Artículo no publicado el 1° de mayo

Este es un documento lo comencé a escribir para ser publicado el pasado 1° de mayo, y por algunas circunstancias no alcancé a terminarlo y luego pasados los días, fueron otros los temas que despertaron mi interés y sobre ellos escribí. Pero mi deuda con este tema no me dejó esperar hasta el 1° de mayo del 2021 para terminarlo y publicarlo, por lo que lo hago hoy, ya que es una descripción sintetizada de la evolución del trabajo, que termina en nuestra realidad actual.

La palabra trabajo etimológicamente se la relaciona con la voz latina trabs-trabis que significa traba, obstáculo o dificultad, pero también se le asocia con el verbo tripaliare, que indica a la vez trabajar y sufrir; y con la locución latina labor-laboris, cuyo significado nos lleva a las palabras actividad, ocupación y quehacer, que aún es de usanza en nuestros días: laborar como sinónimo de trabajar.

Hoy tenemos nociones y definiciones jurídicas del trabajo como toda actividad humana, libre, material o intelectual, individual o colectiva, permanente o transitoria que es ejecutada por una persona natural de manera consciente al servicio de otra con una finalidad. Aclarando que también debe tenerse en cuenta la noción de trabajo autónomo, donde no hay dependencia o subordinación, puesto que se trata de un individuo – o grupo de estos – que desarrollan actividades por cuenta propia, bajo su propia guía, siendo ellos mismos quienes reciben los beneficios de aquellas actividades.

Para llegar a esa definición, que podríamos catalogar como neutra en términos políticos e ideológicos, unos monos antropomorfos del periodo terciario tuvieron que trasegar un largo camino evolutivo; estando siempre presente el trabajo como instrumento que los fue transformando en el hombre que luego inventó la escritura, dejando con ella la prehistoria y dándole paso a la historia que hoy conocemos y otra que se ha perdido a través de ella misma.

Esos hombres primitivos trabajaban y vivían de la naturaleza – caza, pesca, recolección -, lo que les significaba estar en constante movimiento – nomadismo -, lo cual vino a cambiar cuando comenzaron a experimentar la agricultura, volviéndose sedentarios, en razón a que esa nueva actividad requería permanecer en el mismo sitio para cosechar lo que antes habían cultivado.

Al interior de esas primeras hordas y/o manadas que se fueron transformando en tribus, algunas dedicadas a la agricultura y otras a la ganadería, también se empezó a dividir el trabajo entre los hombres que continuaban en actividades de caza y pesca, ya asentados en una zona determinada y las mujeres que se dedicaban a recolectar, sembrar y cosechar; así como al cuidado de los hijos. Esto lo conocemos como división natural del trabajo, que luego va dando paso a una división social, que puede decirse, se acompaña de la noción de la propiedad cuando el hombre adquiere la conciencia de lo propio y de lo ajeno, alentado esto por nuevas actividades producto de la evolución, como la domesticación de animales, la elaboración de productos y la necesidad de intercambiarlos con otros hombres y luego con otras tribus – trueque –.

El surgimiento de la noción de propiedad marco la desaparición de las comunidades primitivas y el surgimiento de las clases dentro de las sociedades, pues aquella comenzó a ejercerse sobre objetos y animales, generando acumulación y por lo tanto desigualdad, lo que degeneró en la “propiedad” incluso sobre otros seres hombres – esclavitud -. Este proceso esclavista se vio alimentado por las guerras, pues a menudo el vencido pasaba a tener la condición de esclavo del vencedor; pero también por la condición del ser humano de constituirse en ese momento histórico, en prenda de garantía de sus deudas. En aquellos tiempos, quien no tenía la capacidad de pagar pasaba a hacerlo con su trabajo – esclavo – en favor del acreedor; siendo los romanos quienes mediante la LEX POETELIA PAPIRIA en el año 326 a. C. acaban con esa forma de esclavitud del deudor frente al acreedor y establecen la responsabilidad patrimonial y no personal del deudor.

Ya en la edad media, el sistema de producción feudal origina acumulación de la tierra y el surgimiento del colonato como forma de trabajo intermedio entre la esclavitud y la libertad. El colono trabajaba la tierra del señor feudal a cambio de “protección”, derivando luego, con el surgimiento del latifundio en formas de trabajo servil, de los siervos en favor del latifundista, en el cual, el primero dependía personal y económicamente del segundo. Se trataba de un trabajo mal remunerado, en especie y sin las menores condiciones de respeto hacia el trabajador.

