si hay que acatar o aceptar  esa idea o no. las ideologías basadas o respaldadas por la violencia nunca terminan por buen camino.

Por otro lado, levantarse abiertamente en armas y con actitud contendora solo demuestra la poca valentía y aversión a una paz que podría darse a futuro, por parte de Ivan Marquez y sus secuaces ya que no hay nada de valiente en el hecho de  huir y esconderse detrás de cámaras a una gran  oportunidad como es la de contar la verdad, ayudar o fomentar la reparación de  víctimas y cumplirle a la justicia de conformidad con las normas y clausulas establecidas en los acuerdos de paz y demás dogmas legislativos, teniendo en cuenta que una vez  se habían comprometido a procurar la paz al firmar el acuerdo de paz del Teatro Colón, pero en lugar de lo que todos esperábamos, se encuentran escondidos, levantados en arma, hablando irrisoriamente de impunidad, atribuyéndole responsabilidades al presidente y otros colegiados e impartiendo  juicios ya sea comentando temas de coyuntura como el proceso de Uribe o las acusaciones de Aída Merlano y el tema casi nublado por una cortina de humo: ‘la Ñeñepolítica, además de esto se mantienen en su descarada ilegalidad con la conformación de lo que han llamado ‘la segunda Marquetalia’,en donde  insisten en mostrarse como dirigentes de las vías democráticas, e incluso intentan capitalizar la indignación de las protestas contra el gobierno al invitar a seguir marchando: vociferando: “Saliendo ya de la mala hora de la pandemia debemos volver a las calles con marchas, plantones y cacerolazos”  Todo desde la clandestinidad de su guarida.

Ahora bien, el Estado y todos los ciudadanos tenemos el derecho y el deber de  mantener la paz entre nuestros semejantes, tal como lo preceptúa la Constitución en su artículo 22: “La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”  por tanto, todos tenemos la obligación de propender el logro y conservación de la paz, siendo esta, la razón fundante del Estado, de manera que no solo se le puede exigir al Estado, mediante unos acuerdos de paz firmados que tal vez sean letra muerta, a que se haga la paz en Colombia como por medio de magia ya que nunca habrá una paz perfecta si en nuestros corazones no hay animo de paz sino de guerra. La paz verdadera emana de nuestro interior y trasciende cualquier documento escrito que pregone que hay paz de izquierda a derecha.

Aunado a lo anterior, el paradójico  legalismo de la guerrilla lo ha compartido  sin duda el país o al menos algunos de sus dirigentes, que, tratando de dar cumplimiento a lo rezado en el art. 22 superior,  esperan que de este proceso surja nuevamente una norma legal o una reforma a la Constitución que resuelva sus pretensiones, así como también esperan que el circo de la paz, cuyas virtudes pedagógicas hacia el futuro y cuya capacidad para lograr al menos la regulación humanitaria del conflicto pueden ser más substanciales,  lleve a los “grupos armados” a cambiar sus estrategias de fondo. En un escenario de marchas, declaraciones, encuentros, y campañas de publicidad, las negociaciones deberían  convertirse en un ritual casi sagrado atendiendo a la naturaleza del asunto.

No obstante,  es incuestionable que Colombia, en vez de avanzar hacia la tan anhelada paz, parece crear, en palabras del catedrático Dr. Jorge Melo: “una curiosa forma de coexistencia indefinida de la guerra y la negociación, la negociación en medio de la guerra, la guerra en medio de las negociaciones”. La esperanza se trata de encontrar y conservar la paz, pero la incertidumbre y la desesperanza crecen, y la mayoría de la población, después de declarar su voluntad de sosiego, muestra en  encuestas realizadas su simpatía y perdón con los grupos subversivos, y exige a veces, cuando desespera por entrelazar los lazos de la paz, que se pacte con la guerrilla a sabiendas de los delitos más atroces, y cuando desespera de las negociaciones, que el gobierno muestre su radical posición e ímpetu y que defienda a los ciudadanos victimas del conflicto armado.

Ante lo anterior. Debemos preguntarnos: ¿Es la paz en Colombia muy difícil de concretar? No es fácil volver a las negociaciones si están van a ser objeto de controversias o tergiversaciones, ni llegar a la necesaria regulación de la guerra, para que la población civil deje de ser el objetivo principal guerrillero o paramilitar. Aun así, lo realmente inaudito  es la sensación de que no existen perspectivas de largo plazo por parte del gobierno y de la autodenominada sociedad civil, y que mientras los grupos de las Farc tienen una retórica  razonablemente esmerada, los demás, en especial aquellos que sufrieron los martirios y mortandades de una guerra que parecía interminable,  responden en forma improvisada, ansiosos de una paz sin más dilaciones, y bajo la lupa de los medios de prensa, claro que, hay que lograr la paz pese a los obstáculos en el camino , y la negociación con la guerrilla sería un elemento central de esto. Por obvias razones no se llegará a la paz en un proceso que desvalorice la Democracia. Con la guerrilla se debe negociar porque tiene poder, no porque tenga legitimidad. Se negocia en aras a buscar, obtener y conservar la paz en todo el territorio Colombiano.

Entonces la paz en Colombia sigue siendo por ahora una Utopía, considerando que es difícil pensar que el proceso actual lleve a alguna parte después de las retaliaciones y propaganda malversada de las Farc, excepto como resultado de un milagro de personalidades en el que no es razonable confiar. Lo que falta, sin embargo, es claro. Un proyecto coherente de reforma política, independiente de las vicisitudes de las negociaciones, que permita retomar el programa de 1991 de ampliación de la participación y la ciudadanía. Un esfuerzo de reforma social, que solucione problemas que generan aprieto y que por tanto dejan mucho que desear por parte de las instituciones como el de la propiedad agraria, la expansión de una frontera agrícola que sigue creando nuevas formas de violencia, el pésimo acceso a salud y educación, la miseria y la mala distribución del poder, entre otros problemas socioeconómicos.

En conclusión, la paz no se propaga con el simple hecho de redactarla y expedirla   en una Carta Magna o en unos acuerdos de paz en atención a que si no cumple es letra muerta. La paz se logra cuando todos los ciudadanos respetemos los derechos y libertades individuales de nuestro prójimo y acatemos las normas imperativas que nos gobiernan, proponiendo ideas, proyectos que favorezcan al bien común de una comunidad y evitar hacer a otros lo que no queremos que nos hagan a nosotros. Entonces, el respeto es pilar fundamental para la tan deseada paz en nuestro país. Respetemos nuestros derechos y los demás, cumplamos con nuestros deberes y respetemos la Constitución y la ley.

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