Fue también en la edad media, por el siglo XIII, cuando se comienzan a apreciar los vestigios del capitalismo comercial, en algunas ciudades – hoy italianas -, como Venecia y Florencia, que con el auge de la navegación comenzó a expandirse, surgiendo luego el capitalismo financiero en el siglo XVI y el industrial en el XVII en Inglaterra, que es cuando podemos hacer referencia al trabajo especializado y profesional, pero no del surgimiento de un derecho del trabajo.  

Durante esta época, marcada por la introducción de las maquinas a la producción industrial, que conocemos conjuntamente con otros fenómenos como revolución industrial, lo que significó dejar atrás el modo de producción feudal y el inicio de la modernidad.

Ya en Francia se estaba desarrollando la Revolución, que paradójicamente antes que significar un avance en materia de derechos para los trabajadores, significó un retroceso en los procesos organizativos de estos, que con la Ley Chapepelier de 1791, se buscó acabar con lo que en ese momento se conocían como los “gremios” o “corporaciones” que agrupaban a trabajadores. Es decir, se trató de una ley que prohibía el derecho de asociación sindical en épocas de la revolución francesa; lo que se extendió a toda Europa. 

El liberalismo revolucionario europeo o primer constitucionalismo, no significó, como tampoco lo ha significado el neoliberalismo, protección para los trabajadores, quienes aún carecían de esa categoría especifica de derechos y las condiciones laborales se establecían por la liberalidad de la parte poderosa de la relación –el empleador– a lo cual se plegaba la parte débil –el trabajador

Fue la Alemania de Otto Von Bismarck a finales del siglo XIX, la que introdujo por primera vez, una regulación protectora a manera de seguro social que cobijaba a los trabajadores, en materia de vejez, enfermedades e indemnizaciones.

La evolución del derecho del trabajo está ligada al surgimiento de los movimientos obreros y la organización en agremiaciones y el surgimiento de los sindicatos. Proceso que ha pasado por etapas de prohibición, tolerancia, reconocimiento y ha llegado hasta la constitucionalización e internacionalización del derecho al trabajo de la mano con el derecho de asociación sindical. Si bien las revoluciones liberales europeas de los siglos XVII y XVIII no significaron un avance en materia de derechos para los trabajadores, los movimientos obreros del siglo XIX y XX, enmarcados bajo el concepto de la lucha de clases si le significaron a la humanidad durante el segundo constitucionalismo de mediados del siglo XX, la constitucionalización de una segunda categoría de derechos fundamentales: los Derechos Económicos, Sociales, Culturales y Ambientales (DESCA).   

Es el trabajo en nuestros días, el escenario en el que en mayor intensidad se ha visto la acción desregulativa que en materia de derechos ha emprendido el mercado y las políticas estatales o mejor, la falta de estas que le resultan funcionales en la agresión que le propina a los derechos constitucionalmente establecidos, principalmente a los DESCA. Esto ha significado una serie de contrarreformas laborales para eliminar la estabilidad laboral en beneficio de formas flexibles y precarias de contratación, limitación de la capacidad colectiva de negociación, disminución de los salarios reales, la implementación de incrementos salariales solo nominales, ruptura de la unidad de las organizaciones sindicales, etc.     

Hoy, en medio de la mayor crisis que ha experimentado la humanidad en el siglo XXI, el trabajo sigue siendo protagonista, ya no de la evolución de nuestra raza, sino de la pervivencia de los miembros de nuestra especie. Pero no puede seguir siendo fuente de riqueza ajena, de nuevas formas de esclavitud o trabajo servil. Cuando del trabajo sólo se consigue lo básico o menos de eso para pervivir, no podemos hablar de trabajo en términos de dignidad, pues no se desarrolla en el marco de la libertad, sino condicionado por la necesidad.  

Puede ser este momento de crisis mundial el propicio para un tercer constitucionalismo. Necesidad a la que no escapamos. Si bien tenemos una Constitución joven, esta ha sido sometida a un proceso deconstituyente de desmonte del Estado Social de Derecho, por lo que se hace necesario introducir en el cuerpo mismo de la Constitución una serie de garantías genéricas y otras específicas que en materia de derechos fundamentales obliguen por igual a las autoridades públicas y a los particulares. Tema este que por la extensión que demanda será objeto de otro artículo. 

Compartir en

Únete a nuestro grupo de Whats App